15
Me froto los brazos, incómoda. ¿En qué momento se ha terminado el calor insoportable y ha empezado el frío insoportable? A este paso, voy a pillar una pulmonía.
Supongo que, por lo menos, puedo alegrarme de haber traído una sudadera.
Por fin ha servido para algo.
Hace un buen rato que hemos llegado a la fuente, así que la novedad se ha pasado un poco; los tres niños ya no juegan en el agua, Davide y Nicola ya no provocan a Stef en la valla que nos separa del precipicio y los padres de ambos se dedican a sacar cosas de las mochilitas que nos han hecho cargar a todos.
No sé si la madre de Stef se pensaba que podía haber un ataque nuclear que nos atrapara en esta colina. Por la cantidad de comida y bebida que ha traído, cualquiera lo supondría.
Todos se han escabullido y yo he sido la única a la que ha podido enganchar, junto con su marido, para que la ayudáramos a colocarlo todo. Mientras que el padre de Stef se dedica a estar sentado en una de las sillitas plegables e ir colocando las fiambreras con comida, a mí me ha tocado la parte más dura. Ya he colocado una cantidad indecente de sillitas plegables y he sacado platos, vasos, bebidas y cubiertos para una armada. El puñetero viento hace que se levanten las mantas que Greta ha colocado, así que tengo que ir cada cinco minutos a por rocas que sujeten los extremos. De alguna forma, cada vez que vuelvo hay una manta nueva.
Esto va a terminar pareciendo un puesto de vigilancia.
—Oye, Greta... —intento decir mientras hago malabares con las cuarenta cosas que me ha dado—, no quiero ofender, pero... ¿no te parece un poco excesivo?
Ella, por un momento, deja de sacar fiambreras y me mira con confusión.
—No entiendo palabra —dice al final, y reanuda la tarea—. Pero... ¡niños comer mucho! Mucho, mucho. Provisiones necesarias.
Supongo que con ese niños se refiere a Stef y Davide, y no a los tres renacuajos.
—¿Hacéis esta excursión cada año? —pregunto.
El padre de Stef emite un gruñido que supongo que será afirmativo. Después, intenta abrir una de las fiambreras para robar algo de comer. Su mujer le da un golpe en la mano y, rápidamente, me la pasa a mí para que siga colocando.
—Varias veces —dice ella—. Gusta mucho. Vistas bonitas.
—Sí, las vistas son muy bonitas.
—Bruno encanta —asegura con una sonrisa—. Grazie por traerlo. Sei un tesoro.
—Oh, bueno... El mérito es de Davide, en realidad. Es quien ha salido corriendo con él. Yo solo distraía a Mario exó... em... a Mauro. Además...
No puedo seguir hablando. A media frase, Greta me sorprende al darme un golpe con una cuchara de madera que no sé de dónde puñetas ha sacado.
Es un golpe seco en el dorso de la mano. No duele mucho, pero pica un montón. Alarmada, la contemplo con perplejidad.
—¿Qué...?
—Tú aceptar cumplido —ordena, muy enfadada.
—Pero...
Esta vez, veo venir el golpe. Un poco escandalizada, lo esquivo justo a tiempo para que no me dé en el brazo. Pese a que tengo la mandíbula desencajada por la impresión, Greta sigue señalándome con mucha furia de madre indignada.
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Cartas de verano
Romance«No dejes que puedan contigo. Sé que la vida puede ser muy cruel, pero... también es muy larga. Todavía no has conocido a todas las personas que te querrán. Todavía no te conoces ni siquiera a ti misma. Dale otra oportunidad al mundo, ¿vale? Solo un...
