Capítulo 14

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—¿Qué tal? —le pregunto a la noruega—. ¿Parezco... deportista?

Ella me contempla durante unos segundos. Por su cara, debo parecer estúpida.

A veces es una virtud.

A ver, no es que seamos grandes amigas, pero los dos metros cuadrados de cabaña nos obligan a interactuar de vez en cuando. Por las noches, cada una se mete en su cama y mira el móvil en silencio. Por las tardes, que es cuando más me apetece hablar, le toca escucharme sin hacer mucho caso.

Me pregunto cuántas tardes aguantará antes de intentar ahogarme mientras duermo.

Siempre positivas.

Hoy, después del turno que me tocaba, he decidido volver a la cabaña y ducharme —no sé para qué, si voy a sudar como un puerco—, peinarme —de nuevo, ¿para qué?— y buscar la única ropa deportiva que tengo en la maleta. Todo para prepararme para una bonita tarde de diversión familiar.

Ugh... qué raro suena todo. Si mi hermano me viera aquí, en familia, probablemente empezaría a reírse con incredulidad. Lo que me lleva a pensar que todavía no he llamado a mis padres. Ups.

Bueeeeeeno, un día más pueden aguantar.

Ya empezamos.

Da igual; el problema inmediato es que solo tengo un conjunto deportivo. En mi defensa: pensé que, al venir, usaría mis vestidos y mis sandalias. Pero, no. Decidí venir al infierno italiano donde solo uso el uniforme y, de vez en cuando, las gafas de sol.

Me observo en el espejo que comparto con la noruega. Llevo mallas cortas, un top deportivo y mi chaquetita de Adidas. Menos la sudadera, que es amarilla, todo lo demás es verde oliva. ¡El conjunto perfecto! Lo compré hace años para ir al gimnasio, pero, después de una sesión, me aburrió y nunca volví a usarlo.

—¿Cuáles son mejores? —pregunto a mi compi de cabaña.

Le estoy enseñando dos zapatos. Mis dos únicas zapatillas, también. Unas son blancas con líneas doradas, mientras que las otras son de un blanco inmaculado. De nuevo, sin estrenar. ¿Para qué querría ponerme esta monstruosidad si no es para hacer ejercicio?

Las simples mortales las usamos a diario.

La noruega, por cierto, suspira de manera exagerada. Ya está harta de mí.

—No me iré hasta que respondas —indico con una ceja enarcada.

Agotada de mi existencia, señala las doradas. Perfecto.

Estoy terminando de atármelas cuando llaman a la puerta de la cabaña. Ella ni se molesta en levantarse. Creo que, en todo el tiempo que llevamos en el resort, nunca han venido a verla. Suele preferir ir ella a otras cabañas. Sabia decisión.

Entusiasmada, me pongo de pie de un saltito. Vuelvo a mirarme en el espejo solo por si acaso y, finalmente, abro la puerta.

Stef, como de costumbre, tiene cara de querer estar en cualquier otro lugar.

—¿Vamos? —pregunta con aburrimiento.

Vale, estoy un poco indignada.

También como de costumbre.

—Se agradecería un poco de entusiasmo —indico.

—¿Por qué?

—¡Por la excursión!

Cartas de veranoHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora