19. Esther

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   Narra:  Aisha Von Schweetz

   ¿Soy humo?, ¿Estoy viva?, ¿Estoy muerta?. Desde hace horas soy solo un concepto flotando a la deriva en un espacio delimitado por oscuridad, veo fantasmas y apariciones que se hacen presentes en medio de todo esto. Veo a Michael que habla con la bruja, veo a la misma acercarse y observar mi rostro, me veo tendida sobre sábanas de color rojo sangre, enmarcada por un camastro noble de apariencia monárquica, de pronto estoy desnuda y los ojos de un robusto cazador se impregnan de mi, se dedica a estudiar mi cuerpo y a cincelar en cada rincón de su mente una réplica exacta de mi pudor, giro, mi rostro está boca abajo, tengo miedo de lo que pueda hacer, si intenta tocarme mi cuerpo reaccionaria por instinto provocando la muerte de mi hijo y por ende, la mía, la especialidad del lazo tan radical.

   —Vaya que eres asqueroso, Michael, con un solo vistazo bastaba para crear el hechizo— Se quejo la bruja.

   —Plantalos en su mente como la ponzoña— Fue lo único que dijo y luego me arrojó una sábana encima.

   Salieron juntos y yo quedé inmersa meciéndome junto con el barco que azotaba su capota contra la negrura de este punto del océano. No se que pasaba pero todo mi cuerpo estaba temblando la mayoría del tiempo, rebozaba de fuerza sentía que ardía por dentro pero apenas y podía tan siquiera mantenerme consciente, sentía algo, una fuerza magnífica proveniente de los niveles inferiores del barco, tenía tanto miedo de que Astoria estuviera presa aquí, que la estuvieran torturando o que incluso planeen asesinarla pronto.

   De pronto seguido de un estruendo el barco broto del fondo del océano como una flor en una mañana fría de invierno, luchando contra todo pronóstico, incluso contra si mismo y la necesidad que exigen sus paredes de hundirse y regresar al lugar donde estuvo descansando por siglos, más bien el barco era una carabela nordica con velas cuadradas y un velamen sensillo, no me imagino cuántos océanos surco como un pajarillo hasta que el gigante azul se lo trago igual que lo haría un yaguaru del Amazonas, después del servicio que el primero le ofreció ahora se despide de el y lo envuelve con sus profundidades como una envoltura de regalo al mismísimo Poseidón. El agua resbaló por todas las superficies y sus ventanas gritaron en reclamo de la luz del sol aproximando con ellas unas manchas extrañas que se apreciaban a lo largo de toda mi mano y muy seguramente en el brazo entero que concecuentaba la marca de la mordida de Astoria en mi cuerpo, ya no había espacio para dudas, ella estaba cerca, pero dudo mucho que con sus capacidades motoras en plenitud, pues de ser así yo ya hubiera sido rescatada, entonces pude mover el dedo meñique confirmando toda mi teoría, nuestra fuerza combinada era la que me salvaba de estar completamente aunada a la deriva.

   El hecho de estar paralizada como una hoja en un caudal me obsequiaba la extraña —aunque ficticia— habilidad de sentir todos y cada uno de los movimientos que se desempeñaban en este navío, como cuando el arena roso ligeramente la base o el murmulleo desordenado de una multitud de botas que se aproximaban en caravana hacia la habitación más grande y lujosa —solia serlo— a cargar como un sarcófago el peso de mi escuálido y delgado cuerpo que cambiaba a medida que avanzaba el tiempo en torno al paso de belleza lenta del embarazo. Cuatro hombres fueron necesarios para cargarme, no es que estuviera pesada, es que a Michael le volvían loco los dramas comparados con el teatro y su género favorito: La Tragicomedia. No había forma de llamarle así, no había nada de cómico, más sin embargo la dicha se encontraba en su victoria, según sus propias palabras, ahí era cuando la risa y el gozo se manifestaban. Ellos caminaban, yo levitaba, el aullido de fondo característico de las grandes reuniones no tardo en llegar a este teatro y mientras atravesaban la vegetación casi nula de vida, yo trazaba un detallado plan en mi mente para escapar y encontrar a Astoria, o por lo menos, salir viva y salvar a mi bebé.

   —Un trato es un trato, Dank-Ho— Exclamó Michael extendiendo me sobre la alfombra de yute en el centro de una carpa gigante, inmediatamente, la bruja estrajo de mi su hechizo como el hilo de una media y finalmente pude verlo. Las mentiras del Americano, el hombre que había destruido a mi familia, en sus ojos bestiales y oscuros vi el último aliento de mi padre, el ruego de mi madre y claro, también las vidas de los niños asesinados por su ejército, el por su parte me observaba inmutable y después de analizarme finalmente sonrió ligeramente.

El Alfa Prometido [Chicaxchica] Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora