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    Narra: Astoria Volkovich

    —Hola, Abuela— Saludé sentandome en la cama cuidando no lastimarla, ella dirigió tranquilamente su rostro al mío, permitiéndome ver hasta dónde la había carcomido la enfermedad, llevaba los ojos disparejos, contagiados pero no dominados y los pedacitos de espejo se le extendían por todo el cuerpo convirtiéndola en una pieza de arte abstracto—, ¿Cómo estás?— Mi voz casi se quiebra en el intento.

   —L-La profecía— Tartamudeo respirando con dificultad—, l-la profecía está… mal…— No fueron palabras lo que dijo, solo viento con fonética.

   —Omi, eso no importa— Acaricie con cuidado sus manos huesudas, debido a los tatuajes me daba la impresión de que estaba acariciando una rama de árbol de abeto seco—, tu eres muy inteligente, apuesto que con tu ayuda Abdel podrá encontrar la cura más fácilmente…

   Ella negó con la cabeza.

   —Es mi… es mi culpa. Y-Yo encontré la cueva de Fenrir, yo leí mal la profecía y le entregué a tu padre un falso propósito. Es mi culpa, Astoria, mi niña es mi culpa, por mi, t-tu padre no está vivo, por mi hizo lo que hizo, e-el no fue el villano, f-fue una víctima más… Lo sé, Fenrir me lo mostró… estuve con él — Dijo con una sonrisa demacrada—, déjame remediar todo, por favor, Asty…

   —Omi— Repetí con suavidad—, no es tu culpa, tranquila. Los padres no pueden controlar toda la vida a sus hijos, es normal que crezcan y luego hagan su propia vida y tomen sus propias decisiones.

   Volvió a negar con la cabeza extendiendo su mano para tomar la mía.

   —Eres idéntica a tu padre, por eso tengo que protegerte, para salvarte del mismo destino…— Sus manos rodearon mi rostro mientras acariciaba mis mejillas con sus pulgares.

   —No vuelvas a decir eso— Ya está. Fui demasiado dura con ella. Sus lágrimas se derramaron a cantaron mientras me miraba con amor, posteriormente se fueron convirtiendo en pedacitos de espejo que brotaban por sus ojos y en un par de segundos, ella había caído desmayada directo a su almohada.

   Yo solo arregle su lecho, bese su frente como disculpándome, pero no arrepentida, amaba a mi abuela, pero no dejaré que me compare con Duivel una vez más.

   Tan pronto salí, Abdel comenzó a seguirme mientras flotaba, ya sabía a qué venía, por mucho que me cueste, Abdel había sido como un padre para mí, se encargó de entrenarme, de aconsejarme, de reprenderme cuando peleaba con mi madre o con Durval obligándome a respetarlos y a disculparme.

   —¿Ahora haces llorar a tu abuela?— Se elevó por los aires encarandome, yo lo evite y me metí en la primera habitación que ví cerrando la puerta tras de mí—. Buen intento—, dijo atravesando la pared en medio de polvillos mágicos—. Ahora te diré lo que vamos a hacer. Vas a regresar y te vas a disculpar con tu abuela, ella solo te ama y quiere protegerte…

   Por fuera tocaron la puerta, toquidos suaves y persistentes que se bien a quien pertenecían, gire la chapa y en efecto, era Aisha con sus hermosos ojos azules abiertos con curiosidad. Ni siquiera me había dado cuenta de que venía detrás de mí.

   —Yo me encargo de esto, Abdel, muchas gracias— Dijo con educación y se sentó al borde de la cama de la habitación.

   Abdel asintió con hastío y le dió la razón a regañadientes con un movimiento de mano. Lo conozco, está acostumbrado a reprenderme como su hija y ahora verse desplazado por Aisha le cala en lo profundo, preferiría mil veces volver al fuego mágico que soportar ser la suegra molesta que solo quiere defender a su pequeña. Aisha palmeo la superficie de la cama a un lado de ella para que procediera a sentarme y el hechicero se marchó en su acostumbrado escape dorado.

El Alfa Prometido [Chicaxchica] Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora