Capítulo 4

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I Look In People's Windows

Álex

Llegué a Sempiterno, la repostería de mi madre. Últimamente iba muy seguido, pero en esa ocasión fue por hacerle un favor a mi primo Yaxiel, quien no estaría para la hora del cierre, debido a que estaba en una cita. Y mi progenitora estaba realizando una entrega importante.

—Oh, hola, Álex —saludó Chloe, la cajera, con una sonrisa amable.

Ni siquiera tenía que quitarme el casco para que supiera que era yo, siempre lo llevaba en la cabeza.

—Aquí está el dinero del corte y esta es la hoja total de todas las ventas de ambos —se refería tanto a la repostería como a la librería que se encontraba en la parte superior—. Ya está todo firmado por mí.

—Gracias, Chloe, puedes retirarte, yo me encargo del cierre.

—¿Estás seguro? Digo, no me supone ningún problema esperarte... —parecía preocupada.

—Estaré bien, anda, ve a descansar —le aseguré.

Ella abrió la boca para mencionar algo más, pero yo ya me había dado la media vuelta para ir hacia la oficina de mi madre a dejar el sobre con el dinero y la hoja del corte en la caja fuerte. Solo quería terminar con eso e irme a casa. Había tenido un duro entrenamiento y necesitaba con urgencia una ducha y la comodidad de mi cama. Al menos eso pensaba hasta que salí y vi la larga cabellera de una mujer dentro de la repostería.

—Está cerrado —anuncié con voz fuerte y firme para que me escuchara.

Cuando la mujer se giró hacia el sonido de mi voz, el tiempo pareció detenerse. Era ella, Jul, la chica del barco. Mierda. ¿Qué probabilidades había de encontrarte con la misma persona en más de una ocasión, en una ciudad tan grande como Nueva York? ¿Una en un millón? Si era así, ella era esa posibilidad. Por más veces que intentara alejarme de ella, la vida parecía empeñada en cruzarnos de nuevo.

—Oh, lo lamento —se ruborizó—. La puerta estaba abierta, vi luz adentro y pensé que... da igual —murmuró algo, pero no se movió.

«Pídele que se vaya».

«Vamos, Álex, hazlo».

«Pero ¿qué haces? ¡Ni se te ocurra!».

—¿Qué se te ofrecía? —dije en cambio, sin saber siquiera lo que estaba haciendo.

«Desafiando tu propio autocontrol, eso estás haciendo».

Lo único que pensé en ese momento era que probablemente sería la única vez que volveríamos a estar así de cerca. Y, aunque ella no me reconociera bajo el casco, me bastaba con intercambiar unas palabras con ella.

La vi mirar hacia los refrigeradores de las tartas de queso. Sin esperar a que me lo pidiera, caminé hacia allí, tomé una y se la entregué en las manos, evitando cualquier contacto físico. Quería que se fuera: no quería poner más a prueba a mi autocontrol. Sin embargo, sus ojos me observaban con una curiosidad intensa, como si pudiera ver los míos a través del lente del casco.

—Y... ¿cuánto es? —murmuró sin apartar la mirada de mí.

«Ni se te ocurra decirle que gratis. ¡La vas a espantar! Actúa normal».

—Hmm, ¿cinco dólares? —respondí, intentando sonar lo más normal posible, aunque mi corazón latía a la velocidad de la luz.

«Mejor nadota».Susurró mi conciencia con ironía.

Metanoia © [II] Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora