aquel ultimo acto

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Fue entonces, bajo la luz incierta de una lámpara que colgaba como un farol de pena, que Jimin comprendió que el amor también podía ser una condena. Tenía el rostro bañado en lágrimas y el corazón estrangulado por una tristeza tan antigua como las lunas tatuadas en su espalda. Había releído, con los ojos nublados y las manos temblorosas, las conversaciones que durante semanas había mantenido con aquel desconocido. Cada palabra ardía como un hierro al rojo vivo; aunque sabía que no había amado a ese extraño, los mensajes estaban allí, con la evidencia cruel de una traición sin cuerpo, pero con una voz que lo desnudaba por completo.

Se apartó de la mesa como si lo hubiese mordido una serpiente. Se cubrió el rostro con las manos y sollozó con un lamento que parecía brotarle del alma desde antes de haber nacido.

—Dime, cariño… —dijo Jeon, con la voz entumecida por el humo y la rabia, mientras apagaba un cigarrillo para encender otro con lentitud ceremonial—. Pudiste haberte divorciado hace tres años. ¿Por qué no lo hiciste?

La pregunta se quedó flotando como un cadáver en el río de su historia. Jimin apenas pudo articular una respuesta.
—Te amo… —murmuró, como si esas dos palabras bastaran para reconstruir una casa incendiada.

Jeon rió, pero no era una risa de hombre, sino de sombra. Se frotó el rostro con ambas manos y dejó caer el cuerpo sobre el sillón como si la decepción le pesara más que la carne.

—¿Me amas? —repitió, con una mueca que no era burla ni dolor, sino la mezcla sorda de ambos—. Siempre supe de tu ambición. Incluso divorciado, habrías conseguido lo suficiente para seguir respirando con holgura.

El rubio se estremeció. Su cuerpo parecía más pequeño, casi frágil bajo el camisón de lino y el peso de la culpa. Se le quebró la voz como una rama seca ante la indiferencia de su esposo.

—¿Divorcio…? Cariño, no puedes pedirme eso por un error. No fue una infidelidad. ¡Fuiste tú! —gritó de pronto, con una furia infantil, como si acusar fuera lo único que lo mantenía de pie.

Jeon se mantuvo inmóvil. Luego caminó hacia la mesa como quien entrega una sentencia. Ignoró las fotografías de los amantes pasados que aún ensuciaban el cristal y, en su lugar, dejó caer una carpeta azul, pulcra y definitiva, sobre el desorden de la traición. Jimin la tomó como si fuera una bomba. Al abrirla, el mundo pareció detenerse: no eran más fotos, era el documento de divorcio redactado con una parsimonia legal que eliminaba cualquier rastro de piedad.

Jimin no quiso mirar a Jeon. El rostro de su esposo era un muro, una tapia de piedra donde habían sido sepultadas todas las canciones que alguna vez cantaron al unísono.

—Cariño… —dijo, con voz de niño perdido, cuando vio que Jeon se ponía de pie con la lentitud de los hombres que ya no esperan nada.

Corrió hacia él. Lo abrazó por la espalda con desesperación, hundiendo el rostro en su abrigo como si en ese acto pudiera deshacer el pasado. Jeon cerró los ojos al sentir el contacto, y por un instante, un ínfimo instante, pensó en perdonarlo. Pero el corazón también sabe cuándo ha sido traicionado más allá del cuerpo. Se soltó con una suavidad que dolió más que un golpe y lo miró por última vez, tocando sus manos con un cariño que ya no tenía futuro.

—Jimin… el documento está sobre la mesa. Cuando firmes, hazlo llegar a mi oficina —sentenció, antes de dar el paso final—. Y no vuelvas a mi casa. Ya no perteneces allí.

Jimin cayó de rodillas, envuelto en una súplica muda, mientras Jeon salía por la puerta con paso firme, dejando tras de sí el eco de un amor que se había podrido en su propia raíz. En la penumbra del apartamento, Jimin supo que la trampa la había puesto el amor, pero el verdugo había sido él.

𝗹𝗮 𝗰𝗶𝘁𝗮 Donde viven las historias. Descúbrelo ahora