CALLEJON SIN SALIDA

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Jeon apagó el cigarrillo con la melancolía de quien ya no espera respuestas, buscando apenas un poco de silencio para no escuchar el estrépito de lo que se desmoronaba. Caminó hacia la barra del departamento que había comprado, no por necesidad, sino por la vana esperanza de que el amor pudiera reconstruirse si se lo envolvía en mármol pulido, tecnología inteligente y una vista al río.

Sirvió un trago de whisky como quien derrama una parte de sí mismo en el fondo de un vaso. No era un hombre de copas; él bebía cuando algo ardía por dentro, cuando el alma le supuraba memorias que no se podían raspar con palabras. Sintió el ardor atravesarle la garganta como una advertencia y frunció el ceño. No hizo más.

—Aquí están los papeles —dijo alguien detrás de él, con una voz suave como un cuchillo envuelto en seda.

Jeon giró apenas el rostro. No necesitaba mirar; conocía esa voz desde antes de conocer el deseo. Tomó el fólder rojo sin preguntar, sin pestañear, como quien acepta una sentencia firmada por el destino.

—Los llevaré ante el notario —anunció el visitante antes de retirarse, dejando que el sonido de la puerta al cerrarse fuera el último clavo en el ataúd de la tarde.

Solo entonces Jungkook se movió. Arrastró sus pasos hacia la habitación y se dejó caer, pesado, sobre la cama. Se quedó allí recostado, con las sábanas frías rodeándolo, observando el techo con la indiferencia del que ya ha visto partir demasiadas veces al mismo hombre.

Empezó a jugar con los pliegues del edredón sin verdadera atención, como si acariciara las arrugas de un recuerdo que aún no sabía si debía olvidar.

El silencio del departamento era distinto al de la mansión; este no olía a cera de piso, sino a una ausencia nueva y definitiva.
Al otro lado de la ciudad, Jimin sonreía casi por inercia, atrapado en el hechizo de quien no conoce el amor pero cree haberlo encontrado en un abismo.

Aquel hombre que ahora ocupaba sus pensamientos más impuros no era especial por lo que hacía, sino por la forma en que lograba suspender la realidad. Era una deidad de sombras que le enviaba versos breves en servilletas de papel, como si la poesía fuera algo que se pudiera consumir y desechar; le enviaba fotografías de cielos nocturnos, jurándole que cada estrella era un testigo mudo de su espera.

Sus llamadas eran susurros clandestinos que le erizaban la piel, y sus flores —que llegaban siempre en el momento exacto en que Jimin sentía que el aire se le agotaba— no olían a funeral, sino a una libertad peligrosa.

Jimin no sabía qué era el amor, pero se había enamorado de la idea de ser adorado por un extraño. Se sentía devoto de ese hombre que hablaba poco, como si sus palabras fueran demasiado valiosas para desperdiciarlas en el mundo común, y que lo trataba no como a un esposo o a un objeto de mármol, sino como a un milagro que necesitaba ser profanado.
Jimin no lo amaba.

Pero, por primera vez, sentía la urgencia desesperada de aprender cómo se hacía.
Había pronunciado aquel «sí» frente al altar con la voz hueca, sin entender que el amor no era una cláusula que se pudiera firmar. Lo había hecho por su padre, por el peso de las deudas que amenazaban con sepultarlos y por ese pánico ancestral de quedarse solo en un mundo que solo lo valoraba si iba del brazo de alguien poderoso.

Aún recordaba la noche de su boda como se recuerdan las heridas que nunca cierran del todo: no por el dolor exacto, sino por la cicatriz que dejan en la identidad.

La suite nupcial olía a gardenias blancas y a una ansiedad tan densa que parecía deshidratar el aire. Él vestía un traje blanco impecable, una seda tan pura que dolía mirarla; el mismo traje que, años después, sentiría cubierto por la tierra de sus propias ilusiones muertas.

Caminaba por la estancia en un silencio fúnebre, masticando el nudo de su garganta, cuando su madre lo abrazó por la espalda. Sus manos eran frías, y sus palabras, susurradas al oído, sonaron como la sentencia final de una traición:

—Solo serán dos años, cariño. Aguanta un poco más.

Aquella promesa de libertad temporal fue el veneno más dulce. Jimin asintió sin comprender que los años en una jaula de oro no se cuentan por meses, sino por la erosión del espíritu.

En ese instante, al girar hacia la galería, un mesero torpe tropezó con su paso y derramó una copa de vino sobre su pecho.
El líquido carmesí se expandió sobre la seda blanca como una herida de bala. Jimin no gritó ni se quejó. Se quedó inmóvil, observando cómo la mancha devoraba su pureza, entendiendo que ese rojo —el mismo rojo del auto que ahora conducía hacia el pecado— era el color de su verdadera vida: una mancha que no se podía lavar, solo aceptar.

Pero entonces algo se quebró dentro de él.
No fue tristeza; fue un impulso animal de terminar de destruir lo que ya estaba roto.
Siguió al mesero por el pasillo de servicio, ignorando las miradas de los invitados. El aire cambió bruscamente: de las gardenias y el perfume caro pasó al olor rancio de la cocina, al vapor de los platos y al hedor de los desechos acumulados.

Salieron al callejón trasero, un rincón oscuro de la ciudad donde el lujo de la boda no era más que un eco lejano.

El mesero se apoyó contra la pared de ladrillos, encendiendo un cigarrillo con una parsimonia que rozaba el insulto. Le dedicó una sonrisa ladina, exhalando el humo hacia el cielo nocturno.

—Te habías tardado —dijo, como si estuvieran siguiendo un guion escrito de antemano.

Jimin no respondió con palabras. Rodó los ojos, fastidiado por el preámbulo, y con una determinación gélida se aflojó el cinturón. Dejó caer los pantalones hasta los tobillos, exponiendo su piel al aire sucio del callejón.
Apoyó las manos contra la pared rugosa, sintiendo el frío de la piedra contra sus palmas, y ordenó sin girarse:

—Hazlo.

El mesero parpadeó, la ceniza del cigarrillo a punto de caer sobre su uniforme. Su seguridad flaqueó por un segundo ante la autoridad cortante del hombre del traje blanco.

—¿Así? ¿Aquí mismo? —preguntó con un rastro de duda.

Jimin apretó los dientes, sintiendo el roce de la seda manchada contra su espalda.

—Date prisa —sentenció—. No tengo toda la noche para empezar a arruinarme.

Jeon, mientras tanto, recorría el salón entre copas sin tocar y murmullos de invitados de alquiler. Preguntaba por su esposo sin decir su nombre, como si pronunciarlo fuera admitir que algo estaba mal.

Lo encontró en la entrada, con el traje sucio y la camisa mal abotonada, como si acabara de pelear con la vida y hubiese ganado solo por cansancio.

La señora Park enmudeció al verlo. Cubrió su rostro con las manos, horrorizada por la imagen de su hijo convertido en un escándalo con patas. Pero Jimin la miró con la altivez de un rey derrotado que aún conserva la corona por orgullo.

—Dijiste que debía casarme, no serle fiel —murmuró con burla.

Se apartó de ella con el desprecio de quien sabe que la obediencia tiene precio, pero nunca recompensa.

—Amor, ¿dónde estabas? —preguntó Jeon, con esa dulzura triste de los que aman sin saber cómo sostener lo que aman.

—Creo que bebí de más —dijo Jimin, fingiendo vergüenza, fingiendo olvido, fingiendo todo.

El beso fue suave.

El sabor a licor ocultaba la sangre seca del deseo.

Nadie sospechó nada.
Nadie vio nada.

Y, sin embargo, esa noche, al jugar con el anillo en su dedo, Jimin supo que algo en él había cambiado.

Regresó al presente. Se quitó la alianza lentamente, la guardó en la guantera del auto y respiró hondo, como si acabara de deshacerse de una promesa que nunca le perteneció.

Era la primera vez que deseaba ocultar que estaba casado.

Y, con ello, la primera vez que sentía que algo se parecía, aunque fuera un poco, al amor.

𝗹𝗮 𝗰𝗶𝘁𝗮 Donde viven las historias. Descúbrelo ahora