por unos cuantos wones

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La residencia Jeon permanecía exactamente igual. El mismo portón de hierro forjado, los mismos jardines meticulosamente podados que se extendían a ambos lados del camino de piedra, incluso el aroma denso de los pinos húmedos parecía haberse conservado intacto durante los meses de ausencia.

Mientras el automóvil avanzaba hacia la entrada principal, Jungkook observó la fachada iluminada por las luces cálidas del atardecer. Había pasado más de un año y medio desde la última vez que cruzó aquellas puertas. No sintió nostalgia; solo una incomodidad vaga, un peso sordo en el estómago difícil de nombrar. La casa pertenecía a una vida que ya no existía.
Un empleado abrió la puerta antes de que pudiera tocar el timbre.

-Joven amo.

Jungkook hizo una inclinación breve con la cabeza. El interior conservaba la misma atmósfera de madera encerada, té de cebada y flores frescas que había acompañado toda su infancia.

-Llegaste.

La voz de su madre apareció antes que ella. La señora Jeon descendió los últimos escalones con una sonrisa contenida que intentó disimular sin éxito. Jungkook alcanzó a verla detener el impulso de abrazarlo; nunca había sido una mujer especialmente demostvas, pero la alegría en sus facciones resultaba evidente.

-Mamá.

-Estás más delgado.

-Eso dices siempre.

-Porque siempre vuelves más delgado de Europa.

La respuesta arrancó una pequeña sonrisa de sus labios. Durante un instante, bajo el amparo de esa rutina materna, todo pareció sencillo.

Hasta que entró al comedor.

El patriarca Jeon estaba sentado en la cabecera de la mesa de madera noble. Por primera vez en su vida, Jungkook sintió un golpe de alarma real al verlo. La enfermedad había trabajado sin misericordia durante su exilio en Londres: los hombros de su padre parecían más estrechos, la ropa le quedaba holgada y la piel se había vuelto una película fina, casi traslúcida. El rostro conservaba los mismos rasgos severos, pero el peso de la decadencia física se había instalado sobre ellos de forma irreversible. Sin embargo, los ojos permanecían intactos. Firmes. Lúcidos. Dominantes.

-Padre.

-Te tomaste tu tiempo para volver.

La voz se oía debilitada, pero conservaba la misma vibración estricta de autoridad. Jungkook ocupó su asiento habitual sin responder, asimilando el impacto.

A la derecha del patriarca estaba Seokjin. Su primo levantó discretamente una copa de vino a modo de saludo, quebrando la tensión del aire.

-Milagro verte por aquí -dijo Seokjin.

-Tú tampoco vives exactamente en esta casa -replicó Jungkook, acomodándose la servilleta.

-Sí, pero yo no huyo a otro continente cada vez que tengo problemas de gestión.
-Sigues diciendo eso como si fuera una crítica válida.

-Porque lo es.

La señora Jeon suspiró, ocupando su lugar en el extremo opuesto.

-Por favor, al menos intenten cenar una vez sin discutir.

-Él empezó -se quejó Seokjin, señalando con los palillos.

-Tienes cuarenta años -lo reprimió su tía.

-Y él cincuenta -bromeó Seokjin.

-Treinta y nueve -corrigió Jungkook de inmediato, con la voz plana.

-Peor todavía.

El comentario provocó una risa cansada de la madre, e incluso el patriarca permitió una leve curva en la comisura de los labios. La cena comenzó a servirse. La conversación continuó entre platos tradicionales, el aroma del caldo caliente y preguntas superficiales sobre las operaciones en Londres, la transición de la firma y los negocios europeos. Todo transcurrió con una normalidad tan absoluta que Jungkook comenzó a relajar la guardia, creyendo que el territorio de Seúl ya no guardaba aristas afiladas para él.

La Cita (Finalizado) Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora