Jungkook detuvo el motor, pero el silencio que siguió fue más ruidoso que el rugido del Mercedes. Observó su mansión desde el asiento del conductor; la estructura de piedra y cristal se alzaba frente a él como un monumento a su propio aislamiento. Se veía imponente, perfecta y, sobre todo, muerta.
Bajó del auto con movimientos bruscos y entró a la casa sin siquiera quitarse el abrigo.
—¡Jimin! —llamó, pero solo el eco de su propia voz le devolvió el saludo.
Empezó a recorrer los rincones como un sabueso que ha perdido el rastro de su presa. Sus pasos resonaban con una violencia innecesaria sobre el mármol. Entró en la cocina, pero el aire estaba estancado, sin el aroma de la comida que esperaba encontrar. Fue al salón, movió las cortinas, incluso abrió la puerta del despacho de Taehyung con un golpe seco, asustando al castaño que revisaba unas facturas.
—¿Dónde está? —gruñó Jungkook, con los ojos inyectados en sangre y la corbata ya deshecha.
—Salió, Jungkook. Te quise avisar por teléfono —respondió Taehyung con una calma que solo servía para irritar más al moreno.
Jungkook no lo escuchó. Subió las escaleras de dos en dos y entró en la habitación de invitados. Se detuvo en el umbral, respirando con dificultad. La habitación estaba impecable, la cama hecha con una precisión que odió, porque delataba que Jimin no había pasado allí ni un minuto de su tarde. Se acercó a la almohada y se inclinó, buscando desesperadamente el rastro del aroma a fresas y jabón barato. Nada. Solo el olor a sábanas limpias y desinfectante.
Sintió que las paredes se le echaban encima. La mansión, en su inmensidad, se sentía como una celda. Salió de nuevo, casi huyendo de la estructura de hormigón, y volvió a su auto. Se sentó allí, en la penumbra del interior del cuero, con las manos crispadas sobre el volante, temblando de una ansiedad obsesiva. Cada segundo era una tortura.
Fue entonces cuando vio unas luces aproximarse por la plaza frente a su entrada.
El cuerpo de Jungkook se tensó como una cuerda a punto de romperse. Vio detenerse el auto de Changbin. Un alivio inmediato, casi doloroso, le recorrió la espina dorsal al ver bajar a Jimin, pero fue rápidamente sofocado por una punzada de bilis.
Changbin bajó también. Jungkook los observó desde la oscuridad, con la respiración empañando el parabrisas.
Changbin siempre había dejado claro que solo eran amigos, que sus intenciones eran puramente laborales y de apoyo, pero Jungkook no veía eso. Él veía el roce de una mano, una sonrisa que Jimin le devolvía con una serenidad que a él le negaba, un gesto de despedida que se sentía demasiado íntimo, demasiado cálido.
Jungkook apretó los dientes hasta que le dolió la mandíbula. El único hombre que realmente le importaba en el mundo estaba recibiendo consuelo de otro, mientras él, el dueño de todo, se retorcía de soledad en su propio jardín
Cada movimiento de Changbin era una estocada. Jungkook observó, con la mirada nublada por una furia roja, cómo el otro hombre colocaba la campera sobre los hombros de Jimin con una caballerosidad protectora. Vio a Jimin aceptar el gesto con un "gracias" que, aunque apenas fue un susurro en la distancia, Jungkook sintió que vibraba en sus propios huesos.
Rieron. Esa risa compartida, ligera y honesta, fue el cuchillo que terminó de abrir la herida en el pecho de Jeon.
Entonces, el tiempo pareció ralentizarse. Changbin se inclinó con una lentitud que a Jungkook le resultó tortuosa. Besó la frente de Jimin, luego ambos cachetes con una devoción fraternal, y finalmente rozó su nariz con la de él en un gesto casi ceremonial, una bendición silenciosa que gritaba complicidad.
En ese instante, el volcán en el pecho de Jungkook entró en erupción. El calor de los celos le hizo hervir la sangre, transformando la ansiedad en una sed de confrontación violenta.
No esperó a que el auto de Changbin se alejara.
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𝗹𝗮 𝗰𝗶𝘁𝗮
FanfictionSinopsis - La Cita Un matrimonio arreglado. Un esposo que ama. Otro que engaña porque quiere. Jungkook está enamorado de Jimin, incluso cuando sabe que no lo eligen. Jimin nunca prometió fidelidad... solo obediencia. Cartas anónimas, encuentros secr...
