El sonido rítmico llenaba el consultorio, un tun-tun acelerado y constante que parecía reclamar su propio espacio en medio del silencio gélido de los adultos. Jungkook, que hasta ese momento se había mantenido como una estatua de mármol, soltó un suspiro largo, casi imperceptible, y sus ojos
—por primera vez en años— se suavizaron al fijarse en la pequeña mancha grisácea que parpadeaba en la pantalla.
Jimin, acostado y vulnerable, sintió que el aire le faltaba. No por el bebé, sino por la mano de Jungkook. Sin pedir permiso, su esposo había acortado la distancia y sus dedos rozaban apenas el borde de la camilla, tan cerca de la piel desnuda de Jimin que el calor que desprendían era más intenso que el gel frío.
—Está fuerte —murmuró Jungkook. Su voz ya no era la del hombre de negocios, sino una cargada de un asombro que no pudo ocultar.
Jin, observando la escena con la mirada de quien disecciona un espécimen, movió el transductor.
—Fuerte y grande —asintió Jin—. Aunque, claro, todavía es muy pronto para saber si sacó los ojos de Jimin o la testarudez de su... "padre".
Jimin giró la cabeza hacia la pared, huyendo de la pantalla y de la mirada de Jungkook. El sonido del corazón, que debería haber sido un consuelo, le martilleaba la conciencia.
¿Qué pasaría si ese corazón no llevaba la sangre que Jungkook estaba tan desesperado por reclamar?
Al salir de la clínica, con las fotos de la ecografía en un sobre que pesa como plomo en la mano de Jimin, Jungkook hace algo inesperado: no se dirige directamente al auto. Se detiene frente a una cafetería pequeña y elegante.
—Necesitas comer algo sólido —dice Jungkook, recuperando ese tono de amabilidad correcta que tanto irrita a Jimin—. El neandertal invita.
Ese pequeño intento de broma, usando el insulto de Jin, es la primera grieta real en su armadura.
La cafetería era un oasis de mármol y cristales donde el sonido de las cucharillas de plata contra la porcelana era lo único que rompía la calma. Jungkook observaba a Jimin comer con una meticulosidad nueva, casi defensiva. No hubo reclamos, ni recordatorios de deudas. Solo esa amabilidad de “neandertal” civilizado, que empezaba a asfixiar a Jimin más que cualquier grito.
—¿A dónde vamos? —preguntó Jimin cuando regresaron al auto, rompiendo el silencio.
—A preparar el terreno —respondió Jungkook, sin dar detalles.
El centro comercial de lujo los recibió con una opulencia que antes era el hábitat natural de Jimin. Pero hoy, mientras caminaban por los pasillos relucientes, Jimin se sentía un intruso. Jungkook caminaba con su traje de tres piezas, exudando una autoridad que hacía que la gente se apartara a su paso. A su lado, Jimin, vestido con ropa sencilla y cómoda que ya empezaba a quedarle justa por el embarazo, se sentía pequeño, casi invisible.
En las tiendas de bebés, la envidia regresó. Parejas tomadas de la mano, eligiendo cunas con risas compartidas. Jungkook pareció notar la rigidez de Jimin. Sin mediar palabra, salió del pasillo para atender una llamada. Jimin aprovechó para acercarse a un showroom exclusivo de ropa infantil francesa.
Tocó un conjunto de seda blanca. Era hermoso, delicado… y el precio en la etiqueta le provocó un mareo. Hace un año, ni siquiera habría mirado la cifra; simplemente habría entregado la tarjeta negra de Jungkook. Hoy, sus dedos temblaron.
Sintió la presencia de Jungkook detrás de él. El aroma a tabaco y perfume cítrico lo envolvió antes de que su esposo lo tomara de la mano. Fue un gesto firme, posesivo, deliberado, frente a las vendedoras que ya empezaban a murmurar sobre el contraste entre la elegancia del Sr. Jeon y la sencillez de su acompañante.
Jimin quiso soltarse. Quiso reclamar que ese contacto era una farsa. Pero el calor de la palma de Jungkook era real, y su cuerpo, traicionero y cansado, se aferró a ese roce como si fuera el único ancla en un mar de incertidumbre.
—Jungkook, yo no puedo pagar esto —susurró Jimin cuando entraron a la sección de recién nacidos, donde los precios eran obscenos.
Jungkook se detuvo en seco, girándose para mirarlo con una expresión de genuina confusión.
—Dime, cariño… —la palabra “cariño” sonó extraña, casi dolorosa en su voz— ¿Qué sucedió con el dinero del divorcio? Tú obtuviste una suma más que considerable.
Jimin bajó la mirada, con una sonrisa rota bailando en sus labios. No iba a decirle que ese dinero se había evaporado pagando las deudas que su padre seguía acumulando, ni que lo poco que quedaba lo guardaba como si fuera su último aliento de libertad.
—Bajemos… veamos qué hay —evadió Jimin, caminando hacia los estantes.
Jungkook se sentó en un sofá de cuero, observándolo. Esperaba que Jimin empezara a señalar conjuntos, a pedir tallas, a derrochar como siempre lo había hecho. Pero Jimin caminaba con las manos tras la espalda, evaluando las costuras, las texturas y, sobre todo, las etiquetas.
Tomó un vestido de encaje que era una obra de arte. Lo analizó, hizo un cálculo mental de costo-beneficio que Jungkook jamás le había visto hacer, y lo devolvió a su lugar con un suspiro.
—Parece que nada es del estatus del señor Jeon —susurró una de las empleadas a otra, creyendo que no las oían—. No debería ser tan “exigente” con lo que lleva puesto.
-no parece si quiera el esposo del conglomerado jeon's-
Jungkook se levantó de inmediato. El fastidio en su rostro era evidente. Se acercó a Jimin y lo rodeó por la cintura, pegándolo a su cuerpo en un gesto que silenció a las vendedoras de golpe.
—¿Qué sucede, Jimin? No has elegido nada.
—Es todo tan caro, Jungkook —respondió Jimin en automático, sin pensar—. El bebé crecerá rápido. Si llevamos un talle más, podría durarle unos meses… sería una inversión más inteligente.
Jungkook sintió un nudo en la garganta. El hombre frente a él no era el caprichoso heredero que conoció. Era alguien que estaba contando los meses de uso de una prenda.
—Ese vestido que observaste… aquel —dijo Jungkook, girándolo levemente por la cintura para que volviera a ver la prenda de encaje.
—Oh, ese… puedo comprar las telas y hacerlo yo mismo. Es tan costoso que no sé si vale la pena la inversión. Además —Jimin levantó la mirada y, por un segundo, la armadura de ambos desapareció— aún no sabemos si es niña. ¿Crees que sea una niña?
Jungkook se quedó sin habla. Por primera vez en semanas, vio una chispa de luz en los ojos de Jimin, una sonrisa pequeña y tierna que no tenía nada que ver con el dinero ni con el contrato. Era la sonrisa de un padre imaginando un futuro. El nudo en la garganta de Jungkook se apretó.
—Si es una niña… —murmuró Jungkook, su voz volviéndose inesperadamente suave— tendrá tus ojos. Y nada de esto importará tanto como crees
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𝗹𝗮 𝗰𝗶𝘁𝗮
FanfictionSinopsis - La Cita Un matrimonio arreglado. Un esposo que ama. Otro que engaña porque quiere. Jungkook está enamorado de Jimin, incluso cuando sabe que no lo eligen. Jimin nunca prometió fidelidad... solo obediencia. Cartas anónimas, encuentros secr...
