El ambiente en la mansión Jeon no era de paz, sino de esa quietud fúnebre que precede a las grandes catástrofes. La mañana se filtraba por los ventanales con una luz blanca y clínica, una claridad que no iluminaba, sino que diseccionaba cada mota de polvo suspendida en el aire, como si el sol mismo quisiera denunciar la decadencia oculta tras el mármol.
En la cocina, el silencio no era ausencia de sonido, sino una presencia física. El dueño de la casa permanecía sentado frente a su café, cuya columna de vapor ascendía lánguidamente hacia el techo. Sus dedos rodeaban la porcelana con una fuerza innecesaria; la rigidez de sus hombros delataba que no desayunaba, sino que montaba guardia. En su mente, las advertencias de Jin eran espinas, pero la pregunta de la noche anterior era una herida abierta: «¿Recuerdas el día de nuestra boda?».
Jungkook deseaba haber sido lo suficientemente cínico para no dejar que esas palabras lo alcanzaran, pero el pánico —ese vulgar sentimiento que los hombres poderosos suelen disfrazar de furia— lo había obligado a huir hacia la crueldad.
—¿Jungkook?
La voz de Jimin entró en la estancia como un perfume: sutil, invasiva y capaz de evocar recuerdos que se creían enterrados. El pelinegro alzó la vista. Allí estaba él, esa criatura de apariencia etérea, casi traslúcida bajo la luz matutina, cuya fragilidad era solo el envoltorio de una voluntad capaz de reducir el Olimpo a cenizas.
Incapaz de sostener la farsa de la indiferencia, Jungkook golpeó la mesa con las palmas. El estruendo hizo temblar la vajilla, pero Jimin no se inmutó; no hubo un pestañeo, ni un paso atrás. Su inmovilidad era el insulto más grande: la certeza absoluta de que el monstruo no mordería.
El mayor acortó la distancia, invadiendo el aire del otro hasta que sus respiraciones se volvieron una sola masa cálida y tensa.
—Yo... quería pedirte disculpas por mi imprudencia de anoche —susurró el rubio, bajando los párpados con una modestia que
rozaba lo obsceno—. No debí...
Antes de que la disculpa terminara de ensuciar el aire, un dedo largo y firme se posó sobre los labios de Jimin. Fue un gesto breve, pero en esa presión habitaba una historia de diez años.
—¿No debiste? —la voz de Jungkook fue un susurro de seda rasgada.
—Entrar a tu estudio. Lo siento.
El mayor asintió con una displicencia estudiada, retirando la mano como quien se aparta de un objeto que quema.
—Y también quería hablar sobre tu alcoba.
—Jimin —lo cortó el hombre, dándole la espalda para recoger su abrigo, un movimiento que buscaba desesperadamente el refugio del exterior—, has dormido diez años en esa cama. Sabes demasiado bien cómo me gustan las cosas. Haz tu trabajo.
La orden quedó flotando en la cocina mientras Jungkook se desvanecía en el pasillo. Jimin permaneció inmóvil, sintiendo el primer síntoma de un agotamiento que no residía en los músculos, sino en el alma.
Jimin tardó unos segundos en moverse después de que Jungkook desapareciera por el pasillo. No fueron segundos de indecisión, sino de contención: el tiempo justo para que la rabia no se le escapara por los ojos, para que el temblor no delatara nada.
Cuando finalmente caminó, lo hizo erguido.
El mármol estaba frío bajo sus pies descalzos. Cada paso resonaba demasiado fuerte en la casa silenciosa, como si la mansión entera estuviera atenta a su respiración. Subió las escaleras sin prisa, con una rigidez tensa en los hombros, obligándose a mantener el ritmo constante. No iba a correr. No iba a derrumbarse.
Al llegar al descanso del primer piso, el recuerdo lo embistió sin aviso: el invernadero, la humedad pegándosele a la piel, el aire cargado de clorofila y asfixia. El vértigo. El colapso. Cerró los ojos un instante y aspiró con fuerza, llenando los pulmones hasta que le ardieron.
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𝗹𝗮 𝗰𝗶𝘁𝗮
Fiksi PenggemarSinopsis - La Cita Un matrimonio arreglado. Un esposo que ama. Otro que engaña porque quiere. Jungkook está enamorado de Jimin, incluso cuando sabe que no lo eligen. Jimin nunca prometió fidelidad... solo obediencia. Cartas anónimas, encuentros secr...
