pastel y cigarrillos

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Nadie supo a qué hora exacta Jungkook abandonó la seguridad de su estudio aquella noche, ni si llevaba consigo alguna certeza en los bolsillos del abrigo. Partió como quien huye de un incendio doméstico o regresa, por el puro magnetismo del desastre, al centro mismo de la hoguera. El viento cálido de Seúl le rozaba la piel a través de la ventanilla baja; un susurro denso, cargado de esa humedad estival que despierta los recuerdos que la razón prefiere mantener bajo tierra. Conducía sin un rumbo dictado por la lógica, aunque sus manos sobre el volante lo guiaban con la fidelidad torpe y ciega de un perro viejo que todavía reconoce el camino hacia la tumba de su dueño.

Pensar en Jimin se había vuelto una actividad biológica, un parásito que le alteraba el pulso. Una culpa que no buscaba la absolución del confesionario, sino la repetición del pecado. El tiempo no había logrado diluir la fijeza de aquellos ojos ajenos, demasiado grandes, demasiado hábiles para la simulación, que alguna vez le habían hecho creer que el universo entero se reducía a la distancia entre sus dos cuerpos. Y, sin embargo, allí estaba de nuevo, doblando las esquinas de la ciudad, atraído hacia Jimin como el polvo se adhiere a las páginas de los libros olvidados en un sótano.

Se detuvo ante una pastelería de barrio baja, bañada por una iluminación de neón tibia, casi uterina, que recortaba las sombras de la acera. El aroma dulzón de las fresas horneadas lo atravesó con la fijeza de una aguja. Entró sin medir las consecuencias de su porte impecable en ese local moribundo. Pidió un pastel pequeño, coronado de frutas rojas y crema brillante; no era el capricho de un hombre rico, sino una ofrenda desesperada. No recordaba si Jimin aún conservaba el gusto por las fresas, pero lo había tenido una vez, en los días en que el apellido Jeon no pesaba como una condena, y esa brizna de memoria era suficiente para sostener su delirio.

Había amado a Jimin cuando este entró en su vida como un obsequio envenenado, envuelto en el lodo de deudas ajenas y promesas que nacían rotas. Lo había amado incluso después, cuando descubrió que Jimin de enlodaba en hoteles de mala muerte.

De regreso en el automóvil, la caja de cartón descansaba sobre el asiento del copiloto como un artefacto demasiado frágil para el aire de la noche. Unas calles más adelante, una tienda diminuta y clausurada parecía resguardada por la luz pálida de la luna. En la vitrina, un conjunto de dormir de seda rosa, de una delicadeza que rozaba lo insoportable, pareció retener la mirada de Jungkook. Lo compró con el automatismo de los sonámbulos. Había esperanzas que no necesitaban un destinatario explícito para justificar el gasto.

El impacto visual al llegar a la periferia fue un tajo en los ojos: el Mercedes negro, con su chapa reluciente y su motor silencioso, estacionado frente a la fachada descascarada y el asfalto roto por el olvido. Jungkook se cubrió el rostro con ambas palmas, sintiendo el calor acumulado en su propia piel. Le dolía la precariedad del entorno; le enfurecía más saber que no existía otro lugar en el mundo donde su cuerpo quisiera estar.

Dudó con la mano puesta sobre la manija de la puerta. Apretó las bolsas contra el pecho y la suavidad de la seda rosa, oculta en el papel de regalo, se transformó en un reproche físico, un peso que le hundía las costillas. Apoyó la frente contra el frío del volante, respirando ese aire enclaustrado que parecía negarse a descender por su garganta. Estaba atrapado entre la huida y el enfrentamiento, entre el silencio dinástico y la verdad sucia de la acera. Se dio valor con el cansancio definitivo de los que saben que, mucho antes de empezar a jugar, ya lo han perdido todo.

Fue entonces cuando la noche se fracturó.
A través del cristal del automóvil, la risa de Jimin llegó hasta sus oídos como una blasfemia hermosa, una melodía que alguna vez le había pertenecido y que ahora florecía en la acera de enfrente, desprovista de su permiso. Jungkook sintió un frío súbito en las puntas de los dedos. El rubio miraba al hombre que tenía delante con una devoción desnuda, una familiaridad doméstica que a Jungkook le dolió en el centro del pecho como una quemadura antigua. Era una intimidad simple, limpia, que no necesitaba de la opulencia para sostenerse.

La Cita (Finalizado) Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora