Jeon encendió otro cigarrillo como quien enciende el tiempo perdido. La brasa crepitó en la penumbra y dibujó en el aire una espiral de humo turbio que ascendió con la lentitud de los recuerdos pesados. Nadie supo a ciencia cierta cuántos llevaba fumando aquella noche, pero el olor ya se había impregnado en las cortinas, en las paredes e incluso en la piel del que todavía dormía desnudo sobre la cama.
El silencio era tan profundo que el clic del interruptor de la lámpara de noche pareció una detonación. Jeon se acercó al buró con la firmeza de quien ha postergado por demasiado tiempo una decisión irrevocable. Tomó el sobre de papel madera —aquel sobre que cargaba desde la tarde— como si le pesaran todas las palabras que encerraba. Luego se sentó en el borde del colchón, contemplando el cuerpo inerte que reposaba entre sábanas pálidas como mortajas. Jeon rió en voz baja, una risa seca que no llegaba al pecho, y se inclinó para besar cada luna tatuada en la espalda del menor como si en ellas quedara todavía algún vestigio de amor. Al tacto, una frase de Jimin emergió del fondo de su memoria con la crueldad de una profecía: «Una por cada aniversario».
Apartó el rostro bruscamente; el nudo en su garganta era una soga que no terminaba de ceder.
—¿Por qué hiciste eso? —preguntó al aire, sin esperar respuesta.
Sacudió al joven con suavidad al principio. Jimin, aún sumergido en el sopor del placer y el cansancio de la noche, se removió entre las sábanas con un ronroneo perezoso.
—Un poco más… —murmuró con voz melosa, estirando los brazos hacia la silueta que lo observaba, buscando repetir el calor de la noche sin abrir los ojos—. No seas malo, quédate conmigo.
La invitación, cargada de una intimidad que Jimin creía estar compartiendo con un extraño, fue la estocada final. La paciencia de Jeon se había marchado hacía semanas, tal vez años, arrastrando los últimos restos de su confianza. Esta vez, lo tomó por los hombros y lo sacudió con una fuerza violenta, casi desesperada.
—Vamos, Park. Despierta de una maldita vez.
Jimin abrió los ojos de golpe, la sorpresa exagerada pintada en sus pupilas dilatadas. El mundo de sombras y promesas se hizo añicos. Frente a él, recortado por la luz hiriente de la lámpara, no estaba el fantasma de sus deseos, sino el hombre que poseía su firma y su vida.
—¿Jun... Jungkook? —balbuceó, y el nombre de su esposo salió de su boca como un suspiro entrecortado, casi sin aire, reconociendo la voz del verdugo demasiado tarde.
—Vístete.
Le lanzó la ropa con una frialdad que no necesitaba palabras. El rubio palideció al instante, como si de pronto el oxígeno se hubiera agotado. Trató de entender lo que ocurría, pero su mente era un torbellino sin brújula. Se vistió con torpeza, evitando mirarse demasiado tiempo en el espejo, donde su reflejo le devolvía la imagen de un hombre derrotado por sí mismo.
—Tranquilo, Jimin… —se susurró mientras terminaba—, aún puedes encontrar una salida, aún puedes mentir con elegancia.
Pero el terror lo paralizó cuando salió a la estancia. Jeon estaba sentado en el sillón individual, rodeado de sombras, como una figura tallada en mármol. En una mano, el cigarrillo que parecía no consumirse nunca; en la otra, un vaso de whisky que reflejaba la luz como un ojo acusador. Jimin sintió que el alma se le deslizaba por la planta de los pies cuando corrió hasta él, buscando abrigo en su propia miseria. Se acurrucó en el rincón opuesto del sillón, como un niño castigado, abrazando sus rodillas, sin saber si debía hablar o callar para siempre.
—Dime, Jimin… —la voz de Jeon era un cuchillo sin filo, pero igual de cruel—: ¿qué me faltó por darte?
No hubo reproche en su tono, sólo una curiosidad letal. Se bebió el trago de un sorbo, como si en ese licor pudiera encontrar una explicación que Jimin jamás le daría.
—Fue un error —balbuceó el rubio—, te lo juro por mi vida. Fue un momento de debilidad. Nunca antes... nunca...
Se arrodilló frente a él, buscando con desesperación la compasión que ya no vivía en sus ojos. Jeon acarició su cabello con una dulzura engañosa, como acaricia el carnicero al cordero antes de degollarlo.
—¿Puedes jurarlo?
—Te amo.
Y entonces Jeon le ofreció una carpeta. No dijo nada más. No hizo falta. Park sintió que el tiempo se detenía. En aquel legajo de sombras brillaban todas las mentiras que había intentado enterrar. Y aunque el cuerpo aún estaba tibio por el deseo, el alma se le había congelado en una verdad que no podía desmentirse.
ESTÁS LEYENDO
𝗹𝗮 𝗰𝗶𝘁𝗮
FanfictionSinopsis - La Cita Un matrimonio arreglado. Un esposo que ama. Otro que engaña porque quiere. Jungkook está enamorado de Jimin, incluso cuando sabe que no lo eligen. Jimin nunca prometió fidelidad... solo obediencia. Cartas anónimas, encuentros secr...
