A Ciegas

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El rugido contenido del motor se apagó como un suspiro resignado en las entrañas del estacionamiento subterráneo, donde la penumbra olía a cemento húmedo y a secretos mal enterrados. Park Jimin descendió del vehículo con la solemnidad de quien acude a un juicio inminente, aunque sus zapatos brillaban con la arrogancia de quien aún cree que puede ganar.
Secó con disimulo las palmas sudorosas contra los pliegues de su pantalón de cuero, como si el material pudiera absorber la culpa antes de que esta llegara al torrente sanguíneo. En ese instante, su teléfono vibró con la precisión de un augurio. No necesitó mirar el remitente para sentir el escalofrío.

—«¿Llegaste? Ve al lobby. El conserje te dará la llave de mi piso».

Jimin guardó el dispositivo, sintiendo el peso del anillo que había dejado en la guantera como una ausencia física en su dedo. Caminó hacia el ascensor, cada paso resonando en el vacío del concreto, consciente de que, una vez que esa llave girara en la cerradura, Park Jimin, el esposo de Jeon Jungkook, dejaría de existir para convertirse en la ofrenda de alguien más.

Atravesó el vestíbulo con la misma elegancia que usaba para seducir a la vida: un andar lánguido, casi flotante, que hacía que las miradas lo siguieran como perros famélicos. Se acomodó el cabello con un movimiento aprendido e inconsciente. Al recibir la tarjeta de manos del conserje —quien lo saludó con una sonrisa enigmática, más cercana a la complicidad que al protocolo—, no dijo palabra. La tarjeta pesaba más de lo que debía. Pesaba como un destino.

—Que tengas un excelente día, Jimin.

Ya en el ascensor, esas palabras lo golpearon con la fuerza de una bofetada. Apoyó la espalda contra el metal helado y cerró los ojos con fuerza, apretando los párpados como si temiera mirar su propio reflejo y ver la verdad escrita en su frente.
¿Cómo sabía aquel hombre su nombre? Rebuscó en su memoria, rastreó rostros y encuentros pasados, pero no encontró nada. Un frío repentino le recorrió la nuca. Por un segundo, las advertencias de Taehyung resonaron en su cabeza como una alarma sorda; la idea de que estaba entrando en una boca de lobo cobró una forma aterradora. Sin embargo, sacudió la cabeza para disipar el miedo. «Solo estás sugestionado», se mintió a sí mismo, intentando recuperar el control de su respiración mientras el plástico de la tarjeta le rozaba los dedos como una promesa incumplida.
Recordó los reproches secos de su esposo, aquel hombre diez años mayor que le había ofrecido un anillo en lugar de amor, y la rabia volvió a suplantar al temor.

—Maldito imbécil… —murmuró entre dientes.

No supo si lo decía por Taehyung y sus profecías, por Jungkook y su jaula de mármol, o por sí mismo, por estar allí, suspendido entre dos vidas mientras el marcador de pisos avanzaba implacable hacia las nubes.

Las puertas se abrieron con un sonido suave que, sin embargo, le pareció una detonación. Caminó por el pasillo como quien atraviesa una iglesia en ruinas, siguiendo un incienso invisible que lo atraía desde el fondo. Solo una puerta; solo una posibilidad

Deslizó la tarjeta. Un resplandor verde confirmó que el destino, una vez más, estaba de su lado. O en su contra.

El apartamento era de una belleza cruel: ordenado, silencioso, tan perfecto que no parecía haber sido habitado jamás por un ser humano. Ni un retrato, ni un abrigo fuera de lugar. Todo olía a nuevo; todo olía a mentira. Y, sin embargo, allí estaba la música: un hilo sensual que se filtraba desde un cuarto al fondo, como si una antigua amante lo llamara con voz de sirena.
La pantalla del teléfono le devolvió un mensaje escueto:

—«Sigue a la habitación».

Se quitó los zapatos con lentitud, como quien desarma una armadura, y avanzó sobre el suelo impecable con pasos de animal herido. La puerta, apenas entornada, exhalaba un aliento de sombra.
Entró.

La habitación estaba sumida en una oscuridad tan densa que parecía líquida. Solo una delgada franja de luz, filtrada desde la ventana, recortaba el perfil de una figura masculina: alta, sólida, irreconocible. Un hombre de espaldas, como una escultura de obsidiana que aguardaba ser tocada.
Jimin tanteó la pared, buscando el interruptor con dedos temblorosos.

—No la prendas —dijo la voz.

Era grave, segura, cargada de una ternura que cortaba como un vidrio limpio. Y era, sin lugar a dudas, la voz del pasado; un eco que Jimin había intentado enterrar bajo capas de lujo y falsas sonrisas. El cuerpo se le estremeció, reconociendo la vibración antes que la mente.

—No es justo —refunfuñó Jimin, con un rastro de esa infantilidad caprichosa que usaba para ocultar su miedo—. No puedo verte.

—Solo un poco más —respondió la figura.
El hombre exhaló una bocanada de humo. La brasa del cigarrillo brilló como un ojo carmesí en la penumbra, y el humo grisáceo permitió, por un instante, ver la densidad de su sombra, el ancho de sus hombros, la calma de su postura.

—Ven —ordenó, extendiendo la mano con la paciencia de quien sabe que el destino ya ha hecho todo el trabajo sucio.

Y Jimin, a pesar de las advertencias de Taehyung, a pesar del anillo en la guantera y de la mancha de vino en su memoria, fue hacia él.

Cruzó el umbral de la duda con el corazón latiéndole en la garganta. Sus dedos rozaron aquellos otros que, aunque invisibles, le resultaban dolorosamente conocidos. Lo supo entonces: había entrado a un cuarto del que no saldría igual. Ya no se trataba de un encuentro clandestino para redimir el deseo; se trataba del principio —o quizás del final— de una historia escrita con tinta oscura y perfume ajeno.
En ese instante, entre el humo y el silencio, ya no hubo regreso posible.

𝗹𝗮 𝗰𝗶𝘁𝗮 Donde viven las historias. Descúbrelo ahora