la ofrenda

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Jungkook no esperó a que la risa burlona de Namjoon se extinguiera. Se puso de pie con un gesto seco, ajustó la corbata como si ese movimiento pudiera restituirle el control, y tomó los folders del escritorio. Kim comprendió entonces que aquella imagen había sido algo más que una provocación trivial; era una advertencia. Se incorporó del sillón donde se hallaba recostado y caminó junto al moreno hacia la sala de juntas, dejando atrás un aire cargado de ironía y presagio.

Jimin suspiró, exhausto. Se secó las gotas de sudor que le resbalaban por el rostro con el antebrazo, y permaneció unos segundos inmóvil, aguardando que el aire regresara a sus pulmones. El calor le pesaba en la piel, y el cansancio se le acumulaba en los huesos como una deuda antigua.

—Cariño, ven a almorzar. Te preparé algo —lo llamó Taehyung con un tono animado desde el umbral de la cocina.

Park sacudió la tierra de sus manos con movimientos lentos, casi mecánicos, y comenzó a caminar. El vientre le pesaba de una forma nueva, constante, como si el cuerpo le recordara a cada paso que ya no estaba solo.

Jimin caminó con los hombros caídos, sintiendo cómo el cansancio se le instalaba en la base de la columna. Al entrar en la cocina, el aire acondicionado lo recibió como una caricia fría, pero lo que realmente detuvo sus pasos fue la escena sobre la encimera.

Taehyung terminaba de acomodar un despliegue de recipientes térmicos, revisando con minuciosidad un menú que olía a especias caras y cocción lenta. Era la comida de Jungkook; el ritual diario de la mansión Jeon que Jimin, hasta hace poco, supervisaba con la elegancia de un príncipe. El aroma dulzón y profundo del Galbi-jjim llenaba el aire, revelando el brillo aceitoso de las costillas braseadas y la textura suave de los rábanos que habían absorbido todo el jugo de la carne.

—Tae... —murmuró Jimin, apoyándose en la isla de mármol. Sus manos, antes impecables, tenían restos de tierra bajo las uñas y pequeñas abrasiones del trabajo en el invernadero—. ¿Vas a enviar eso a la empresa?

—Sí —respondió Taehyung sin mirarlo, cerrando una de las cajas—. Sabes que el señor Jeon no toca la comida de los restaurantes si puede evitarlo. El chófer está por llegar para recogerlo.

Jimin guardó silencio, observando su propio reflejo en la puerta de acero inoxidable de la nevera. Estaba hecho un desastre. El overol de mezclilla estaba manchado de un lodo oscuro, su camiseta blanca tenía sombras de polvo y sus mejillas, quemadas por el sol, le daban un aspecto salvaje, casi febril.

Aguardó a que Taehyung se diera la vuelta para buscar el teléfono. En ese instante, sin una palabra, Jimin tomó un contenedor de plástico básico del gabinete, lo llenó con una porción generosa de las costillas y el arroz humeante, y lo cerró con un chasquido seco. No buscó una bolsa, ni cubiertos de plata.
Salió de la cocina con la misma ligereza con la que se entra en una habitación ajena.

En el tablero del garaje, sus dedos ignoraron los llaveros de cuero italiano de los sedanes. Sus ojos se fijaron en una llave metálica, sin adornos, colgada debajo de un cartel que rezaba: Mantenimiento. La tomó.

La camioneta de servicio rugió con una vibración que se le instaló en los huesos. Jimin no se miró en el retrovisor para acomodarse el cabello ni limpiarse la tierra de la frente. Simplemente puso la marcha y avanzó hacia la salida de la propiedad, dejando atrás la mansión y a un Taehyung que recién ahora comenzaba a notar el vacío en la cocina.

El edificio Jeon se alzaba como una catedral de vidrio y acero, impasible ante el mundo. Jimin descendió de la camioneta de mantenimiento con el contenedor aún apretado contra el pecho. El contraste era casi obsceno: la fachada pulida, los trajes impecables entrando y saliendo con pasos seguros… y él, cubierto de tierra, con olor a césped y sudor seco, el vientre apenas insinuado bajo la tela gastada del overol.
Las puertas giratorias se abrieron.

𝗹𝗮 𝗰𝗶𝘁𝗮 Donde viven las historias. Descúbrelo ahora