RITUAL DE PIEL

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Jimin caminó a ciegas, guiado por el aliento cálido de la oscuridad, como si la noche misma lo condujera hasta aquella cama ancha y muda donde el silencio se deshacía en suspiros. Las sábanas olían a un perfume que no era suyo: una mezcla de almizcle y arrepentimiento que se le instalaba en los pulmones con cada inhalación. Sus dedos, temblorosos de anticipación, se arrastraron por el colchón como un ciego reconociendo un mapa sin nombres, buscando una señal de vida entre la seda. De pronto, sus yemas rozaron una superficie sólida y cálida. Avanzó con cautela hasta que su mano se cerró sobre la firmeza de una pierna masculina, sintiendo la tensión del músculo bajo su tacto.

—Te atrapé —dijo en voz baja, con una mezcla de triunfo y promesa.

Una risa seca y casi nasal, un murmullo que cortó la penumbra con una arrogancia que le resultó escalofriante, respondió desde las sombras:

—No lo creo.

Antes de que Jimin pudiera procesar la respuesta, el mundo se dio vuelta. Unas manos grandes y firmes lo envolvieron por la cintura, tirando de él con una fuerza que no admitía réplicas, hasta estamparlo contra un pecho tibio que latía con una furia contenida.

—Yo te atrapé a ti —corrigió la voz, ahora pegada a su oído, enviando una descarga eléctrica por su columna vertebral.

Jimin lo besó entonces como quien bebe de un pozo en medio del desierto: con una necesidad antigua, con una fe desesperada. Fue un beso largo, desordenado e impúdico, donde el alma parecía resbalar por la garganta para intentar reconocer al otro en la saliva y el aliento.

—No es justo —dijo Jimin cuando lograron separarse apenas unos milímetros, usando esa voz de niño herido que solo reservaba para las verdades más crudas—. Tú me conoces. Yo ni siquiera he visto tu rostro.

El otro calló. Tal vez por culpa; tal vez por no tener respuestas que no fueran más dolorosas que el silencio. Y aunque intentó hablar, solo alcanzó a murmurar contra sus labios:

—Aguarda un instante…

Pero ya era tarde. El beso los había arrastrado de nuevo con la fuerza de una marea enloquecida. En ese rincón del mundo, ya no eran dos hombres, sino dos fragmentos de algo más antiguo y más roto que ellos mismos. No era amor, no todavía. Tampoco era lujuria, o no solamente; era un abismo sin orillas, un rito secreto entre dos cuerpos que buscaban lo que la vida les había negado: consuelo sin promesas.
Las manos del desconocido se movieron con una precisión casi religiosa. Conocía los mapas invisibles del cuerpo de Jimin como un sacerdote conoce las páginas de un evangelio maldito. Cada roce era una oración pagana; cada gemido, una confesión. Park quiso devolver las caricias, quiso reclamar territorio con sus propias manos, pero fue detenido con una dulzura firme que le heló la sangre.

—Aún no —sentenció el más alto.

Con la gracia de un verdugo amable, tomó las muñecas de Jimin y las apresó. Usó la corbata que antes colgaba de su cuello como un juramento roto para inmovilizarlo. No apretó, no buscaba el daño; fue una entrega pactada más que una dominación. Jimin se quedó allí, con los brazos cautivos por la seda, mientras la sombra masculina se levantaba de la cama.

El hombre caminó hasta el rincón donde la luz de la calle dibujaba siluetas de fuego sobre su espalda desnuda. Comenzó a desabotonarse la camisa con una lentitud ceremoniosa, como si se desnudara ante un altar invisible. Jimin contuvo el aliento; no sabía su nombre ni si lo volvería a ver, pero esa noche, con una desesperación que le quemaba las entrañas, quería ser suyo.

—Eres un pervertido, Park —susurró el otro al volver, con una voz que emergía de las profundidades de un sueño.

Jimin abrió los ojos con espanto. El aire se le escapó de los pulmones. ¿Cómo sabía su nombre? Pero no tuvo tiempo de preguntar. La lengua del desconocido descendió por su vientre como una serpiente antigua, lamiendo el pecado y el deseo hasta llegar al centro mismo de su desesperación. Jimin gimió, entrecerrando los ojos, sintiéndose poseído por un dios menor. Tiró de sus ataduras con una furia dulce; quería tocarlo, quería fundirse, pero el otro lo observaba desde los pies de la cama con una sonrisa que no parecía de este mundo.

Se despojó de su última prenda como quien abandona la fe y avanzó, felino y cruel, hasta que el calor de su cuerpo lo envolvió por completo.

—Esta noche —susurró— te llevaré al infierno… y te haré rogar por no volver.

Jimin no respondió. Solo sintió el roce húmedo de una lengua que exploraba su intimidad con devoción obscena. Sintió el aliento tibio, los dientes rozando la piel sensible, y su cuerpo tembló como un árbol alcanzado por un rayo. Fue entonces cuando lo comprendió. Solo conocía a un hombre con aquel porte. Solo uno con esa fuerza y esa cicatriz específica en los dedos.
Lo odió. Lo maldijo. Y, sin embargo, empujó sus caderas hacia atrás, pidiendo más de aquel veneno conocido.

El más alto entendió la súplica muda. Alineó su virilidad con aquella cavidad que ya palpitaba en espera y se sumergió en él con la lentitud de quien entra en un templo profanado. Jimin gritó, pero el sonido fue devorado por el colchón. El vaivén que siguió fue lento y eterno; no había prisa, no había juicio. El rubio se arqueó tanto que su espalda se convirtió en un puente roto, mientras el otro, incansable, lo embestía con estocadas breves y certeras, buscando ese rincón prohibido que lo hacía delirar.

Se buscaron. Se encontraron. Y cuando el final los alcanzó en una explosión de sombras, se dejaron caer rendidos sobre las sábanas, sudorosos y unidos aún, como dos náufragos abrazados a la última tabla tras el naufragio.

Jimin no lloró, pero algo dentro de él se quebró definitivamente. No fue por el acto físico, ni por la traición a su esposo. Fue por el nombre. Porque ahora sabía que quien lo poseía no era un extraño, ni una deidad de paso. Era el fantasma de un amor que nunca quiso nombrar.



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