en el umbral de la tormenta

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Mientras tanto, en el centro de Seúl, un hombre se retorcía de la risa en su mullido asiento. Secó con el dorso de la mano las lágrimas que se le escaparon por las comisuras de los ojos y suspiró, tratando de recomponerse.

—¿Qué te parece tan gracioso? —preguntó el moreno con fastidio, rodando los ojos.

—¡Jimin no puede exigir nada y lo sabes! —soltó casi a gritos, con una carcajada amarga aún colgando de su voz.

—Es tu esposo, Jungkook —replicó su acompañante, frotándose el rostro con frustración.

—¿Crees que hago esto por él? —entrecerró los ojos con gesto serio.

—Creo que si de verdad solo te importara el bebé, no lo llevarías a tu casa —respondió el otro, encogiéndose de hombros con frialdad.

—No te pago para que te entrometas en mis asuntos —gruñó Jungkook, girando su silla y dándole la espalda.

Un silencio denso se instaló en la habitación. El otro hombre ladeó la cabeza y, sin cambiar de tono, preguntó:

—¿Aún despierta algo en ti?

-—Tú solo asegúrate de que esté en mi casa esta noche —dijo Jungkook con firmeza, apretando los puños.

Taehyung agradecía seguir trabajando para Jeon, incluso después de haber sido cómplice de su exesposo en más de una de sus aventuras. Lo único que deseaba ahora era conservar su empleo y no meterse en más problemas.

Como cualquier otro día, en la casa Jeon se encontraba observando el microondas mientras calentaba una taza de chocolate. No había mucho por hacer en ese lugar. Su jefe tenía contratado un equipo para la limpieza y el jardín. Él solo se encargaba de recibir correspondencia y atender, de vez en cuando, a alguna visita masculina que llegaba en compañía del moreno.

El timbre resonó con fuerza en la enorme casa vacía. Taehyung frunció el ceño. El jefe no le había advertido que esperara visitas.

Secó sus manos con un paño y arrastró los pies hasta la entrada. Tomó el llavero de la mesa de apoyo y se dirigió hacia afuera.

Rascó su cabeza con desconcierto, pero al instante una sonrisa cruzó su rostro.

El pequeño rubio de suéter rosa observaba por encima de las rejas. Extrañaba verlo por allí. A pesar de ser un descarado, era más simpático que muchos de los desahogos del moreno.

-—Jimin, cariño, ¿qué haces por aquí? —preguntó Taehyung, tomándolo entre sus brazos con calidez. Park sonrió con suavidad.

—Jimin vivirá aquí desde ahora... hasta que Jungkook lo decida —intervino el moreno musculoso, bajando la única maleta del auto.

El rubio no había llevado mucho consigo. En el fondo, esperaba que Jeon se arrepintiera pronto de esta absurda idea.

Taehyung no dijo nada más. Asintió en silencio y tomó la maleta, guiando al visitante hacia la antigua habitación que alguna vez compartieron los Jeon. Jimin lo siguió sin emitir palabra. Nada había cambiado en esa casa: seguía tan fría y solitaria como cuando él vivía allí.

Pasó su mano por la única foto que aún colgaba de la pared. En ella, él vestía un impoluto traje blanco mientras el mayor lo sujetaba de la cintura con aire posesivo. Mordió su labio inferior y soltó el aire por la nariz. ¿A quién quería engañar? Dudaba que Jeon aún lo amara.

Subió lentamente las escaleras en dirección a la conocida alcoba y suspiró. Tendría que volver a compartir cama con el mayor. La idea no le desagradaba del todo… se dio un golpe mental y culpó a las hormonas del embarazo. Estaban causándole estragos.

𝗹𝗮 𝗰𝗶𝘁𝗮 Donde viven las historias. Descúbrelo ahora