En la última planta del edificio Jeon, el crepúsculo comenzaba a teñir las paredes de cristal con tonos púrpuras y cenicientos. Jungkook estaba sentado tras su escritorio de caoba, una mole de madera que parecía la única cosa capaz de sostener el peso de su propia mente. Consultó el reloj de su muñeca, una pieza de oro frío que marcaba el paso de los segundos con una precisión indiferente, y soltó un suspiro largo, sintiendo cómo el aire le quemaba la nariz al salir.
Agradeció, casi con devoción, que el día hubiera llegado a su fin. Había sido una jornada de cifras, contratos y reuniones vacías, todas ellas actuando como un tenue ruido blanco para amortiguar el recuerdo de lo que había sucedido apenas unas horas atrás, en la penumbra de su propia alcoba.
Se recostó en el cuero de su sillón y cerró los ojos. De inmediato, la imagen de Jimin en la cocina —etéreo y desafiante— inundó la oscuridad.
Una sonrisa amarga y torcida, casi una mueca de autodesprecio, curvó sus labios. Se recordó a sí mismo la noche anterior. No había habido otros cuerpos en su cama; no había habido modelos ni extraños. La realidad era mucho más patética: se vio solo en la inmensidad de su habitación, sujetando con una mano la prenda de seda que le había robado a Jimin de su humilde casa, mientras con la otra masajeaba su propia hombría con una urgencia que rozaba el odio.
Soltó una risa seca, un sonido nasal que resonó en la oficina vacía. Se burlaba de su propia debilidad. Había montado un escenario de infidelidad, dejando pistas falsas como un niño que esparce migas de pan para guiar a una presa hacia una trampa. Había ensuciado su propia alcoba con objetos ajenos solo para que Jimin los encontrara, solo para comprobar si todavía quedaba un rastro de posesividad en aquellos ojos felinos.
—¿Recuerdas el día de nuestra boda? —susurró para sí mismo, imitando el tono de Jimin.
Se imaginó la cara del rubio al encontrar el encaje negro. Imaginó el temblor en sus dedos, la forma en que mordería su labio inferior y cómo, con esa dignidad de príncipe destronado, intentaría convencerse de que no le importaba. Jungkook sabía que Jimin era un actor consumado, pero también sabía que nadie —ni siquiera el mejor mentiroso del mundo— podía escapar del veneno de la duda una vez que esta comenzaba a correr por las venas.
Había sembrado la duda no para castigar a Jimin por sus pecados pasados, sino para ver si, entre los escombros de su orgullo, Jimin todavía lo consideraba suyo.
El ambiente de introspección se rompió con un golpe seco de nudillos contra la madera. Namjoon entró sin esperar invitación, con una carpeta bajo el brazo y esa expresión de eficiencia agotada que siempre traía consigo.
—Necesito que firmes esto antes de que los abogados de Seúl se retiren, y tenemos que revisar los números de la nueva naviera —dijo, dejando los documentos sobre el escritorio.
Jungkook no respondió. Seguía recostado, con la mirada perdida en un punto inexistente de la ciudad que brillaba tras el cristal. Se limitó a asentir mecánicamente, una estatua de mármol con traje de tres piezas.
—Vi a Jimin esta mañana cuando salía de la casa —añadió Namjoon con aparente casualidad, mientras acomodaba su pluma—. Parecía… extrañamente concentrado.
Jungkook se tensó. Fue un movimiento sutil, apenas una rigidez en la mandíbula y un cambio en la cadencia de su respiración, pero para Namjoon —que lo conocía como a un hermano— fue suficiente. Rompió en una carcajada sonora, llenando la oficina con un eco de burla afilada.
—¿Otra vez? —preguntó entre risas—. ¿Otra vez Park te tiene sin dormir? Mírate, Jungkook. Tienes la cara de un hombre que ha pasado la noche luchando contra fantasmas.
Jungkook soltó un aire pesado y, por primera vez en el día, bajó la guardia. Con una voz ronca, cargada de un cinismo agotado, relató vagamente lo ocurrido la noche anterior: la confrontación, la pregunta sobre la boda que lo dejó desarmado y el castigo que había orquestado esa mañana para recibir a Jimin en su alcoba.
—Le ordené que limpiara mi habitación —confesó, observando sus propias manos—. Y dejé… rastros. Cosas que no deberían estar ahí.
Namjoon guardó silencio un segundo, procesando la mezquindad estratégica de su amigo. Luego se apoyó en el borde del escritorio, con una sonrisa afilada y cargada de ironía.
—Vaya, felicidades, Jeon —soltó—. Has progresado. Al menos esta vez no lo mandaste al invernadero. Es un avance humanitario, supongo.
Jungkook lo miró con los ojos entrecerrados, pero Namjoon no se detuvo.
—Jin estará realmente contento cuando se lo cuentes —continuó, acomodándose los anteojos—. Al menos hoy Jimin no tendrá que acarrear fertilizante ni terminar desmayado entre las orquídeas. Planchar camisas es un castigo mucho más… doméstico. Casi parece que intentas jugar a la casita antes de quemarla.
—No es un juego —gruñó Jungkook.
—No, claro que no —replicó Namjoon, recogiendo los papeles firmados—. Es una guerra de guerrillas. Pero ten cuidado, Jungkook. Sembrar dudas en alguien como Park es peligroso; él es un experto en cultivar tormentas donde otros solo ven nubes.
Namjoon recogió la carpeta, pero no se dirigió de inmediato a la puerta. Permaneció allí, observándolo con una fijeza que empezó a incomodar al pelinegro. La ironía sobre el invernadero se disipó, dando paso a una seriedad densa.
—¿Alguna vez te preguntaste por qué se casaron? —preguntó al fin, con la voz despojada de humor.
Jungkook parpadeó, desconcertado por el giro.
—¿Qué?
—Eso, Jungkook… ¿alguna vez te lo preguntaste de verdad? —insistió, apoyando una mano en el respaldo de la silla—. No el “cómo”; eso lo sabemos todos. Los contratos, las familias, el apellido Jeon necesitando un heredero. Te hablo del porqué de Jimin.
Los ojos de Jungkook se oscurecieron. El despacho desapareció y su mente lo arrastró diez años atrás. El recuerdo lo golpeó como un naufragio: Jimin, con apenas dieciocho años, entrando en su vida como un vendaval de seda y veneno. La piel demasiado blanca, la mirada felina cargada de secretos, la forma de caminar que proclamaba pertenencia incluso cuando no tenía nada.
Recordó el día que firmaron. Jimin no parecía una víctima de un matrimonio arreglado; parecía un estratega que acababa de ganar su primera guerra.
—Tenía dieciocho años, Namjoon —masculló Jungkook, apretando los puños bajo el escritorio—. Era un niño ambicioso que quería el apellido y la cuenta bancaria. No hay mucho que preguntar.
—¿Seguro? —Namjoon arqueó una ceja—. Un niño ambicioso se conforma con el dinero. Pero Jimin… Jimin se quedó diez años. Soportó tus ausencias, tus sombras y ahora este juego perverso que tienen.
Dio un paso más.
—Anoche te preguntó si recordabas el día de su boda. Tú crees que fue una burla, un ataque. Pero piénsalo: ¿y si no lo fue? ¿Y si hay algo en ese día —algo que diste por sentado— que él ha estado cargando solo durante una década?
Jungkook guardó silencio. El Jimin de dieciocho años y el Jimin de ahora se superpusieron en una imagen incómoda. La duda —la misma que había intentado sembrar con encaje negro y medias verdades— se volvió contra él.
—Vete, Namjoon —ordenó al fin, con la voz baja y tensa.
—Me voy —respondió—. Pero cuando regreses a casa, intenta recordar qué cara tenía Jimin cuando dijo “sí”. Quizá descubras que el que ha estado viviendo en una mentira no es él, sino tú.
Namjoon salió del despacho sin añadir nada más, dejando a Jungkook solo con el tic tac del reloj de oro y una pregunta que, por primera vez en diez años, no tenía una respuesta cínica que la detuviera.
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𝗹𝗮 𝗰𝗶𝘁𝗮
FanfictionSinopsis - La Cita Un matrimonio arreglado. Un esposo que ama. Otro que engaña porque quiere. Jungkook está enamorado de Jimin, incluso cuando sabe que no lo eligen. Jimin nunca prometió fidelidad... solo obediencia. Cartas anónimas, encuentros secr...
