DONDE ARDE EL ORGULLO

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Jungkook cruzó el umbral de la casa con el sigilo de un hombre que teme estar soñando. La puerta crujió como un anciano despertando de una siesta interminable, y el aire, espeso y casi vegetal, le rozó las mejillas con la indiferencia de los lugares abandonados. La casa no era lujosa, ni siquiera cómoda, pero tenía esa calidez cansada de los sitios que se aferran a lo poco que les queda.

Abrió el refrigerador y encontró verduras marchitas, un olor dulzón de descomposición; comprendió en ese gesto mínimo que Jimin había estado solo en un silencio que no perdonaba ni los suspiros. Entonces pensó en los padres de Jimin —que no eran fantasmas ni muertos—, pero que habían desaparecido igual, como desaparecen los pájaros cuando la lluvia se vuelve perpetua. Intentó llamar a su exsuegra, aunque sabía que ningún teléfono suena en las casas donde no se quiere hablar. Se frotó el rostro, queriendo borrar el cansancio de todos los años que no supieron ser felices.

Salió a la calle y compró víveres como quien compra redención. Volvió cargado de bolsas y de culpas. En la cocina, entre ollas oxidadas, buscó en internet qué podía comer un hombre embarazado. Era ridículo, pensó: él, que no sabía hervir agua, queriendo alimentar a quien ya no lo quería. El chirrido de la sartén le pareció una canción fúnebre y, justo entonces, el timbre sonó con la solemnidad de una sentencia.

—¿Qué haces en este lado de la ciudad? —preguntó una voz tan dura que parecía haber sido tallada en piedra.

—Hola, Seokjin —respondió Jungkook—. Qué… sorpresa.

Kim Seokjin, con su habitual aire de nobleza cansada, lo recorrió de arriba abajo como quien observa un cuadro mal colgado. No necesitó decir nada para que el desagrado se volviera tangible; lo llevaba puesto como un perfume caro. Entró sin pedir permiso. Caminó por la casa despacio, escudriñando cada rincón como si buscara la huella de un delito invisible.

—¿Ahora vives aquí? —preguntó Seokjin, moviendo con dos dedos un adorno barato.

—¿Qué? No, yo no… —intentó excusarse Jungkook.

Seokjin se asomó a la alcoba. Sus labios se entreabrieron en una muda exclamación al ver la figura encorvada sobre la cama.

—¿Has vuelto con él? —casi gritó, incapaz de disimular la impresión. Luego bajó la voz—. ¿Volvieron?

—¿Volver? ¿A qué? —replicó Jungkook, con una sonrisa que no alcanzó a serlo—. Se acostó con medio Seúl. No soy un santo, pero tampoco me gusta hacer el ridículo dos veces.

Desde la cama, Jimin contuvo el aliento. No fue la acusación lo que le dolió, fue el tono definitivo de Jungkook. El de quien cree haber cerrado la herida.

—Tuvo un mareo —informó Jungkook, con una frialdad casi quirúrgica—. Está embarazado. Tres… tal vez cuatro meses.

—¿Es tuyo? —preguntó Seokjin.

—No lo sé.

Seokjin avanzó hasta la cama con autoridad médica.

—Tú, fuera —ordenó, sin mirar a Jungkook—. Debo revisarlo. No creo que quieras ver otra vez ese cuerpo pecador frente a tus ojos.

Jungkook apretó los puños y salió. Odiaba esa honestidad brutal de Seokjin. Caminó por el pasillo como un animal enjaulado hasta que una idea le brotó como una mala hierba. Fingió buscar una balanza en el baño, pero con pasos silenciosos volvió hasta quedar frente a la puerta entreabierta del dormitorio. Escuchó la voz de Seokjin, precisa:

—¿Última pareja?

—Jungkook —susurró Jimin, y la vergüenza le quebró el nombre.

—¿Último encuentro sexual?

—Jungkook.

—¿Usaron protección?

—¿Por qué lo haría? —respondió Jimin con voz lejana—. Era mi esposo.

Jungkook sintió que algo se le resquebrajaba por dentro. Pero la siguiente pregunta fue el golpe final.

—Entonces… ¿el niño es de Jungkook?
Jimin dudó. Y en esa duda estuvo todo. Negó con la cabeza.

—Hubo alguien más —admitió en un murmullo—. Cuando nos separamos… fui a un bar. No sé qué pasó. No lo recuerdo del todo. Solo sé que…

—Está bien —interrumpió Seokjin con firmeza—. Es suficiente por hoy.

Desde la penumbra, Jungkook apretó el enojo. Vio la silueta de Jimin incorporarse, despojándose de la ropa. Llevaba una camiseta vieja que alguna vez fue suya; debajo asomaban los muslos blancos y la curva de su espalda. Lo contempló sin pudor. Su masculinidad despertó como una bestia dormida, palpitante. En su mente lo desnudó, lo poseyó con la desesperación de quien ha perdido algo irrecuperable. El asco hacia sí mismo le llegó como un vómito seco. Huyó.

Al terminar, Seokjin lo buscó en la cocina.

—¿Fumando de nuevo? —preguntó con sorna—. Está entero. Por ahora. Pero necesita un lugar mejor. Esta casa se muere sola.

Le entregó las recetas y las prohibiciones: nada de jeans, nada de estrés, nada de hambre.

Jungkook asintió y volvió al dormitorio con la bandeja y el regalo.

—¿Puedo?

—Pasa…

—Te traje la cena —murmuró Jungkook, sin mirarlo—. Y el regalo… está en la bolsita.

—¿Te vas? —preguntó Jimin.

—Debo trabajar mañana. Es mi deber. Si el bebé es mío… debo velar por él.

Cuando la puerta se cerró, Jimin abrió la bolsita. Dentro, diminuto y rosado, dormía un conjunto de algodón nuevo. Lo apretó contra su pecho. Por primera vez en mucho tiempo, no sintió miedo. Sintió algo tibio que no era amor, pero se le parecía.

𝗹𝗮 𝗰𝗶𝘁𝗮 Donde viven las historias. Descúbrelo ahora