LA RUTINA DE FINGIR

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Nadie supo a qué hora exacta Jungkook abandonó su casa aquella noche, ni si llevaba consigo alguna certeza. Partió como quien huye del incendio o regresa, por voluntad propia, al centro mismo de la hoguera. El viento cálido de Seúl -ese que solo sopla en noches destinadas al desastre- le rozaba la piel como un susurro antiguo, cargado de memorias que preferían permanecer dormidas.

Caminaba sin rumbo visible, aunque su corazón, desobediente desde hacía años, lo guiaba con la fidelidad torpe de un perro viejo que aún recuerda el camino hacia la tumba de su amo.

Pensaba en Jimin como se piensa en los fantasmas: con miedo, con deseo, con una culpa que no busca absolución. El tiempo no había borrado su imagen ni la forma en que aquellos ojos -demasiado grandes para mentir- solían mirarlo como si el mundo entero cupiera en su pecho. Y, aun así, allí estaba Jungkook, volviendo a él, atraído como el polvo a los libros olvidados.
Se detuvo frente a una pastelería bañada en una luz tibia, casi uterina. El aroma a fresas lo atravesó como una profecía cruel. Entró sin pensarlo. Pidió un pastel pequeño, adornado con frutas, no como un antojo sino como una ofrenda. No sabía si a Jimin aún le gustaban las fresas. Le gustaron una vez, y eso bastaba.

Pensó, fugazmente, si el niño -si es que era suyo- las detestaría tanto como él. La duda se transformó en otra, más feroz: ¿y si no lo era?

Nadie puede amar sin haber perdonado antes. Jungkook lo sabía. Había perdonado a Jimin por lo que no fue, por lo que jamás sería. Lo amó cuando llegó a su vida como un obsequio envenenado, envuelto en deudas ajenas y promesas rotas. Lo amó incluso después, cuando huyó sin llevarse nada más que el temblor en las manos.
De regreso en el auto, el pastel descansaba en el asiento como un símbolo demasiado frágil para ese mundo. Más adelante, una tienda diminuta parecía resguardada por la luna misma. En la vitrina, un conjunto de bebé color rosa -delicado hasta lo insoportable- parecía tejido con nostalgia pura. Lo compró sin saber a quién se lo ofrecía. Hay esperanzas que no necesitan destinatario para existir.

El contraste fue brutal al llegar: su Mercedes negro, impecable y ajeno, frente a un barrio marcado por la pobreza como por una sentencia heredada. Se cubrió el rostro. Le dolía estar allí. Le dolía más no poder estar en otro lugar.

Dudó. Apretó la bolsa contra el pecho, y la suavidad de la tela se volvió un reproche mudo. Apoyó la frente en el volante, respirando hondo, como si el aire se negara a pertenecerle. Huida o enfrentamiento. Silencio o verdad. Se dio valor con el cansancio de quien ya ha perdido demasiado.

Fue entonces cuando lo vio.
A través del cristal, la risa de Jimin llegó hasta él como una blasfemia hermosa. Esa risa había sido suya alguna vez. Ahora iluminaba la vereda de enfrente. El rubio miraba al hombre frente a él con una devoción desnuda, doméstica, dolorosa. Una intimidad que Jungkook reconoció sin comprenderla, como se reconoce una herida antigua. La rabia hizo el resto. Cruzó la calle sin pensar, empujado por una urgencia ciega, justo a tiempo para oír la frase que lo partió en dos:

-Por ti y por este pequeño iría al fin del mundo.

La ternura en aquella voz le supo a veneno.
La escena era tan íntima que ofendía. Un carraspeo lo anunció como una tormenta contenida.

-Veo que estás ocupado -dijo Jungkook, con la calma helada de quien sangra en silencio.

Jimin se giró. La sorpresa vació sus ojos. Parpadeó. Bajó la mirada.

-No... él ya se iba -murmuró, y su voz sonó como agua sucia bajo un zapato.

-¿No nos presentas? -preguntó Jungkook. Cada palabra, una hoja afilada envuelta en terciopelo.

El desconocido extendió la mano, pero Jimin habló antes.

-Es mi ex esposo.

El título cayó con el peso de una sentencia pública. Jungkook sintió cómo algo se le arrancaba del pecho: orgullo, derecho, pasado.

-Seo Changbin -dijo el hombre, estrechando su mano-. Un amigo.

Jungkook observó cómo aquel brazo rodeaba la cintura de Jimin con una naturalidad que no pide permiso. El gesto fue breve. Bastó. Jimin no se apartó.
-Te veo mañana, Minni.

Cuando Changbin se fue, el silencio quedó suspendido entre ellos como en una iglesia abandonada.

-¿Qué haces aquí? -preguntó Jimin, cruzándose de brazos, endurecido por el miedo.

-Quería hablar contigo.

Las palabras sonaron como cadenas.
Jimin no respondió. Apenas respiraba. La náusea lo tomó sin aviso. Su cuerpo cedió. Jungkook lo sostuvo al instante, y en un reflejo antiguo lo alzó, como aquella vez primera, cuando lo llevó hacia el altar creyendo que el amor era suficiente.

Jimin se dejó llevar. No porque confiara, sino porque el cuerpo recuerda antes de preguntar.

Apoyó la cabeza en su pecho, buscó sin pensar el latido que conocía, y sus dedos se cerraron alrededor del brazo firme como quien se aferra a una baranda en mitad de la noche.

Jungkook olía igual. O tal vez no. Pero Jimin respiró hondo, como si ese aroma tuviera derecho a existir.

En la cama, el silencio cayó pesado, impropio. No era un reencuentro; se parecía más a esas vigilias donde nadie se atreve a nombrar lo que ya se perdió. Jimin miraba al techo. Jungkook no decía nada.

El cuerpo, sin embargo, habló por ellos.
Jungkook lo acomodó con un cuidado que rozaba la devoción. Jimin se tensó al principio... y luego no. Se acercó un poco más. Apenas. Lo suficiente para que sus respiraciones comenzaran a confundirse, para que el pecho de uno encontrara el del otro, para que la cercanía dejara de ser inocente.

El corazón de Jungkook golpeaba demasiado fuerte. El de Jimin no se apartó. Sus manos apretaron la tela, no pidiendo, no negando.
Durante un instante -solo uno- todo pareció posible.

Entonces Jungkook volvió a sí.
Aflojó el agarre con lentitud, como quien retira la mano del fuego después de haber sentido el calor demasiado tarde. Se apartó un paso. Luego otro.

Jimin no lo detuvo.

Y en ese gesto -o en su ausencia- quedó dicho todo lo que ninguno se atrevió a pronunciar.

-¿Has comido? -preguntó al fin, con una voz más rota que firme.
Jimin no respondió.

-¿Has estado controlando el embarazo?
-Este mes... no he tenido suficiente dinero -confesó. La vergüenza le partió la voz en dos.

Jungkook se cubrió el rostro, como si pudiera arrancarse la culpa con las uñas. Tomó el teléfono y salió de la habitación sin decir nada.
Jimin no lo detuvo.

Se quedó mirando su vientre, ese pequeño territorio donde aún no había mentiras.

-Estaremos bien -le susurró a su hijo, como si la frase pudiera aprenderse antes de nacer.

La habitación olía a crema de fresas. El pastel seguía en su caja, intacto, como una promesa demasiado frágil para ser tocada.
Aún no sabían si a ese niño le gustarían las frutas.
Pero a su madre le encantaban las esperanzas.

𝗹𝗮 𝗰𝗶𝘁𝗮 Donde viven las historias. Descúbrelo ahora