El regreso a la mansión fue distinto. Ya no había ese silencio gélido de la mañana, sino una quietud expectante. Al bajar del auto, Jimin lo hizo con una ligereza que Jungkook no le veía desde hacía años. No cargaba bolsas de diseñador, no llevaba zapatos de miles de dólares, ni siquiera el vestido de encaje que tanto le había gustado. Sus manos estaban vacías, pero sus hombros ya no cargaban el peso del mundo.
Jungkook se quedó junto al auto, negando con la cabeza mientras veía a su esposo caminar hacia la entrada. Le resultaba incomprensible: Jimin no había comprado nada, se había negado a gastar un solo won de la fortuna Jeon, y aun así, irradiaba una satisfacción que ninguna joya le había dado jamás.
Antes de entrar, Jungkook se detuvo a hacer un par de llamadas de negocios, pero sus ojos no se apartaron de la puerta. Vio a Taehyung salir al encuentro de Jimin; vio el abrazo efusivo, casi protector, y cómo ambos desaparecían en el interior de la casa entre risas bajas.
Jungkook entró a la casa con pasos lentos, pero esta vez no subió las escaleras. El sonido de la actividad en la cocina, un tintineo de ollas y risas que no encajaba con la solemnidad de la mansión, lo atrajo como un imán. Al llegar al umbral, se detuvo.
Jimin estaba allí, moviéndose con una agitación casi febril. Estaba alistando cosas para la cena, pero su cuerpo no seguía el ritmo de la rutina, sino el de su propia emoción. Sus manos, antes lánguidas, ahora se movían veloces, aunque algo torpes; tropezaba con el borde de la isla de granito, soltaba una risita y seguía hablando sin aliento. Taehyung lo observaba sentado en una banqueta, fascinado, como quien mira un milagro ocurrir en tiempo real.
—¡Y las telas, Tae! —exclamó Jimin, girando sobre sus talones con un paño en la mano, sus ojos brillando con una intensidad que Jungkook no recordaba haber visto jamás—. Eran tan suaves que daban miedo. Pero ese vestido... no necesitaba ser de seda francesa para ser perfecto. Podría hacerlo yo, ¿entiendes? Comprar el algodón más puro, sentir la aguja... Quiero que lo primero que toque su piel sea algo que yo haya tocado mil veces antes.
Jungkook dio un paso hacia la luz de la cocina, y por primera vez, Jimin no se tensó al verlo. Lo integró en el espacio con una mirada rápida pero acogedora, una invitación silenciosa que dejó a Jungkook sin aire.
—Jungkook, dile —pidió Jimin, deteniéndose un segundo, con las mejillas encendidas por el calor de la estufa y la emoción—. Dile cómo sonaba. No era solo un latido, ¿verdad? Era como... como un galope. Un aviso.
Jungkook tragó saliva, sintiendo que por primera vez en diez años, estaba frente al verdadero Jimin. No el heredero, no el esposo por contrato, sino alguien que habitaba su propia piel con el anhelo de quien ha descubierto un tesoro que el dinero no puede comprar.
—Era —confirmó Jungkook, con la voz un poco ronca—. Un galope firme.
Jimin asintió frenéticamente, volviendo a su vaivén en la cocina.
—Tengo que comer más. Jin dijo que estoy mejor, pero necesito que esté más fuerte. Necesito... —Jimin se detuvo de golpe, con un cuchillo en una mano y un tomate en la otra. Suspiró, un sonido largo que pareció vaciarlo de toda esa energía frenética. Por un segundo, sus ojos recorrieron la cocina inmensa, los electrodomésticos de lujo, la figura imponente de Jungkook y la complicidad de Taehyung.
Cayó en la cuenta. En esa mansión no le faltaba nada material, pero él estaba hablando de comprar telas baratas y coser a mano, como si estuviera planeando una vida en un lugar donde los recursos fueran escasos y el amor fuera lo único abundante. Se dio cuenta de que, por un momento, había olvidado que era un Jeon por obligación.
Taehyung y Jungkook se miraron por encima de la cabeza de Jimin. Fue un segundo de silenciosa tregua. Ambos veían lo mismo: un hombre que finalmente soñaba, pero que todavía tenía miedo de despertar en la casa equivocada.
—Minnie —susurró Taehyung rompiendo el trance—. No te faltara nada.
Jimin soltó el aire, bajando la mirada hacia su vientre, y luego hacia Jungkook. La sonrisa tierna que había tenido en el showroom volvió a asomarse, pero esta vez estaba cargada de una melancolía dulce.
—Lo sé —murmuró Jimin—. Solo que... por primera vez, quiero que lo que tengamos sea porque lo elegimos, no porque otro quiera que mi bebe lo tenga .
Jungkook sintió que el sobre de la ecografía en su mano pesaba más que todo su patrimonio. Jimin estaba allí por elección de su corazón hacia el bebé, y eso, para Jungkook, era la derrota más hermosa que había sufrido jamás.
Después de la cena, el ambiente en la casa conservó esa calidez inusual. Jimin y Taehyung, ignorando a los empleados, se quedaron en la cocina limpiando. Había algo terapéutico en el sonido del agua y el roce de los platos, una normalidad doméstica que Jimin saboreaba como si fuera un lujo prohibido.
—Ve a descansar, Minnie —le dijo Taehyung, quitándole suavemente el paño de las manos—. Estás agotado y el pequeño galope también necesita dormir. Yo terminaré aquí.
Jimin asintió con una sonrisa cansada y caminó por el pasillo en penumbra hacia las escaleras. Al pasar cerca del despacho, la puerta se abrió. Jungkook salió de la habitación, todavía con la camisa del traje pero sin la corbata, con el rostro marcado por el cansancio de una jornada que parecía no terminar nunca.
Ambos se detuvieron. El pasillo, ancho y silencioso, se sintió de repente demasiado estrecho.
—Jimin, yo quería… —comenzó Jungkook, dando un paso hacia él. Su voz era baja, despojada de autoridad.
—¿Sí? —susurró Jimin, observándolo con una atención que quemaba.
Jungkook lo miró. Sus ojos recorrieron el rostro de Jimin, deteniéndose en ese brillo suave que todavía le quedaba después de la cena. Parecía buscar palabras que no encontraban forma, algo que no encajaba en ese espacio ni en ese momento.
Se observaron más de lo que la cortesía permitía. El aire vibraba con todo lo que no se atrevían a nombrar.
—Jimin… —volvió a intentar Jungkook, y luego exhaló lentamente—. Mañana podrías ir a tu trabajo. Salir un poco. Creo que te haría bien.
Jimin ladeó la cabeza, confundido. No era eso lo que esperaba escuchar, pero tampoco retrocedió.
—Está bien —respondió con suavidad—. Mañana iré.
Jungkook asintió, rígido, como si esa respuesta cerrara algo que no supo cómo abrir. Dio media vuelta y se perdió en su alcoba sin añadir nada más.
Jimin permaneció unos segundos en el pasillo, mirando la puerta cerrada. Había algo suspendido entre ellos, una frase inconclusa que no encontró lugar donde caer.
Entró a su habitación con cuidado. Al sentarse en la cama, sintió un movimiento leve, una agitación pequeña y rítmica bajo su piel. El bebé comenzaba a danzar en su vientre, ajeno a las palabras no dichas.
Jimin apoyó una mano sobre su abdomen y cerró los ojos.
Por hoy, la tregua era suficiente.
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𝗹𝗮 𝗰𝗶𝘁𝗮
FanfictionSinopsis - La Cita Un matrimonio arreglado. Un esposo que ama. Otro que engaña porque quiere. Jungkook está enamorado de Jimin, incluso cuando sabe que no lo eligen. Jimin nunca prometió fidelidad... solo obediencia. Cartas anónimas, encuentros secr...
