la deuda del silencio

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Jungkook condujo de regreso a la mansión en un silencio absoluto, ignorando las llamadas que parpadeaban en la pantalla del auto. Las palabras de Namjoon se habían instalado en su garganta como un nudo de vidrio: «Recuerda qué cara tenía cuando dijo "sí"».

Al llegar, la casa no lo recibió con el caos que él esperaba. No había rastros de la indignación de Jimin, ni maletas en la puerta, ni el silencio gélido del desprecio.
Caminó directamente hacia su alcoba. Al abrir la puerta, se detuvo en seco. La habitación estaba impecable, bañada por la luz de la luna que entraba por el ventanal. La cama estaba tendida con una perfección quirúrgica, pero había un detalle: la prenda de encaje negro que él había dejado como una trampa no había sido escondida ni tirada al incinerador.

Jimin la había dejado doblada con un cuidado insultante sobre la almohada de Jungkook. Era un mensaje mudo: «Sé lo que intentas hacer, y no me rebajaré a tu juego».
Jungkook sintió un escalofrío de furia y admiración. Se dirigió al vestidor y vio los trajes colgados, perfectamente planchados, desprendiendo un ligero aroma a vapor y a ese perfume cítrico que siempre acompañaba a Jimin. Se acercó a una de las chaquetas y, casi sin darse cuenta, hundió el rostro en la tela.

Buscaba el rastro de la traición, pero solo encontró el rastro de la permanencia.
Salió de la alcoba y caminó hacia el cuarto de Jimin. La puerta estaba entreabierta. Jungkook no entró; se quedó en la penumbra del pasillo, observando. Jimin estaba sentado en el borde de la cama, de espaldas, con la luz de una pequeña lámpara de noche iluminando la curva de su nuca. Tenía un libro entre las manos, pero no leía. Simplemente miraba hacia la ventana.
En ese momento, Jimin se pasó una mano por el cabello con un gesto de cansancio infinito, un gesto que Jungkook reconoció como el mismo que hacía aquel chico de dieciocho años cuando se sentía acorralado
.
Jungkook se dio cuenta de que Namjoon tenía razón: llevaba diez años mirando a Jimin, pero solo lo había estado viendo a través del cristal de sus propios prejuicios.
Dio media vuelta antes de ser descubierto, regresando a su despacho privado. Necesitaba beber. Necesitaba olvidar que, por un segundo, mientras observaba a Jimin en la soledad de su cuarto, no había sentido deseos de castigarlo, sino una urgencia aterradora de entrar, arrodillarse frente a él y preguntarle, después de una década de sombras: «¿Por qué aceptaste casarte conmigo?».

Jimin no necesitó mirar para saber que él estaba ahí. Sintió la alteración en la corriente de aire, el peso de una mirada que conocía tan bien como su propio pulso. Vio la sombra larga de Jungkook proyectarse por un segundo sobre la madera del suelo y luego, con un roce casi imperceptible de tela, alejarse hacia la oscuridad del pasillo.
No lo llamó.

Simplemente cerró los ojos y se deslizó entre las sábanas. Aquello que lo acompañaba desde la mañana no era un celo vulgar ni una herida romántica; era algo más antiguo, más incómodo: el recordatorio de que, incluso después de diez años, su lugar en esa casa seguía sintiéndose como una posesión. Se acomodó de lado, abrazando su vientre, y dejó que el cansancio lo arrastrara.
Soñó con blanco.

Un blanco excesivo, cegador. Telas rígidas rozándole la piel, demasiado apretadas en el cuello. El aire era espeso, como si faltara oxígeno. Había ruido, pero llegaba amortiguado, distante, como si estuviera bajo el agua: voces, un murmullo continuo, un aplauso que no lograba distinguir.
Sintió unas manos sujetándolo. Firmes. No recordaba cuándo lo habían tocado, ni desde dónde. Solo supo que no podía retroceder.
Alguien pronunció su nombre.

—Jimin.

El sonido le atravesó el pecho. Quiso responder, pero lo único que salió de su boca fue una palabra breve, seca, irreversible.

—Sí.

No hubo alivio después. Solo una sensación de cierre, como una puerta pesada encajando detrás de él. Frío en el estómago. Vértigo. La certeza muda de que algo acababa de ocurrir y de que ya no habría marcha atrás, aunque no supiera exactamente qué había entregado.

Se despertó con la respiración agitada, la mano aún apoyada sobre su vientre. La habitación estaba en silencio. Ningún blanco, ninguna voz. Solo la noche acomodándose de nuevo a su alrededor.
Jimin cerró los ojos un instante más, dejando que esa sensación persistente —esa incomodidad sin nombre— se asentara bajo su piel.

No era amor. No era culpa. Era memoria.

Jimin despertó con la sensación de la seda fría del sueño todavía en los dedos. Se vistió con lentitud, eligiendo prendas de tonos suaves que resaltaran su palidez.
Al bajar, la mansión respiraba una quietud inusual. En el comedor, Jungkook ya estaba sentado. No había rastros de la furia de la noche anterior. El desayuno estaba servido y el aroma a café recién hecho llenaba el aire.
Sin pedir permiso y sin bajar la mirada, Jimin caminó con esa elegancia innata que siempre había desarmado a su esposo y ocupó su antiguo lugar en la mesa, frente a él.

Jungkook bajó el periódico. Sus ojos recorrieron a Jimin, deteniéndose en el ligero abultamiento de su vientre antes de subir a sus ojos. Por primera vez en mucho tiempo, Jungkook abandonó la máscara de indiferencia. Dejó el cubierto a un lado y lo observó con una intensidad que ya no buscaba herir, sino descifrar.

—Tenemos la cita con Jin a las diez —dijo Jungkook. Su voz era baja, despojada de su habitual filo—. Es el control de rutina.

—Lo sé —respondió Jimin, tomando una fruta con movimientos pausados—. Estoy listo.

El silencio que siguió fue extraño, casi pacífico. Era la primera vez que compartían la mesa sin que las palabras fueran armas.

—Has hecho un buen trabajo con la alcoba —soltó Jungkook de repente.
Jimin alzó una ceja. No era el agradecimiento de un amo a un sirviente, sino el reconocimiento de un hombre que sabe que el otro conoce todos sus secretos, hasta el orden de sus camisas.

—Sé cómo te gustan las cosas, Jungkook —replicó Jimin con una media sonrisa amarga—. Después de diez años, sería un insulto que no fuera así.

Se miraron fijamente. Jungkook recordó las palabras de Namjoon: ¿Qué cara tenía cuando dijo "sí"?. Al ver a Jimin allí sentado, reclamando su lugar con la dignidad intacta, Jungkook empezó a preguntarse si todos sus cuidados de una década habían sido percibidos solo como la cuenta de cobro de una deuda que Jimin nunca terminó de pagar.

—El auto está esperando —concluyó Jungkook, levantándose.

Salieron de la casa juntos. El trayecto hacia el consultorio de Jin prometía ser un espacio cerrado donde, por fin, la proximidad del hijo que esperaban los obligaría a enfrentar que el contrato que los unió hace diez años estaba a punto de transformarse en algo que ninguno de los dos sabía cómo manejar.

Jungkook abrió la puerta del acompañante y oark ladeó la cabeza asintió en automático y subió luego de sentir el clik observo como el moreno trotaba hasta la otra apuesta y suspiro

-eh soñado contigo-sonto apenas el otro abrochó su cinturón

—¿Ah sí? —la voz de Jungkook fue un susurro ronco—. Espero que no haya sido una pesadilla.

Jimin le sostuvo la mirada, con una sonrisa pequeña y carente de alegría.

—Fue nuestra boda, Jungkook. Tú dime qué fue.

𝗹𝗮 𝗰𝗶𝘁𝗮 Donde viven las historias. Descúbrelo ahora