27 de Diciembre de 1985.
Culminaban meses intensos. Las olas siguieron a la luna mejorando el ritmo, sincronizando sus propias fuerzas internas gracias a la influencia lejana en el cielo. Hablamos del dragón Índigo que nadaba a baja profundidad, bajo el consejo de la polilla que, con su brillo, lo guiaba con su revoloteo, convirtiendo el perseguirse en un juego.
¿Veloz? ¿Extremo? En absoluto; por mucho que quisiera, la polilla no superaba los sesenta kilómetros por hora ni podía ir demasiado alto sin ayuda de la luna. Por su parte, el dragón que poco conocía el océano le era un estrecho rival, surcando las aguas a poca profundidad para sacar la cabeza y respirar, serpenteando con su torso y cola de la mejor manera que su cuerpo adaptado al vuelo le concedía, sintiendo las alas como un estorbo, las apegaba al cuerpo.
Índigo hubiera vuelto a quejarse de no poseer una aleta dorsal, branquias, o siquiera la habilidad de hundirse más allá de lo que su peso permitía. Nostálgico, por las tardes relataba a sus nuevos amigos cómo su pequeño cachorro, el "dragón salchicha", nadaba ágil y fugaz como un pez vela, razón por la que se le concedió un gran y profundo estanque en el castillo. El padre sonreía, al fin, ya sin lamentar nada de eso. Podía permitirse ser feliz imaginando a la magnífica criatura marina en la que Vante se había convertido. Lo extrañaba, añoraba verlo surcar los mares, alzar olas monstruosas, aún así, por el momento se contentaba sabiendo que era libre y, sin perder la esperanza, tomaba las amables palabras de Gin Ga;
Vante lo perdonaría un día y, muy probablemente, con los meses que llevaban separados también lo extrañaba.
—¡Ya! Ya ¡No más! —advirtió Gin exhausto, aferrándose al pequeño bote que no paraba de tambalearse.
Anochecía, las luces del hotel se encendían lejanas en la playa mientras los reyes se divertían mar adentro, jugando entre olas tranquilas y brisa tibia. El cielo perdía el naranja dejando pintándose de púrpura salpicado de estrellas. La luna llena en lo más alto del cielo traía a Gin de perfecto buen humor, como siempre, la verdad, pero tras horas de persecución con el dragón y notar cuánto se habían alejado de la costa, consideraba prudente regresar a descansar y comer algo de sushi.
El dragón azul oscuro se confundía contra el fondo marino cuando, en un pestañeo, Gin lo perdió de vista. Pronto escuchó el chapoteo a su espalda; tras volver a su forma humana, Índigo subía al bote.
—Qué flojo eres —resopló el dragón señalando la luna con obviedad— ¿No tienes más energía en luna llena?
—Sí, pero la estoy guardando para las damas —presumió palpando sus brazos y mentón, enseñando el brillo perlado de su piel bajo la luna—. Esta noche seré el alma de la fiesta, así que no se te ocurra pasearte sin camisa ¡Qué me robas el protagonismo!
—Como diga su Alteza Lunar —rió rodando los ojos—. Bien, entonces aguántame un intento —señaló hacia abajo, refiriéndose a sumergirse.
—¡Agh! ¿Sigues con eso?
—Es un desafío personal —objetó de brazos cruzados—. La última luna llena pasé los cien metros ¿No eres tú quien dice que el mar y la luna están relacionados?
—Lo dice el universo, genio —señaló a su alrededor con obviedad— ¿¡Qué crees que son las mareas!?
—¡Como sea! No tardaré, sólo quédate aquí y brilla un poco para saber que no me estoy alejando ¿OK?
—¿Dagonshitu bebé teme mar pofundo? —remedó con voz ridícula, riendo al ver la mala cara del dragón quien, sin dar mayor atención a sus chistes, saltó de regreso al agua.
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New Wonderland
FantasyVante, el príncipe dragón, quiere conocer el mundo ¿Su impedimento? El Rey Índigo, su padre. Un conejo negro fue contratado para cuidar del príncipe, uno que se convierte en vampiro y bebe la sangre de su protegido por las noches ¿No era aquella la...