7. Un mal presentimiento.

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¿Alguna vez han sentido ese tipo de mal presentimiento que te revuelve el estómago? No un simple mal augurio

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¿Alguna vez han sentido ese tipo de mal presentimiento que te revuelve el estómago? No un simple mal augurio... no. Hablo de esa certeza aplastante de que algo está realmente mal. Esa sensación me está devorando ahora.

Y no es solo miedo, es confusión, es una pregunta imposible de ignorar:
¿Cómo demonios puedo estar viva en este futuro... si ya estoy muerta en el presente que conozco?

La vida nunca ha sido justa conmigo. Primero perdí a mi abuelo, y ahora estoy atrapada en un tiempo que no me pertenece, acompañada por una chica increíblemente terca que apenas y confía en mí. Si hubiera sabido que esto iba a pasar, habría traído algo más que mi cara de susto: mi celular, un poco de dinero, algo. Pero claro, todo quedó en el mueble antes de que... pasara esto, sea lo que sea.

Y ahora no tengo nada.

Nada excepto el reloj.
Ese viejo reloj que me dio mi abuelo.
Y estoy convencida —más que nunca— de que eso fue lo que me trajo hasta aquí.

Mis pensamientos se hacen trizas cuando veo a Riley regresar. Su expresión lo dice todo: derrota.

—¿Y? ¿Supiste algo? —pregunto, fingiendo calma, aunque ya conozco la respuesta.

—Nada. Ni una pista.

Apreté los labios con fuerza, sintiendo la frustración burbujear en el pecho.

—Creí que sería más fácil —murmuré, cerrando los ojos con cansancio—. Pero claro, ¿cuándo ha sido fácil?

Ella no respondió. Me quedé hablando sola.

—Todavía me queda la otra mitad de mi familia… paterna, materna, lo que sea...

Pero las palabras se me atragantaron. Toda la rabia, la impotencia, me explotó de golpe en el pecho.

—¡AARGH! ¿Qué hice yo para que el mundo se pusiera en mi contra? ¡Quiero salir de aquí!

Sentí una mano en mi hombro. Me giré. Era Riley. Su toque era firme, pero su mirada… tenía compasión. Por primera vez.

Y entonces lo dijo:

—Está bien, Emma. Te voy a ayudar a encontrar una salida.

Me quedé en blanco. ¿Emma? ¿Acababa de llamarme por mi nombre?

—¿Y ahora qué te pasa? —le solté, entre desconcertada y a la defensiva—. ¿Desde cuándo me llamas así?

—Pues… si tanto insistes en que eres Emma Honley, lo lógico es que te llame por tu nombre, ¿no?

—¿Emma Honley? —repetí, sintiendo que algo no encajaba—. Es raro que lo digas así, después de todo lo que hiciste por negarlo. Es… inesperado.

Nos miramos en silencio, como dos piezas que no encajan, pero aún así están forzadas a estar juntas. Rompí el momento, aclarando la garganta.

—De parte de mi familia materna solo queda mi tío James y mi prima Emma. Tal vez ella sepa algo.

Riley asintió y llamó un auto. Le di la dirección. Nos dirigimos a la casa de Emma Davies, la prima que mi madre siempre describía como si fuera la hija perfecta que nunca tuvo.

La casa era... demasiado perfecta. Acogedora, elegante, llena de detalles cuidados. Riley y yo no dijimos nada, pero ambas la admiramos en silencio. Era inevitable compararla con la decepción que fue visitar a mi tía Rebecca. Esto… esto parecía otro mundo.

Riley tocó el timbre. Nos abrió Emma: rubia, ojos azules, y con una bebé en brazos. Me quedé en segundo plano, observando. Ellas hablaron un rato, Emma la invitó a pasar, y yo me quedé fuera.

El aburrimiento llegó rápido, así que me puse a mirar el reloj. Ese objeto tan simple y a la vez tan extraño. ¿Por qué me lo dio mi abuelo con tanto esmero? ¿Sabía que esto iba a pasar? ¿Fue parte de su plan?

Un husky apareció corriendo y se acercó a mí. Me agaché para acariciarlo, dejando escapar una risa baja, amarga.

—¿Sabes, amigo? Todo esto parece un mal sueño. Tal vez estoy en coma… sería horrible, pero mejor que este enredo.

El perro ladeó la cabeza como si realmente me entendiera. Y, por primera vez en días, me sentí escuchada.

Riley finalmente salió de la casa. Su rostro… era distinto. Relajado, casi aliviado.

—¿No fue tiempo perdido… verdad? —pregunté, con un poco de esperanza.

—Pues... Emma me contó que los Laine se mudaron a una zona de clase alta y que están bien. Ah, y me dio unas galletas —agregó, rascándose la nuca.

Rodé los ojos con fuerza.

—Dios, eso ya lo sabía… Me rindo —suspiré, dejando caer los brazos—. ¡¿Qué más quieres de mí, mundo?!

—Hon, cálmate. Mira… ¿por qué no dejas de fingir? Ya nadie cree esa historia de que eres Emma Honley. Todos dicen lo mismo: Emma murió. No puedes seguir aquí.

Y ahí se rompió algo en mí.

—¡¿Y tú crees que si pudiera elegir, elegiría ser yo?! ¡¿A alguien con esta suerte de porquería?! —bajé la voz, cansada—. Da igual. Déjalo. Ya no me importa.

Silencio. Y entonces, una mano en mi hombro.

Otra vez.

Riley me dio unas suaves palmadas. Y lo que dijo después me tomó completamente desprevenida:

—No. Yo quiero estar contigo en esto.

La miré, con el corazón palpitando a mil. ¿Qué le pasaba? ¿Qué había cambiado? ¿Acaso había algo en mi historia que, al fin, había tocado su corazón?

No lo sabía.
Pero, por primera vez… sentí que tal vez no estaba tan sola en este viaje absurdo.

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