«¿Y si tu destino ya está escrito, pero tienes la oportunidad de reescribirlo a través del amor?»
⏱️⏱️⏱️
Emma Honley ha visto su vida últimamente desmoronarse y todo empeora tras la muerte de su abuelo, la única persona q...
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
La tranquilidad de los lugares silenciosos es algo que necesito sí o sí, me encanta encontrar mi espacio de paz. Pero no todo el mundo es así. Por ejemplo, Riley Gander.
Ella fue quien me rogó que saliéramos a cualquier lugar, y cuando le dije que fuéramos a un Starbucks, su emoción desapareció. Creo que esperaba algo más divertido, como una fiesta o algo así. Pero yo no soy de esas personas que disfrutan la vida nocturna. Prefiero relajarme en un lugar tranquilo.
Ya en el Starbucks, pedí un capuchino y ella un frappé. Nos sentamos en una mesa al fondo, y mientras tomaba mi café, sentí su mirada intensa sobre mí. Alcé las cejas, confundida.
—¿Qué pasa? —pregunté.
—¿No podíamos haber ido a otro lugar? —dijo, obviamente molesta.
Negué con la cabeza, bebiendo otro sorbo.
—Si hubiera sabido que elegirias esto, habría elegido otro lugar. Aunque... ni conozco esta ciudad —se quejó.
—Tú me rogaste, Gander. Si prefieres, podemos regresar a tu casa —le ofrecí.
Ella negó, apoyando los codos en la mesa.
—Qué aburrido —bufó—. Mejor vámonos.
—Ok —respondí, dando el último trago a mi café.
Nos fuimos caminando. Yo estaba segura de que Riley no quería volver a su casa. Podía sentir su incomodidad, pero yo sí quería quedarme en el Starbucks, así que aproveché la situación.
Después de unos minutos en silencio, hablé.
—¿Sabes? Lo peor de estar aquí es que no traje nada. Ni mi teléfono, ni dinero, ni ropa. No puedo cambiarme, ni ver mi cel, ni comprar nada.
—¿Sabes? —repitió imitándome— Lo peor es que tendré que ayudarte con todo eso.
Chasqueé la lengua, esperando que estuviera bromeando.
—Tú sabías en lo que te metías. Eso te pasa por querer jugar a la heroína —le dije con sarcasmo.
—Ah, si quieres me voy y te dejo sola. Solo estoy aquí para que no te quedes desamparada —dijo, caminando más rápido. La tomé del brazo.