17. Culpa.

14 1 0
                                        

¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.

Han pasado varios días y Riley sigue actuando igual: distante, fría, como si evitara cruzarse conmigo a propósito

¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.

Han pasado varios días y Riley sigue actuando igual: distante, fría, como si evitara cruzarse conmigo a propósito. No es solo su silencio... es la manera en que se aleja, como si no quisiera tenerme cerca.
Me he preguntado una y otra vez si hice algo mal, algo que justifique este cambio tan repentino.

Will, en cambio, ha sido un encanto. Y aunque trato de no pensarlo demasiado, cada día estoy más segura: le gusto. Pero qué ironía… estoy atrapada en un futuro que no es mío, uno donde nada de esto debería estar pasando.

Pero volvamos a Riley. He intentado hablar con ella, acercarme, entenderla... y siempre me topo con una pared. Una que duele. Porque me hace sentir culpable, como si fuera yo quien la está empujando lejos.

En el desayuno, mientras sus hermanos bromean, ella apenas toca la comida. Está ahí, pero no está. Y aunque no quiero presionarla, me duele verla así.
—Riley… —digo, intentando encontrar sus ojos. Finalmente lo hace. —¿Podemos hablar?

Asiente sin ganas y se pone de pie. La sigo hasta la sala. Respiro hondo, intentando no sonar demasiado desesperada.
—Riley… ¿estás bien?

—¿No te cansas de preguntar siempre lo mismo? —su respuesta es como una bofetada. Fría. Fuerte.

—¿Por qué estás actuando así? —respondo sin poder evitar que mi voz se quiebre un poco—. Solo me preocupo por ti. Si eso te molesta, entonces… ¡perdón por preocuparme!

Sus ojos se abren, sorprendida. Pero su reacción no es de culpa. Es enojo.
—¡Mierda, Hon! ¡No es eso! ¡Simplemente no puedo con tantas cosas a la vez!

—¿Y qué culpa tengo yo para que me trates así? ¡Te he dicho mil veces que puedes contar conmigo!

Se gira, dándome la espalda. Y eso me parte.

—¿Sabes qué? Si vas a seguir así, hazlo. Me da igual. Yo solo quería ayudarte. Pero parece que eso ya no importa.

El silencio que sigue no es solo incómodo, es desgarrador. Me mira un segundo, como si estuviera a punto de decir algo… pero nada. Vuelve a bajar la mirada. Y otra vez ese maldito silencio.

CronoamorDonde viven las historias. Descúbrelo ahora