Los chicos estaban fascinados, entretenidos por cada palabra, expresión y gesto que el guía les daba. La historia resultaba más divertida en voz de aquel voluntario del Museo Arqueológico Nacional de Madrid. David, a comparación del resto de guías, tenía predilección por los grupos de colegios que iban con indiferencia y que luego de pasar por ellos terminaban llenos de curiosidad por todo lo que había dicho. No era otro adulto aburrido, tenía la juventud exacta para todavía pasar por uno de ellos.
No había pregunta que lo dejaba pensando ni que lo pillara por sorpresa, después de todo era un estudiante de Historia del Arte que amaba las piezas antiguas que se exhibían ahí. Sería su segundo año como voluntario de verano y tal vez el que seguía, una plaza fija. Se mostraba solvente desde su metro setenta, con el pelo moreno ondulado y un cuerpo más bien rollizo. Se podía ver en su barba de dos días que aquel vello facial era clave para que se vería medio maduro porque sin ella segur se vería muy infantil.
Aquellas tardes de voluntariado le habían ayudado a mejorar la sonrisa, a mostrarse más resuelto y seguro de si mismo; el movimiento de sus manos, el tono de voz constante y llamativo para no perder la atención de los chicos que le escuchaban en salas llenas de eco.
—¿Esa es Atena?
Todos los chicos se acercaron a mirar la figurilla de aquella diosa rodeada de otros más que tenían partes del cuerpo rota.
—Sí, esa es y a su lado Apolo...
Se sentía orgulloso cada vez que los chicos pillaban curiosidad por seguir sabiendo que había detrás de los vidrios, tanto que casi por tanto ego estuvo no cae en el despiste. No fue un ruido, una risa más alta que la otra, solo fue una estela de un aroma que fascinaba a David lo que lo hizo desviar su atención por un segundo de la explicación que estaba dando hacia una pareja de chicos: uno con una sudadera blanca y el otro con una sudadera negra, ambos con pantalones cortos que miraban los jarrones de la vitrina siguiente.
Sus risas no llamaban la mas mínima atención, lo hacían en silencio, casi en secreto, entre ellos cuando nadie les veía. Le llamó la atención la mirada curiosa del chico de la sudadera blanca y gafas grandes, que seguía los movimientos de la mano del otro chico. Notó su sonrisa grande, su rostro lleno de ilusión y la forma en que se reía le pareció graciosa. Se preguntó quien de los dos era el que olía así de bien.
—Hola...
—¿Estás bien? —insistió un segundo profesor delante de David.
—¿Qué? —volviendo a la realidad, apartando por completo aquel aroma de su mente —. Eh, si... —mirando al grupo de chicos que tenía frente a él y las caras de los profes que le miraban preocupados —, perdonad, es que... ha cambiado la luz y... —notando como sus mejillas ardían sin una razón aparente y ese tartamudeo volvía a aparecer por pensar en lo estúpido que aquella excusa sonaba —... me he despistado un poco, perdonad. ¿Por dónde lo dejamos?
David se rió con el grupo de jóvenes que tenía delante de él y antes de seguir llegó un tercer profesor.
—Tenemos que interrumpir, uno se ha puesto malo...
—Quiero hacer pis... —dijo uno que hizo que otros más secundaran la petición.
—Vale —dijo un profesor —, hagamos una pausa para ir a los servicios...
—Claro, claro —dijo a modo de calmar al preocupado profesor —. Yo iré a revisar algo. No tardo nada.
Miró de reojo al par que estaba haciendo el tonto en frente de las estatuas griegas. Parecían dos críos, mirando fascinados las vasijas de vidrio, los tejidos encontrados hace miles de años. Soltaban risillas y se les miraba más emocionados que el resto de excursiones de colegios con lo que se habían topado. El chico con las manos metidas en la sudadera blanca miraba incrédulo todo a su alrededor mientras su compañero le pedía que posara para una foto; vio como le pidió a un abuelito que les hiciera una foto a los dos delante de las estatuas de sentadas del doble del tamaño de ellos. En un despiste, en el que el chico de blanco se movió peligrosamente a su lado, lo percibió, era él quien olía así, ese aroma que lo volvía loco. Miró a su alrededor, había muchas personas aquella mañana de miércoles entre las que destacaban varios grupos de abuelos guiados por su jefa.
Se irguió un poco para intentar adivinar la estatura del chico de blanco, ese que no paraba de sonreír de mirar a todos lados fascinado y que parecía tener al amigo más gracioso del mundo porque no paraba de hacerle reír. Quiso seguirlos lo más posible pero el grupo de estudiantes había vuelto para seguir con la visita, haciendo que ese chico desapareciera por completo de su vista pero no de su mente. ¿Y si eran pareja? Joder, pues que suerte, ¿no?, reflexionó mientras volvía con las manos en los bolsillos con prisa hasta su grupo donde les animó con una pregunta que hizo que la energía volviera.
Aquel chico lo dejó pensando, David que no era de clase de chicos que se enamoraba en la calle al ver a un chico guapo pero ese chico de la sudadera blanca derrochaba ese aroma que le encantaba y verlo lo hizo pensar en que se conocían y tenían cosas en común, en que también le gustaba a ese chico el pastel de chocolate tanto como para comerlo casi a diario mientras veían una peli... incluso pensó en lo que le podría hacer reír, en lo que lo podría enamorar, hasta que el siguiente grupo apareció, esta vez era un grupo de abuelos que tenían una excursión, incluso, mientras daba los consejos básicos antes de iniciar el recorrido, pensó en cómo llegarían juntos a ser viejos, tanto que esa idea lo puso nervioso el resto del día.
Se sorprendió un poco al mirarse al espejo, luego de dos horas ininterrumpidas de guías, lo mucho que ese chico había provocado en él. Había sido alguien que vio una vez en un día cualquiera de su trabajo. Se miró mientras acomodaba su pelo y pensó en que tal vez ya era hora de ir pensando en el amor. Se recargó en la pared fuera de los servicios, ¿cómo fue que un aroma le hiciera pensar de esa forma? ¿Qué debió de haber hecho? ¿Así se siente el amor? ¿Debió haberle seguido y dicho que olía riquísimo? Tal vez hacerle reír y aventurarse a invitarle a un café o una cerveza o... a sabrá Dios qué. Suspiró profundo antes de llevarse las manos a su rostro, tenía que espabilar.
Miró a su alrededor y sacó su móvil. Se movió a la parte más oscura de la sala de Grecia para abrir Grinder, tal vez tenían un perfil pero fue en vano, la mitad de los perfiles carecían de foto, al igual que el suyo. Mordió sus labios, ¿y si no eran gays? Tan solo amigos. Joder, que puto difícil, pensó, si es que por eso no ponía foto ni trataba de acercarse a nadie, lo menor sería una negativa, lo peor un mamporro por toda la cara. David era inconsciente del miedo en el que se encontraba atrapado, prefería entenderlo como precaución.
—¿Y tú, qué haces? —preguntó curiosa una compañera que pasaba por ahí.
—¿Yo? Nada. Estaba descansando —incorporándose para volver a su pose de resuelto.
—Ya, seguro era eso —dándole un golpe en el hombro para hacerlo perder el equilibrio.
Dio un par de vueltas antes de que terminara su horario y mientras se dirigía a la salida, el mismo aroma lo impulsó a apresurarse hacia las taquillas para ver si lo alcanzaba, pero cuando salió no había nadie, así que volvió dentro para recoger sus cosas.
—/—
—Ah, mira, sí —dijo Víctor mirando el mapa que había cogido en recepción saliendo del museo —, es aquí. La caverna que te conté... Altamira —sacándose las gafas para ver su reloj —, hay que verla pronto, porque Tirso nos espera con Lisandro por Puerta de Alcalá y yo ni idea como coger un taxi en Madrid.
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Amor a contracorriente
General FictionEs el mítico sueño de todo el mundo: un romance de verano. Un romance desatado, lleno de emociones y sentimientos que se vuelven incalculables, que duran toda la vida pero, ¿y si no es un sueño? ¿Y si no es como lo pensabas? ¿Qué haces cuando todo s...
