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Parecía un mundo a parte; no había videojuegos o balones de futbol ni mucho menos figurillas pintadas a mano como tenían sus primos, aquella habitación carecía de personalidad o al menos eso le parecía a su abuelo, quien no lograba ver el discreto snobismo de Lope: repisas llenas de libros, en perfecto orden, un discreto banderín de futbol, parecía más la de un escritor o un músico que el de un aspirante a doctor o un simple adolescente que poco a poco se iba volviendo un adulto joven.

Sobre las ocho menos cuarto de la mañana Lope ya estaba de pie frente al espejo acomodando un poco su pelo y su ropa mientras ignoraba que su abuelo le miraba por un pequeño hueco de la puerta, todavía en pijama; se había detenido de su paseo al váter por ver un poco de luz por el pasillo. Su abuelo pensaba que aquello era a causa del abandono de su padre y la muerte de su madre, pensó que su vida se había amargado un poco, como pasaba antaño con las viudas que enlutaban de por vida y parecía que no volvería a ser felices nunca más. Intentó espabilar cuando le vio darse la vuelta pero fue demasiado tarde.

—¡Abuelo! ¿Lo he despertado?

—Oh no, ya sabes que... después de cierta edad uno ya no duerme —viendo como Lope le miraba a partes iguales de preocupación e incertidumbre, porque ambos sabían que era el que más dormía —, solo... gracias por el obsequio —buscando alguna excusa para estar ahí.

—Encantado.

Lope le sonrió y por un impulso que ignoró hasta el último segundo, tocó el brazo de su abuelo y se detuvo de frotarlo a modo de despedida; incluso un beso era impensable, desde los doce que no le daba beso a nadie, salvo a sus padres. Salió dejado la puerta de su habitación abierta directo a la calle. Giró a la derecha y el aire fresco de la mañana le besó la cara por completo antes de iniciar camino a la plaza mayor, la cual cruzó solo para encontrarse a Víctor sentado en la terraza de un café de ahí, con la mesa llena de fotografías que había pasado la noche entera imprimiendo en su cámara instantánea y las había llevado junto a un álbum de fotografías que había mandado a hacer especialmente con motivo de aquel primer viaje al día siguiente de que se lo había anunciado a Lope. Ponía en letras doradas sobre un fondo rojo: Madrid 2022. Lope estaba encantado, ya había dispuestas un montón de pastas y café, la última vez que hicieron aquel ritual fue durante el viaje de curso a Segovia. En aquella ocasión había sido escuchando a Blas Cantó, ahora Víctor había llegado con una banda un tanto alternativa llamada Pagafantas que había descubierto en Madrid, algo que le causaba gracia a Lope.

Lope miraba el movimiento de la plaza, cogiendo su taza con ambas manos, sintió de pronto un frío inexplicable, llevaba su abrigo de toda la vida y a pesar de ello se sentía desnudo por dentro e incluso, a pesar de haber comido más de media docena de pastas y una tapa de alcachofa, sentía un tremendo hueco en el estómago. Ya no enfocaba nada en particular, solo una enorme extensión de gris que llenaba toda su visión.

—Vale —dijo Víctor ignorando por completo a su amigo y su sensación extraña —, creo que ya tengo listo los días de festival, ¿quieres revisarlo?

Lope se puso a un lado de su amigo. Notó lo poco que había contribuido en la generación de fotos pero a cambio vio fotos de él y Unai desprevenidos.

—Son una pasada... —repasando con sus dedos una a una, dejando de lado la taza de café.

—Esa la tomó Sergio —tomando un poco de café —, me dijo que le pareció que aquel encuentro era digno de una comedia romántica súper cliché.

Siguió mirando las fotos y vio de nuevo otra de ellos dos, charlando en la barra del bar donde hicieron la presentación en dúo. Era la primera vez que se veía desde fuera, sin duda el reflejo del cuarto de baño era menos amigable que aquella escena, en la que se lo veía sonriente, seguro de si mismo y con un aire de resuelto que proporcionaba aquella camisa de lino azul que llevaba.

Se había tomado cientos de fotos con Víctor pero en ellas rara vez había una sonrisa que no fuera forzada o una mueca divertida, tanto que verse alegre le pareció refrescante y algo capaz de sonrosarlo porque aquella felicidad era porque tenía a un chico a su lado.

—Esa la hice yo. Para ti —dijo Víctor un poco más serio —, quería que vieras que puedes ser feliz.

—Soy feliz teniéndote como amigo.

—Lo sé —poniendo a parte esa foto y haciendo un montón con el resto que etiquetó con una pegatina con la fecha de aquel día —, pero ya no puedo ser solo yo, necesito un poco de ayuda y Unai parece buen chico.

—¿Lo crees?

—¡Ahivá! —respingó Víctor —¿a qué viene esa pregunta? —tomando un poco más de café.

—Pues es que Sergio tiene razón. Que esto parece una... peli simplona de amor gay que... no tengo tan claro cómo va a seguir esto. ¿Y si no tenemos nada en común? ¿Y si se da cuenta de que soy muy aburrido?

—Calma, no creo que pase eso que dices, es buen chico y seguro que tienen mucho para charlar.

—Es que esa es otro tema. ¿De qué voy a hablar yo con él? Y no lo digo porque él sea un cachas y yo me sienta un lumbreras pero... no lo sé.

—Son nervios, es normal. Aunque en una forma extraña...

—¡Hasta tú lo ves!

—Pero bueno, no te agobies antes de tiempo. Si llega ese momento en que os dais cuenta de que no encajáis pues vienes y seguimos con nuestras vidas y punto redondo pero por favor te pido que no saques conclusiones antes de tiempo, ¿vale?

—Bueno...

—Eso. Ahora, para la portada estaba pensando...

—Es él —sacando su móvil del bolsillo y quitándose el audífono que tenía en la oreja izquierda.

—Pues atiende.

Lope se sentó bien en la silla antes de tomar la llamada, respiró hondo y aún así fue inevitable soltar con una voz más delgada—: hola Unai... No, no. Qué va. Estoy con Víctor, tomando el desayuno... —tomando un poco de café —, ¿hoy? Pues pensaba ir con Víctor a la Torre de los Anaya para ver una exposición y luego me ha invitado a comer a su casa... —viendo a su amigo —, ¿más tarde? Sí, claro. Vale, adiós... Pensaba que seguía dormido.

—¿A esta hora? ¿Qué te ha dicho?

—Que si quedábamos para desayunar. Que se estaba alistando para salir a correr, con este frío que hace... madre mía.

—Pero si ya se está poniendo el sol.

—Ha dicho que llamaría más tarde para ver si estaba disponible.

Amor a contracorrienteHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora