Mi corazón se convierte en tu objetivo

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Víctor había aprendido de Lope a ignorar a las personas a su alrededor, tanto que ahora lo tenía posando con un libro frente al pequeño y mítico local de la librería San Ginés en la base del pequeño corredor que daba a la igual de mítica chocolatería, Víctor trataba de no morir ni de risa ni de vergüenza, intentaba no mirar a nadie pero cuando lo hizo vio que nadie le prestaba atención y entonces vio de nuevo a su amigo y tuvo una mejor idea.

—Espérate —le dijo dejando el libro —, perdona, ¿podrías hacernos unas fotos? —le preguntó a una chica que medianamente calculó que le ayudaría de buena manera.

Víctor abrazó a Lope en una foto, en otra se miraron cómplices y en las últimas tirando risas mientras fingían ver

—Te lo agradezco mucho.

—Lo hago encantada, conozco ese tipo de amistad —devolviendo la cámara para seguir con su propio paseo con sus amigas.

Víctor miró a la chica y le agradeció una vez más antes de ver a Lope.

—Ven, vamos a por unos churros.

—¿Has visto la fila?

—Venga, seguro vale la pena.

Tardaron más de quince minutos en ser atendidos y cinco más en pillar una mesa donde sentarse a comer tranquilos. El sol comenzaba a entrar por esos estrechos pasillos y más gente seguía andando. Víctor miró a su alrededor, sintió por un momento que todo era diferente; estaba relajado, disfrutando de un desayuno que pocas veces tomaba junto a su amigo, con el que había pasado los últimos seis años juntos.

—¿Qué pasa? —preguntó Lope con la boca llena de churro con chocolate escurriendo por su mentón al escuchar el suspiro más ruidoso que jamás había escuchado.

—No lo sé, solo me siento afortunado de que seas mi amigo —dándole una servilleta para que se limpiara el desastre que era.

—¿Y eso? —limpiando su boca y luego sus dedos mirando la extraña mirada de Víctor.

—De no haberte conocido, ahora mismo estaría súper aburrido cargando la vela de esos dos o... —acomodándose en la silla para estar más cómodo.

—O con Xavi.

—Puf, pues no lo sé —volviendo a coger el churro para meterlo en el chocolate —. Digo, somos amigos pero... —masticando de una forma exagerada y de la forma que hacía reír a Lope —, no sé si yo solo hubiese encajado bien en su grupo social.

—No me dijiste como os habéis conocido.

—Nuestros padres son amigos y fue normal que nosotros lo fuésemos. Al principio éramos inseparables pero luego... él se vino a Madrid, a vivir con su tío y... pues perdimos la comunicación y luego la retomamos pero muy por encima.

—Pero qué dices, si te llevas bien con Leandro y Sergio...

—Porque sé de lo que hablan pero no lo sé todo o me aburro, me conoces.

—Pues es verdad, muy moderno no eres.

Víctor sonrió y volvió a mirar al frente.

—Me he divertido mucho —confesó Lope —, también agradezco que seas mi amigo, no me imagino a nadie más para disfrutar de la ciudad.

—Por tu madre, quien te ha dado la mejor lista para conocer Madrid.

Lope levantó su taza y sonrió antes de dar un trago y reírse después de Víctor que había ensuciado su nariz.

—¿Y te has divertido con David?

—Sí —sonrió Lope avergonzado de pensarlo —, he bailado como no lo había hecho en mi vida. Y no sabes las miradas que me dedicaba...

—Creo que puedo hacerme una idea —señalando con la mirada a la pareja que se comía a morros delante de ellos.

—A Xavi no le pareció correcto que no fuera a dejarme a casa.

—Lo sé, me lo dejó muy claro cuando fui a por ti al metro. Pero no le hagas caso, son muy antiguos esos tíos.

—¿Lo crees?

—Sí, tu diviértete y yo estaré ahí para lo que necesites. Y ahora apresúrate que aquí casi todos los museos que nos faltan por ver cierran a las dos.

——//——

Salieron el Recoletos y conforme salían del metro se encontraron con David, que esperaba el cambio de luz del semáforo con más personas que iban atendiendo sus propias cabezas.

—David, hola. ¿Qué haces por aquí? No me estarás siguiendo —bromeó Lope dejándose llevar por aquella costumbre de saludarse de dos besos.

—No, trabajo cerca —señalando a la izquierda en dirección del Museo Arqueológico Nacional.

—Que sorpresa. Nosotros vamos a la Biblioteca Nacional.

—Que guay, es muy bonita por dentro —viendo a Víctor, estaba mirando a otro sitio esperando que aquella escena acabara —. ¿Te apetece quedar ya que estáis por aquí? Tengo un tiempo libre y...

—Pues... no puedo, hoy es el día previo a la presentación así que vamos a ensayar y vamos a tener como una pequeña participación por ser el primer día, una canción...

Víctor notó en la expresión de David cierto desconcierto por escuchar demasiados detalles.

—Ah, vale, ¿y no os puedo acompañar?

—Claro que sí, estás invitado. A las seis en la sala Sol te esperamos.

Lope sintió las mejillas de David en su despedida y sonrió cuando sintió sus labios sobre los suyos. Víctor solo pudo desviar la mirada y levantar la mano al aire al escuchar su nombre.

—Y yo pensando que no iba a ver a nadie cercano a mi morrearse. Joder.

—Venga tontaina.

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