Donde la noche nos devora

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Lope había logrado contar ciento veinticinco pecas a lo largo de los hombros de Unai. En más de una ocasión su mano quiso alejarse de su boca, con la que se entretenía imaginando cómo se sentía aquella piel curtida al sol. Pensó en los dos últimos años y no recordó ningún momento en el que requiriera ir por la vida sin playera. Sintió su hombro, buscando cubrir un poco de su inseguro cuerpo imaginando que cientos de personas antes habían visto el torso o la espalda desnuda de Unai, que incluso alguna que otra la había tocado pero ahí estaba él, luego de una noche a su entera disposición; en la que las manos de Unai le erizaron por completo cada área, que sus besos le hicieron sentir lo que era el calor más profundo y que estando solo ellos dos desnudos pudo sentirse seguro.

Mordió su labio. Intentó recordar las caricias que él le había proporcionado pero solo recordaba las que Unai había dejado sobre él; aún aquella piel le parecía ajena, extraña. Se aventuró un poco y dio un pequeño desliz, algo intenso y poco controlado porque hizo que todo él se erizara, tal vez no era tan fácil. Levantó la mirada y miró su móvil, no solía estar en la cama tan tarde.

El pudor hizo que lo primero que hiciera al salir de la cama con todo el cuidado del mundo fue buscar algo con que cubrirse para correr directamente al baño. Se miró al espejo y respiró profundo, había estado con un chico en la cama por primera vez y sus mejillas le ardían al enfrentarse a su reflejo porque no sabía qué decirle, porque no sabía qué significaba o en qué se traduciría aquello en su relación con Unai.

Salió con el mismo pudor luego de diez minutos dentro; en busca de sus calzoncillos. De un momento a otro se sintió como un espectador en la habitación de Unai; el desorden que tenía hecho en el armario; la mochila tirada como fuera y el escritorio con detalles personales como el desodorante o una cadera que no le había visto. Le llamó la atención que debajo de una envoltura de comida rápida había un libro que lo hizo sonreír y al mismo tiempo girarse para confirmar que seguía solo para admirarlo con detenimiento; era nuevo, no como el suyo que tenía en su librero pero que llevaba años sin leerse. Lope miró con orgullo aquel libro, era la herencia de su madre. Mordió sus labios travieso y lo abrió y vio en la primera página una dedicatoria:

"Para mi amado hijo.

Para que sigas siendo una mejor persona

y no pierdas la atención de las cosas que realmente valen la pena."

Sintió como algo dentro de él se enturbió; una sensación que lo hizo tensar la mandíbula; era pesada y difícil quitar de encima fácilmente. La última vez que la sintió fue cuando vio a Víctor abrazar a su madre la primera y última vez que fue a su casa. Quiso soltarlo, de pronto le escocia las manos, como si se tratase de algo venenoso que podía acabar con él.

—¿Qué tienes ahí? —susurró Unai medio dormido, lo suficiente como para ignorar por completo el brinco que pegó Lope, uno que lo hizo disolver cualquier idea de destruir aquellas palabras —. ¿Llevas mucho tiempo despierto?

—Un poco... como, tres horas —acercándose a él, para sentarse a su lado en la cama y ver que Unai no podía despertar a pesar de sus intentos, quería seguir durmiendo. Lope por instinto acarició su pelo, despacio, intentando peinarlo un poco, a modo de intentar quitar un poco de la huella de lo que hicieron la noche anterior.

Lo poco que Unai vio cuando abría sus ojos fue a Lope, con sus calzoncillos cortos y su camisa de la noche anterior.

—Ah, mi libro. Mi padre me regaló —dándole un beso en el hombro —, ¿lo has leído? —metiendo su mano por debajo de su camisa.

Lope no tuvo que responder, sintió como su vientre se contraía con cada caricia hasta que aventó el libro a la cama y lo giró para besarle. Hábilmente lo metió de nuevo en la cama, debajo de las sábanas tibias para abrazarle y quedarse así por un largo rato.

Amor a contracorrienteHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora