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Eran pasadas las seis y se sentía extraño; tenía energía pero no para hacer nada en casa, tenía una hora de haber vuelto de casa de Víctor. Su móvil sonó a su lado, lo había olvidado. Unai le estaba llamando lo que lo hizo pegar un brinco para buscar un sitio donde atenderle. Se sentó en su silla, rió nervioso y atendió. Pasó la primera media hora hablando de lo que cada uno había hecho aquella mañana; Lope más seguro abrazado a su pierna mientras Unai lo hacía tumbado en su cama. Lope decidió dar un paso y simular que había comprado el libro que le había visto a Unai y charlaron un poco y comenzaron a comparar un poco su viaje con la historia que contaba el libro. Reían cuando decían la misma palabra o pensaban lo mismo; salió un posible plan para cuando volvieran e incluso le propuso ver una peli que le recordaba un pasaje de aquel libro.

—¿Ahora? —preguntó mirando el reloj de su pared. Sonrió —. Me agrada la idea —accedió con una sonrisa al escuchar la despedida y la promesa de verse.

Pensó que era demasiado tarde, duró poco porque miró su móvil y vio una notificación de Navii que le hizo sonreír, había subido una foto y con ello el recuerdo de que todas las noches en Madrid volvía tarde a casa de Xavi. Con Víctor toda la vida habían tenido hora para volver a casa impuesta por los padres de su amigo. Mientras se cambiaba la camiseta intentó no pensar en lo trágico que resultaba no ejercer su total libertad por consecuencia de alguien más y ajeno a su familia pero fue la falta de alguien a su lado lo que lo detuvo porque hubiese sido peor estar solo deambulando por las noches oscuras.

Ni Víctor fue capaz de advertirle de lo que estar de novio implicaba; ahora Lope podía ver la vastedad de su armario y no saber qué usar, hasta ese momento no había tenido la necesidad de impresionar a nadie, ni siquiera en Madrid. Navii lo había hecho ver fácil, pillar un par de prendas para impresionar pero las prendas no estaban planchadas y con Víctor solía salir a veces el pantalón corto y playera holgada, pero ahora estaba en casa y Unai era un guaperas que se veía bien con todo. No quiso agobiarse y pilló un par de chinos beis y una sudadera verde sin más, la noche era fresca como para salir sin un abrigo a pesar de ser verano.

Asomó la cabeza para intentar identificar dónde estaba su abuelo; solía mirar tele en el salón y escuchar la radio en su habitación pero si había silencio significaba que estaba leyendo, tal vez en la cocina pero aquella noche estaba casi todo apagado, se había ido a dormir temprano o por lo menos se había encerrado en su habitación sin decir nada. Salió sin hacer ruido y miró a su alrededor, había pocas personas andando por su calle a las que ignoró y que por un momento pensó que sabían a donde se dirigía con tanta prisa.

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Unai se sintió dichoso de que por fin podía ver detenidamente a Lope, sin ocultar nada, sin guardarse ninguna sonrisa que le provocaba verle hacer casi cualquier movimiento.

—¿Qué pasa? —preguntó Unai luego de escuchar a Lope soltar una risilla al aire mientras esperaban el autobús.

Lope sabía que la vida del casco antiguo se daba en la plaza mayor por la que tuvo que pasar para encontrarse con Unai que lo acercó a su pecho que desprendía restos del perfume que usaba. No sabía que había más vida más allá de aquellas calles estrechas. Había chicos en grupillos, chicas vestidas de fiesta y alguna que otra pareja mayor; grupos de amigas que también iban al centro comercial y entre todo ello y el aire tibio que corría estaba Unai, mirándole casi descaradamente.

—Es solo que... —tomando una bocanada de aire mirando el cielo. Pocas veces estaba fuera a esas horas y tan lejos de la Plaza Mayor —, Víctor y yo... casi no tomamos el autobús, solemos hacer vida... en el casco antiguo. Claro que hemos ido al cine y al centro comercial... pero lo hemos hecho andando. Ya sabes, para conservar condición y es... una cosa que tenemos.

Amor a contracorrienteHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora