•18•

11 1 2
                                        

David miró el reloj, estaba justo de tiempo, tal vez tendría que tomar un taxi, se apresuró a salir, sacando sus gafas de sol y en el despiste, mientras miraba todos lados a la calle chocó con Sonia.

—Amor... —dijo la chica al sentir lo abrupto del choque —, ¿a dónde vas con tanta prisa?

—Sonia. ¿Qué haces aquí? —mirando a todos lados, intentando controlar sus manos.

—Uy pero parece que no te da gusto verme. ¿Por qué no coges mis llamadas?

Por primera vez en mucho tiempo, David miró a su amiga con cierto desagrado, lo que fue contradictorio porque en su cabeza aparecieron todos esos buenos momentos que vivieron juntos pero ahora le parecía una carga de la que necesitaba deshacerse.

—He estado ocupado. Como ahora, tengo que ir a un lugar...

—¿A dónde?

La miró con tristeza, tal vez no se lo merecía y tal vez él se había obcecado con su amistad, incluso pensó que aquel chico estaba empezando a causarle problemas con su mejor amiga. Tuvo que reaccionar, la mirada de Sonia le estaba empezando a incomodar.

—Al ayuntamiento. Un trámite. Aburidísimo.

—Puah, pues yo esperaba comer contigo.

Aún lo tenía y no se sintió orgulloso de saber que todavía podía mentir a la cara de las personas.

—Lo siento mucho bonita. Será otro día, me corre mucha prisa.

——//——

David salió del andén con las manos en los bolsillos, se decidió por usar el metro y llegó a tiempo, lo suficiente como para adecentarse, poner su pose de resuelto e ir a por todas de ese chico que había conocido y le había cautivado. Pensó en su sonrisa, en su mirada un tanto inocente. Salió en Callao alegre y animado, su vida estaba a punto de cambiar si hacía todo bien. Se sentía con suerte, era lo que había querido siempre y creyó tenerlo en su bolsa por saber del noble arte del ligoteo gay hasta que le conversando con el que atendía el kiosco de souvenirs de plaza Callao.

David notó aquella sonrisa, sería su perdición: era atractiva, irresistible pero también era resuelta, que salía fácilmente por cualquier cosa. Una sonrisa educada a base de elogios que eran ciertos. Miró el movimiento de manos, le sudaron la suyas, no sería fácil de enamorar.

—¡Lope! —gritó desde un par de metros atrás.

—¡Hola! —pagando y guardando los souvenirs que había comprado.

David lo dudó por un segundo al ver al hombre detrás del kiosco pero al final rodeó la cintura de Lope para acercarle a él y saludarle de dos besos.

—Perdona el retraso.

—Está bien... tuve tiempo de hacer un par de compras —mostrando la bolsa con imanes que había comprado en el kiosco —, ¿cómo estás? —dedicándole una sonrisa a modo de despedida al hombre que simplemente levantó la mano y siguió con el próximo cliente.

—Bien, gracias. Que buen día se ha quedado, ¿no? Ideal —mirando el cielo son sacar las mano de sus bolsillos.

—Supongo que sí, es mi primer verano en Madrid.

—Ah, acabas de llegar. Entonces no lo has visto todo.

—No, ni siquiera he visto bien Gran Vía —mirando el ir y venir de las personas, el ruido que había en la plaza y sintiendo el calor que reflejaba el asfalto —digo, la he visto de tarde pero muy rápido.

—Bueno, entonces vamos —anunció pasando su mano sobre su cuello y señaló —: pues este es el Corte Inglés, tiene una terraza muy turística... los cines, claro. Por allá el Broadway madrileño y al fondo allá la Cibeles. Ahora, conozco un buen bar con tapas de rechupete, ¿vamos?

Amor a contracorrienteHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora