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Unai no recordaba a ningún chico de la tuna que cargara su guitarra como lo hacía Lope, y no era nada especial pero se ponía ambas asas en cada hombro y aquello lo hacía ver más pequeño de lo que era, como un chiquillo cargando una enorme macuto. Había negado su ayuda, lo que le sumaba puntos a su parecer y complicaba las cosas, era solvente, como cualquier otro hombre que no aceptaba ayuda de nadie pero veía que no era necesariamente para mostrar su valía sino que parecía que nadie le había ofrecido ayuda antes y no la consideraba necesaria.

—¿Se notó mucho que me equivoqué de acorde en la última canción? —preguntó mientras salían del metro.

—¿Qué? Claro que no —volviendo en sí y notando la forma en que iban caminando.

De todo lo que tenía estar enamorado de un chico, cogerle de la mano en mitad de la calle parecía que era el menor de sus problemas. Era de noche y en general las calles madrileñas a esas horas estaban llenas de personas ensimismadas que poco o nada les escandalizaba un par de chicos cogidos de las manos.

Lope le miró. Lo había pillado.

—¡Claro que sí! Madre mía, lo que habrán pensando las demás personas...

—Que no hombre, que no... —deteniendo su andar rápido que amenaza con soltarse de él —, nadie lo ha notado.

—Tú sí —dijo seguro y casi indignado porque no le decía la verdad.

—Que no... —insistió Unai.

—Que mentiroso eres.

—¿Por qué lo crees? —soltando una carcajada sonora.

—¡Por tu mueca! Si hasta te estás riendo.

Unai era demasiado transparente o muy burlón y eso lo veía fácilmente Lope que tal vez tenía que explicarse un poco.

—La verdad es que... —rascando su nuca —, no estaba prestando mucha atención a como tocabas...

—Ah, ¿y a qué le prestabas más atención?

Unai respiró profundo y extendió sus manos a los lados, dejado ver un poco de piel mientras buscaba de donde coger valor, pero no lo encontró hasta que vio la mirada de Lope.

—Pero promete que no te vas a reír. Estaba viendo tu guitarra.

—¿Mi guitarra?

—No paraba de ver cómo la sostenías, como... la tocabas, no los acordes si no...

—¿A mi guitarra? —insistió sin entender a dónde quería llegar Unai con aquel comentario.

—Sí, cuando te vi tocarla... quise ser yo.

A Lope se le subieron los colores al rostro. No se lo creía, ni siquiera en la más profunda intimidad pensó que alguien como Unai le dijera aquello y no es que no lo sintiera pero no pensó que aquellos pensamientos estuvieran en su cabeza o que fuera capaz de provocarlos. No sabía si era demasiado resuelta o frívola aquella declaración

—Eh... bueno, yo... gracias, supongo...

—¡Te has sonrosado! ¿Por un piropo?

—Si, no, digo... es que nunca me habían dicho uno... así de gordo y... descarado.

—Pues... —acercándose a él para coger sus manos —puedes publicarlo en bando.

—Que bobo eres.

—¿Sí, te parezco un bobo?

Tal vez tenía que dejar de verlo todo con lógica, tal vez dejarse llevar por ese deseo un tanto reprimido que solo aparecía a altas horas de la noche debajo de sus sábanas e incluso tal vez aquello era una declaración de intenciones por parte de Unai. Lope no era ajeno a todo ese tema pero compartirlo con alguien más sería una gran aventura más que la de tontear en pleno Madrid.

Amor a contracorrienteHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora