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Lope se quedó en blanco, era ese chico de la noche anterior frente a él. Por un segundo vio al chico que se había quedado atrás con la manga de su camisa mojada, lo vio lleno de pena pero duró poco, aquel chico se interpuso y lo hizo olvidarse de él, no fue a la fuerza si no por el olor a cigarro que desprendía; de forma extraña aquel aroma lo hizo sentir un poco relajado y le evocaba cierta familiaridad. Su mirada estaba llena de un brillo interesante que se mezclaba con su sonrisa.

David estaba igual, verlo de cerca lo hizo perder la poca concentración que había conservado después de varios cubatas, su sonrisa era más grande de lo que había visto. Quiso tocar su pelo por lo esponjado pero se contuvo. Notó que además de ese chico torpe que intentó ligotear con él había varios chicos mirándole, se sintió como un ganador que se prometió hacer todo lo posible para que terminara con él el resto de la noche pero, ¿cómo hacerlo? No había visto a ningún chico así y no era por exagerado, pero tenía algo especial, algo que le impedía ir a por todas así de simple, sintió que hacerse el chulo, como había hecho toda la vida con los chicos que se morreaba en el baño, podría hacerlo salir corriendo.

Ambos intentaban no sonreír de más ni mostrar un poco de nerviosismo. Lope cogió con más fuerza su vaso y David intentaba no mostrar el mareo que le provocó el abrupto movimiento desde su mesa a la barra pensó que necesitaba un cigarrillo para calmarse.

—Espero que no me hayas seguido —se aventuró Lope a confesar.

Se sentía extraño, nunca se había acercado a un chico con esas intenciones pero estaba en Madrid y tenía a sus amigos así que se dio permiso para dejarse llevar por la situación.

—¿Qué? —preguntó David acercándose un poco más a él, haciendo que Lope también sintiera su olor a alcohol.

—Digo, te vi la otra noche en... Calvario.

—Ah, tú también me viste — confesó David un poco más calmado.

Estaba tan preocupado por lo abrupto de su encuentro que no encontró palabras coherentes para decir. Aquella confesión le hizo soltarse y mostrar lo resuelto que era y lo fácil que le era encandilar a cualquier chico que se propusiera.

—Aunque pensaba que era más... bajito...

—Lope.

—Lope, eso sí, de lo guapo no tengo queja —lo miró. Sonrió y entendió que Lope se sabía guapo y consiente o inconsciente tenía cierto toque coqueto en la mirada que incluso sin verlo le decía muchas cosas como que decirle guapo no le daría puntos —. Pero seguro que no crees en eso de las coincidencias, ¿no?

Lope soltó una leve risa y pensó por un momento su respuesta.

—Sabes lo que dicen de la casualidad: se puede poner cualquier disfraz para soltar su efecto

—Y la casualidad te trajo solo o...

Todos se giraron para evitar que les viera.

—Pues estaba con mis amigos pero parece que han desaparecido —notando aquel momento y aceptando que no le disgustaba la situación.

Ni siquiera David logró ver la forma en que sujetaba su vaso, estaba concentrado toda su energía para parecer resuelto y no morir por los temblores que le provocaba pensar que estaba ligando de forma tan descarada con un chico de la capital. Ni siquiera sabía hasta donde tenía que llegar aquella noche pero no había vuelta atrás.

—¿Te importa si te acompaño mientras aparecen?

—Claro.

—¿Te apetece bailar?

Lope palideció un poco, jamás lo había hecho. Miró a todos lados, ¿y si alguien les veía? ¿Y si les decían algo? No tardó mucho en notar que había varias parejas de chicos bailando sin que nadie les prestaba la más mínima mirada que por fin soltó su vaso y con él todos sus nervios.

Amor a contracorrienteHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora