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Despertó agotado. Había dormido poco pero sabía que no podía mostrarse vulnerable y menos si no tenía tiempo de ello, había recibido un mensaje para una reunión que le dio un poco de aire al rescoldo que su abuelo sin querer le había dado. Se alistó sin prisa, revisando tener todo en orden, se puso su abrigo y salió de su habitación, siempre intentando ubicar a su abuelo.

—¿Dónde os veis? —le detuvo, saliendo del salón y acompañando a su nieto a la puerta que daba a la calle. Le había dado vueltas toda la noche que tampoco había conseguido dormir.

—¿Abuelo?

—Tú y tu novio me refiero —intentando no tener un tono desafiante —. ¿Te ha invitado a su casa?

—No —intentado no sentirse noqueado por la pregunta —, él... no es de aquí y vive en una residencia y no aceptan visitas.

—¿Y dónde vas a verle ahora?

—Eh, pues...

—¿Por qué no le invitas a casa?

Lope no podía más, estaba incrédulo a la curiosidad de su abuelo, ¿a qué venía ese interés? Pensó que tal vez los vio alguna de las tantas noches que habían pasado en el banco fuera de casa o realmente siempre había pasado de su vida y hasta ahora entendía que era importante el asunto.

—Lo pensaré. Gracias —saliendo al aire caluroso de aquella tarde.

Anduvo más lento de lo habitual, la invitación de su abuelo estuvo en su cabeza durante el camino. No le resultó tranquilizante ni mucho menos comprensiva parecía más un acto de desmesurada curiosidad, pero si que le dio una idea de lo que tendría que ir haciendo. Se detuvo en una panadería y vio en las mesas de la plaza al chico que ya le estaba esperando comiendo un cruasán de pistacho mientras leía algo en su móvil.

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Lope se quedó un momento más luego de aquella reunión. Acomodó los papeles y se sintió un poco consternado, cogió las llaves que estaban sobre la mesa y las guardó con un poco de felicidad creciendo en su vientre que prefirió mantener ahí sin mostrar ni un poco, el rescoldo se había avivado por completo.

Luego de mucho tiempo volvió a su casa pasadas las dos de la tarde del ese domingo, en el que Víctor había ido a visitar a su abuela materna y Unai había ido a Ávila por asuntos de la universidad y se verían hasta pasadas las ocho. Su abuelo tampoco estaba en casa y sabía que no volvería hasta mañana porque era una costumbre de años quedarse con sus nietos que no rompía nunca. Tenía que actuar rápido y casi con la misma frialdad que había estado recibiendo todo últimamente.

Ahora él parecía un guiri. Lo que no se podría intuir era si se iba o estaba llegando, parecía ajeno a su alrededor; el frío comenzaba a llenar las calles al mismo tiempo que las luces de las farolas coronadas comenzaban a destacar y él seguía sentado en un banco jugando con la maleta que tenía delante de él. Ni él mismo sabía si iba o venía, ¿estaba huyendo o volviendo? Miró la plaza, tal vez tú también hubieras tenido una buena infancia aquí, pensó examinando todos los sitios que recordaba hasta que el viento le llevó un susurró que le reconfortó por un momento y le motivó a ponerse de pie y terminar lo que había empezado.

Cuando se decidió a cruzar el umbral del edificio lo tuvo claro, estaba empezando de nuevo. Lo primero que encontró fue la colección de discos de su madre, al principio y junto a una libreta vieja de cuero apareció Un mundo de colores de Merche. Recordó sorprendo que era el favorito de su madre cuando había salido que lo puso de fondo para trabajar.

Cuando se tomó un descanso miró la libreta, estaba lejos del resto de libretas que había. La hojeó y empezó a leer lo que había. No era un diario y tampoco parecían anotaciones sueltas para su libro, parecía más bien una relación de alguna vida con las canciones de aquel disco y entonces la idea de que su madre había tenido un novio antes de su padre le hizo pensar en los motivos que dieron fin a aquella relación.

Amor a contracorrienteHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora