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Unai miró a su izquierda. El Renfe había salido de Madrid hacía poco más de media hora y Víctor ya estaba profundamente dormido liado en una manta de casimir que Navii le había regalado. Lope seguía admirando la foto que se habían hecho todos y que le habían pedido a Borja hacer; había quedado constancia de que podían estar de punta y guante para despedirse de sus nuevo amigos. La composición fue extraña; Unai al centro, flanqueados por Xavi y Víctor: al frente en el centro Sergio y Leandro y a los costados extremos Lisandro y Tirso. Lo curioso era que Lope estaba al centro, sonrosado y con una sonrisa un tanto avergonzada producto de las manos de Unai rodeando su cintura. Había visto a todos sus amigos pijos morirse de frío en Principe Pío junto a ellos. Abundaron los abrazos, los intercambios de números y nombres en redes sociales para seguirse y la agenda de un par de eventos a los que serían invitados dentro de poco, así que aquel viaje no sería el último que harían a Madrid. Lope miró a su amigo sorprendido. La volvió a guardar en su libreta y miró por la ventaba sintiendo un deseo por volver. En ese momento tenía su mano liada a la suya y Unai la apretó para llamar su atención y mirar con ternura a Víctor.

—El pobre ha aguantado lo más que ha podido —justificó Lope viendo sus manos juntas —. Me divertí mucho —. Acomodándose en el hombro de Unai que se puso a su nivel para abrazarle —, fue mejor de lo que pensé.

—También lo fue para mi —besando su cabeza —, pero esto está por comenzar —acercándose para besarle.

Ambos dormitaron un poco también. Sobre las diez de la mañana, llegaron a la estación más cercana al centro; Víctor se sorprendió al ver que Unai también le ayudó a bajar su maleta, estaba claro que Madrid no había hecho merma en la forma galga de ambos amigos que habían vuelto con más maletas que con las que llegaron. Cuando salieron vieron a los padres de Víctor esperando a por él para llevarle a casa, cerca de la Alamedilla.

La sonrisa se volvió forzada al ver como Víctor era abrazado por sus padres tanto que de nuevo su cuerpo se llenó de ese veneno que lo ponía de malas, lo peor, y de lo que no fue consiente, fue que Unai lo notó al sentir un fuerte apretón en su mano que lo agitó un poco para que fuera consiente de aquello que le estaba pasando porque aquella mujer estaba por acercarse a ellos.

—¿Cómo ha ido todo? —preguntó la madre de Víctor mientras saludaba a Lope con dos besos y un abrazo, algo que jamás había sido cómodo porque lo sentía forzado o con demasiada pena.

—Muy bien —respondió a modo de cortesía.

—No me digas que este es Unai. Pero eres más guapo de lo que pensaba—acercándose a saludarle de dos besos —, soy Ana, la madre de Víctor.

—Encantado.

Lope no se sorprendió, sabía que Víctor le contaba todo a su madre como gesto de interesarse en su vida y hacer sentirlo como que no estaba tan solo en las cosa que le pasaban.

—¿Os podemos acercar a algún sitio? —preguntó el padre de Víctor desde el automóvil.

—Eh, no. Estamos bien, pero gracias —se apresuró Lope a responder —, él vive al otro lado, iremos andando.

—Vale —respondió Ana con una sonrisa, acercándose a Lope para despedirse de beso y de Unai con un pellizco de moflete.

Víctor abrazó fuerte a su amigo, él si lograba transmitirle esa calidez que necesitaba, a veces sobraban las palabras, a veces eran necesarias pero en ese momento solo les bastó una mirada para confirmar que mañana sería un día solo para ellos. Unai lo vio un par de pasos atrás y se sintió verdaderamente seguro de que estaba en el sitio correcto porque sabía que pocos dejaban a un lado lo más preciado de lado para dejar entrar a las personas y para Lope, Víctor era lo más preciado en su vida y que ahora dejaba por irse con él.

Al verlo volver a él estiró su mano para que la cogiera y le dio un beso en la frente.

—¿Caminar? —preguntó luego de ver por fin partir el auto.

—Vale que no. Solo lo he dicho para que no nos llevaran. No quería un interrogatorio sobre... nosotros.

—Puah, pues... ahora no sé si decirte —comenzando a andar.

—¿El qué?

—Mi padre viene de visita y le he hablado mucho de ti, vamos que casi sabe todo de ti y... se muere de ganas de conocerte.

—¿Qué? ¿De verdad?

—Sí. Y bueno —hundiendo los hombros y mirando el suelo, tal vez había sido demasiado pronto y demasiado abrupta la noticia —, como no tengo espacio en la habitación que rento pues sería en un restaurante pero... veo que no te gustan los interrogatorios sobre nosotros...

—No, yo... no he dicho eso y, además...

—Que es broma —cogiendo su maleta para empezar a andar —. Entiendo lo que quisiste decir y no te culpo, tampoco estaría cómodo contándole sobre nosotros a alguien completamente ajena a ti o a mi. ¿Cogemos un taxi?

—Vale.

Lope volvió solo a casa a pesar de que Unai se había ofrecido a llevarlo, ambos tenían que preparase para la vuelta a clases y era mejor hacerlo lo más pronto posible. Miró la casa de su abuelo, no había luces dentro ni ruido. Era sábado y esos días lo pasaba hasta tarde con su tío y su familia así que anduvo sin temor de molestarle, sacó el recuerdo que le había comprado junto con una botella del mejor vermut que según Xavi le había dicho y lo dejó en la isla de la cocina. Llegó a su habitación, estaba como la había dejado con la libreta en la misma esquina de la cama, la puerta del armario a medio cerrar y una camiseta tirada cerca de su escritorio. Dejó cerca del armario sus maletas y cerró la puerta antes de caer por completo en su cama y quedarse dormido.

Amor a contracorrienteHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora