Cuidado con lo que deseas al apagar una vela, Jungkookie.
Jungkook le había hecho un desplante a Jimin luego de que este le regalara un pastel por su cumpleaños. Enojado por la situación, ofuscado por el calor del momento, el menor pide un deseo y...
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El trece de octubre se acercó apresurado. Y sin darse cuenta, más de un mes desde su primera aparición había pasado. Ahora, tocaba celebrar el cumpleaños del hyung que le había hecho perder la cabeza en más de una ocasión.
¿Qué podía darle a él, que parecía tener todo cuanto quisiera a sus pies? No tenía ni un solo peso para comprarle algo a Jimin y mucho menos, tenía algo de valor que pudiera servir de cambio. Lo único que tenía consigo eran las ganas de compensar y celebrar a su hyung.
No es que fuera hipócrita. Pero se había dado cuenta de que Jungkook se había redimido de sus acciones con el pasar de los años. Entonces, solo era justo y necesario que él comenzara con su camino hacia la exención.
¿Cómo no querer hacerlo?
Su estadía en en ese futuro-presente no había hecho más que demostrarle una y otra vez que Jimin formaba gran parte de su formación como ser humano. Cada uno de los miembros de la banda le habían transmitido un pedacito de ellos para formar su personalidad y eso podía observarse de manera plena en Jung kook, en la forma que se desenvolvía con su entorno, en el cómo hablaba, en el cómo actuaba. Pero Jimin... él había contribuido con muchas otras cosas más que solo una relación de total confianza, amor y respeto como la que había moldeado con él.
Le había enseñado a ser él mismo. A confiar en sí mismo. A querer con el corazón. Le había enseñado lo que era ser auténtico sin importar lo que los demás dijeran. Y si Jungkook era así, tan desinhibido y confiado con su personalidad, era gracias Jimin.
Obviamente, Jungkookie se encontraba como espectador con todo aquello, pues su propio proceso para formarse aún estaba en curso. Pero cada vez que pensaba en el Jimin se su espacio-tiempo, el Jimin de diecinueve años con el que había convivido hasta antes de llegar a donde estaba, le dolía el corazoncito por la manera en que se había atrevido a tratarle. Se encontraba muy arrepentido por haberle gritado esas horribles cosas que ni siquiera eran verdad.
No era un arrepentimiento superficial, de ese que solo mancha el rostro por unos cuantos minutos y luego se desvanece al momento de pensar en otra cosa. No era así. Se trataba más de un dolor sordo, uno que calaba en el fondo del alma. Y era constante. No se perdía en la nada, más bien, incrementaba conforme pasaban los días.
Había días en los que podía estar feliz haciendo cualquier cosa, pero con el solo hecho de observar algo que se pudiera remotamente relacionar con su hyung Jimin, se podía a meditar sobre las acciones infames que había realizado y el dolor volvía a presionarle el pecho.
Quería disculparse, de verdad. Quería, de ser posible, arrodillarse y suplicarle su perdón si era necesario. Pero luego, esa vocecita en el fondo de su mente le recordaba que, si a él le dolía el peso de sus acciones, a Jimin le había dolido muchísimo más el peso de su indiferencia. Entonces, se sumía en el autodesprecio una vez más.
No podía evitar pensar en ese Jimin que era un adolescente a punto de convertirse en adulto joven, en sus ojos heridos cuando le había gritado que lo detestaba, esos que había ignorado a propósito porque sabía muy bien que si se hubiera quedado viéndolos iba a terminar llorando también.