Capítulo 13

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**Luna**

El encuentro con Manuel fue como un soplo de aire fresco. Al acercarme, le planté un beso en la mejilla, admirando su estilo impecable. Si no fuera gay, quizás intentaría olvidar a Devon con él, pensé, aunque solo era una fantasía pasajera.

-¡Qué alegría verte por aquí! -exclamé, genuinamente contenta.

-Me quedo en Madrid para la fiesta de un amigo -respondió con esa sonrisa traviesa que siempre lo caracterizaba.

-¿Un *amigo*, eh? -le di un codazo juguetón, y él se limitó a reír antes de envolverme en un abrazo cálido.

-¿Tienes tiempo para tomar un café con este humilde amigo?

-Siempre tengo tiempo para ti -asentí-. Además, necesito contarte unas cuantas cosas...

Nos dirigimos a la cafetería más cercana, donde los capuchinos humeantes nos esperaban. Justo cuando iba a empezar mi relato, mi teléfono vibró.

**Idiota:** ¿Dónde estás?.

Lo ignoré sin dudarlo, pero apenas abrí la boca para confesarle a Manuel lo del baño, el timbre de Clara interrumpió.

-Luna al habla -dije, intentando sonar casual.

-¿Dónde demonios estás? -preguntó, con esa voz que solo usaba cuando estaba a punto de tomar el control.

-En la cafetería cerca de la uni, disfrutando de un café y muy buena compañía -respondí, guiñándole un ojo a Manuel.

-Voy en camino.

Colgué y retomé mi historia. Manuel era el oyente perfecto: atento, sin juzgar, con esos consejos que parecían salidos de una novela de autoayuda. Cuando Clara llegó, se sentó con nosotros y clavó sus ojos en Manuel.

-¿Tú no eres el chico del hotel? -preguntó, con una mirada detectivesca.

-Sí, pero tengo nombre, ¿sabes? -Manuel le tendió la mano con elegancia-. Soy Manuel. -Y, como si fuera un caballero del siglo XIX, le besó los nudillos.

Clara abrió los ojos como platos y me lanzó una mirada elocuente.

-Este chico me gusta, Luna -declaró, como si acabara de descubrir un nuevo postre.

-No es lo que estás pensando -me apresuré a aclarar.

-No estoy pensando nada -respondió, pero sus cejas levantadas decían lo contrario.

Manuel, siempre perspicaz, intervino:

-No seré el clavo que saque a Devon de tu cabeza, cariño.

-Mierda-murmuró Clara-. ¿Cómo sabe tanto?

-Manuel es solo un amigo -insistí, aunque Clara ya había pasado a la ofensiva.

-Pues si ella no se anima, dame tu número -le dijo a Manuel, con una sonrisa pícara-. Por si alguna vez tengo una ruptura desastrosa.

-¡Clara! -la regañé, pero Manuel soltó una carcajada.

-Eres preciosa, pero no me gustan las mujeres -confesó, y el rostro de Clara se derrumbó.

-¿Qué? -gritó-. ¡¿Por qué cada día quedan menos heterosexuales en este mundo?!

Nos reímos hasta que nos dolieron los costados, y después de un rato de charla, Clara y yo nos despedimos.

Al llegar a casa me avalance sobre el sofá y tomé mi celular.

**Notificación de Instagram:** *Devon Clark está transmitiendo en vivo.*

Antes de que mi cerebro pudiera detenerme, ya estaba viendo el video. El bar estaba oscuro, pero distinguí su perfil entre las sombras, rodeado del equipo de fútbol. Zein no aparecía -seguro estaba con Clara-, pero si estaba una chica Lia Thompson, la rubia que se había liado con Devon en su fiesta de bienvenida.

Salí del directo como si me hubiera quemado, pero el daño ya estaba hecho. Minutos después, subió una foto: él y Lia, sonriendo, demasiado cerca.

El dolor en el pecho fue instantáneo. Las lágrimas cayeron solas, y aunque cerré la aplicación, la imagen ya estaba grabada a fuego en mi mente.

**Manuel:** *Fiesta en casa de mi amigo esta noche. Trae a quien quieras.*

Clara no tardó en responder:

-¿Una fiesta? Me apunto.

-Raro sería que no -sonreí-. Pero mañana hay clase...

-¿No viste el grupo de WhatsApp? Los profes cancelaron. Algo de un familiar del director.

-Pobrecito -murmuré, aunque mi mente ya estaba en el vestidor, eligiendo el outfit perfecto: jeans ajustados, un pullover negro de mangas cortas y botas de combate.

Clara llegó a las 10 en punto, con Zein al volante. La mansión del amigo de Manuel era impresionante, iluminada como un set de Hollywood. Nada más entrar, unas manos me cubrieron los ojos.

-Manuel -adiviné al instante.

-Adivinaste, nena -rió, girándome para presentarme a un rubio deslumbrante-. Iván, mi pareja y anfitrión.

-Un gusto -dije, admirando el lugar-. La fiesta está increíble.

-Gracias -respondió Iván-. Y él tenía razón: eres guapísima.

Clara y Zein aparecieron con cervezas, y entre risas y bailes, el alcohol empezó a nublar mis sentidos. Hasta que, de pronto, Iván se alejó para saludar a un grupo de recién llegados.

Y ahí estaba él.

Devon, con su chaqueta de cuero y esa mirada que me hacía perder el equilibrio. A su lado, Lia, pegado a él como una lapa.

-Mi hermano es un idiota -susurró Clara, siguiendo mi mirada.

-No quería verlo. Y menos con ella.

-Nena, tú le das mil vueltas -intervino Manuel-. No dejes que eso te afecte.

Pero ya era tarde. El alcohol y los celos formaban un cóctel peligroso. Subí las escaleras tambaleándome, buscando el baño para refrescarme. El agua fría en mi rostro no logró borrar la imagen de ellos dos.

Hasta que la puerta se abrió de golpe.

-¿No ves que estoy ocupada? -gruñí, sin necesidad de volverme para saber quién era.

-No me importa -respondió Devon, cerrando la puerta a sus espaldas.

-Eres un idiota -escupí, secándome las manos con torpeza-. Y no quiero saber qué hiciste con esas manos antes de venir aquí.

Sentí su cuerpo acercarse, su aliento caliente en mi oreja mientras apartaba mi cabello.

-Si te refieres a Lia, no estoy con ella -susurró, y cada palabra me erizó la piel.

Me giré, enfrentándolo. Nuestros labios estaban a centímetros.

-Te dije que te alejaras -recordé, aunque mi voz sonó más débil de lo que pretendía.

En respuesta, Devon me tomó por la nuca y cerró la distancia entre nosotros. Su beso fue un huracán de sabores contradictorios: alcohol, menta y ese algo que solo él tenía. Por un segundo, me dejé llevar, hasta que la voz en mi cabeza gritó:

¡Esto está mal!

Lo empujé con fuerza.

-¡TE DIJE QUE TE ALEJARAS, JODER!

Salí corriendo, las lágrimas mezclándose con el rimel. Encontré a Clara y a Manuel en segundos.

-Llévame a casa -supliqué, sin mirar atrás.

Porque si lo hacía, sabía que volvería a caer.

El Peso Del DeseoHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora