Capítulo 15

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**Clara**

La noche envolvía la ciudad cuando llegué a casa de Zein. Me recosté en la cama, sintiendo el peso de la ausencia que pronto llegaría, mientras él guardaba el auto en el garaje. Cada latido de mi corazón parecía contar los segundos que me separarían de él.

-Amor, ¿en qué parte del auto metiste la mochila con la ropa de mañana? -preguntó Zein al entrar a la habitación, su voz cálida como un refugio.

Mi expresión lo delató antes de que pudiera articular palabra. Sus ojos, siempre tan perceptivos, captaron mi error al instante.

-Se te quedó la mochila, ¿verdad? -dijo, con una mezcla de ternura y resignación.

-Ay, amor, es que estaba tan preocupada... Creo que la dejé en el sofá de mi casa -confesé, mordiendo mi labio inferior.

-¿Quieres que regresemos por ella?

-No, no te preocupes. Mañana me levanto temprano, pasamos por mi casa y de ahí vamos directo a la universidad.

-Está bien, mi vida -asintió, acercándose a mí.

Zein se tendió a mi lado y nuestros labios se encontraron en un beso lento, profundo, cargado de promesas y despedidas. Amaba a ese hombre con una intensidad que me asustaba; era mi oxígeno, mi razón. Me entregué a sus brazos, dejando que su calor ahuyentara mis miedos. Después de hacerme suya, el cansancio nos venció y caímos en un sueño profundo, entrelazados.

***

El sonido estridente de mi alarma nos arrancó de ese momento de paz a las cinco de la madrugada. Desperté a Zein con caricias suaves y, entre bostezos, nos dirigimos a la ducha. El agua caliente no logró disipar el nudo en mi estómago. A las seis en punto, salimos rumbo a mi casa.

En familia habíamos acordado estar listos a las ocho para ir a la universidad, pero yo quería llegar temprano, compartir el desayuno con ellos, aferrarme a esos instantes de normalidad antes de la tempestad.

Al llegar, nuestra ama de llaves abrió la puerta. La abracé con fuerza, como si pudiera transmitirle todo lo que sentía en ese gesto, y seguí hacia la cocina, guiada por las voces familiares de mis padres y mi hermano.

Zein y Devon se saludaron con su habitual apretón de manos seguido de ese gesto cómplice que solo ellos entendían. Luego, Zein estrechó las manos de mis padres con respeto, mientras yo escaneaba la habitación.

-¿Dónde está Luna? -pregunté, notando su ausencia.

-Deberías ir a despertarla. No la he sentido en toda la mañana -respondió Devon, con una ceja levantada.

Subí las escaleras con paso ligero, pero al entrar a mi habitación, algo no encajó: la cama estaba deshecha y la ventana, abierta. Un escalofrío me recorrió la espalda. Supuse que estaría en el baño y avancé hacia allí, llamándola dos veces. El silencio fue mi única respuesta.

Al abrir la puerta, el vacío me golpeó como un puñetazo.

Salí disparada hacia la cocina, el corazón latiéndome en la garganta.

-¿Están seguros de que Luna no ha bajado? -interrumpí, mi voz temblorosa cortando la conversación.

-Clara, estoy segura. Me levanté a las cinco y media, como siempre, y no la he visto salir -dijo el ama de llaves, secándose las manos en el delantal antes de retirarse.

-¡PUES NO ESTÁ, Y LA VENTANA ESTÁ ABIERTA! -grité, sintiendo cómo el pánico se apoderaba de mí.

Devon fue el primero en reaccionar, subiendo las escaleras de tres en tres, seguido por mis padres, Zein y yo. Al llegar, Devon inspeccionó la habitación con mirada de halcón.

El Peso Del DeseoHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora