**Devon**
El eco de mi propia risa aún vibraba en el aire tras enviarle aquel mensaje provocador a Luna cuando, de pronto, unos golpes violentos sacudieron la puerta. El corazón me dio un vuelco al distinguir, a través de la mirilla, su silueta enfurecida, con los brazos cruzados y los labios apretados en una línea tensa. Una idea traviesa cruzó por mi mente: en un acto de audacia calculada, me despojé de toda la ropa, dejando solo los bóxers, antes de abrir la puerta con una sonrisa desafiante.
-¿Qué quieres? -pregunté, apoyándome en el marco con estudiada indiferencia.
Ella se quedó paralizada, los ojos como platos, la respiración entrecortada. El rubor le trepó por las mejillas hasta las puntas de las orejas.
-¿Luna? -insistí, saboreando su turbación.
Giró de golpe, dándome la espalda, y sus palabras salieron entre dientes:
-¿Podrías... ponerte algo de ropa? Necesito hablar contigo.
El tono de su voz, ese temblor entre la rabia y algo más, me electrizó.
-Si quieres hablar, entra. Estoy cómodo así -respondí, dejando que mi sonrisa se volviera aún más pícara-. Además, no será la primera vez que ves a un hombre en calzoncillos, ¿verdad?
Ella aspiró hondo, como si estuviera reuniendo valor, y entró con pasos cortos, evitando mirarme. Se sentó al borde de la cama, las manos aferradas a las sábanas. Me acerqué lentamente, dejando que el silencio se cargara de tensión, y me senté a su lado, rozándole el hombro deliberadamente.
-Dime entonces, ¿de qué quieres hablar? -susurré, inclinándome hacia su oreja.
Ella se tensó, pero no se apartó.
-¿Qué demonios te pasa? -estalló, girándose hacia mí con chispas en los ojos-. ¿Por qué me mandas esos mensajes?
-Porque sé que te gusta espiarme -repliqué, riendo mientras dejaba que mi mirada recorriera su cuello, su clavícula-. Y quiero que sigas pendiente de mí.
Vi entonces cómo su expresión cambiaba: la furia se mezcló con algo oscuro, juguetón. Una sonrisa lenta se dibujó en sus labios.
-¿Sabes qué, Devon? -murmuró, levantándose con felina elegancia-. Estás jugando con fuego. Y te vas a quemar.
Antes de que pudiera reaccionar, se acercó hasta quedar entre mis piernas, sus manos apoyadas a ambos lados de mis muslos. Su pecho, apenas cubierto por el escote de su blusa, quedó a la altura de mi vista. El perfume de vainilla y algo más picante me envolvió. Entonces, inclinándose, sus labios rozaron mi oreja en un susurro que me erizó la piel:
-¿Te has quedado mudo ahora? -Su aliento era cálido, una promesa y una advertencia-. Si vuelves a molestarme, voy a olvidar que eres el hermano de Clara... y que crecimos juntos.
Intentó irse, pero mi sangre ya hervía. La agarré del brazo con firmeza, girándola hasta que cayó sobre la cama. En un movimiento fluido, me coloqué sobre ella, nuestras caras a centímetros de distancia. Su respiración era agitada, sus pupilas dilatadas.
-¿A esto te referías? -pregunté, rozando su labio inferior con el mío-. ¿A olvidar que somos casi familia?
Ella no retrocedió. Al contrario, su sonrisa fue un desafío.
-Sí. ¡Adivinaste!
No hubo más pensamientos. La atraje hacia mí, mis labios encontrando los suyos en un beso que empezó lento, explorador, pero que pronto se volvió voraz. Su sabor era adictivo: miel y pecado. Su lengua se enredó con la mía, sus manos se aferraron a mi pelo. Pero entonces, como un rayo, la realidad me golpeó: ¿Qué estás haciendo? Ella es como una hermana para ti.Ella es diferente.
Me separé bruscamente, alejándome de su calor.
-Lo siento, Luna. Esto no puede pasar -murmuré, levantándome y dándole la espalda, los puños cerrados.
Ella se incorporó, ajustándose la blusa con dedos temblorosos.
-Lo sé. Pero no es tu culpa. Yo... yo lo provoqué. Olvidémoslo.
Salió corriendo antes de que pudiera responder. Me quedé allí, el corazón latiendo como un tambor, las manos enterradas en el pelo. Necesitaba aire. Salí al balcón, dejando que la brisa fría calmara mi piel ardiente.
Fue entonces cuando escuché su voz, procedente del balcón contiguo. Hablaba por teléfono, y sus palabras me helaron la sangre:
-¡Piter, ya te dije que no volveré contigo! -su voz era un látigo-. Jamás te perdonaré que te acostaras con Lidia solo porque yo no quise entregarte mi virginidad. Además, eres un...
La puerta se cerró de golpe, cortando el final. Me quedé petrificado.
-¿Luna es virgen? -murmuré para mí-. ¿Entonces por qué vino así? ¿Por qué actuó de esa manera...? ¿Quería que fuera yo quien...?
Me dejé caer en la cama, la mente en llamas. Veinte minutos después, seguía sin respuestas. Necesitaba un café, algo que me ayudara a ordenar el caos en mi cabeza. Me vestí a toda prisa y bajé al lobby.
Al llegar a la barra, la vi. Luna estaba sentada en una mesa lejana, absorta en su teléfono. Iba a acercarme cuando un tipo alto y rubio apareció con dos tazas de café. Ella le sonrió, y algo se retorció en mi pecho.
-Hola, hermanito bello -la voz de Clara me sacó de mis pensamientos. Su beso en mi mejilla fue fugaz-. ¿Qué hay, colega? -Zein me dio un apretón de manos.
Les devolví el saludo con una sonrisa forzada, pero mis ojos volvían una y otra vez a Luna.
-Clara, ¿puedo hacerte unas preguntas? -dije, fingiendo calma.
-Claro -respondió, curiosa.
-¿Cuántas relaciones ha tenido Luna?
-Solo una. Y fue un desastre -suspiró-. El tipo era un idiota. La engañó.
-¿Cuánto duraron?
-Cinco meses. Pero, Devon, ¿por qué tanto interés?
Sin saber qué decir, señalé discretamente a Luna, justo cuando el rubio la abrazaba. La rabia me subió como lava, pero me contuve.
-Nunca pensé que fuera tan rápida para conseguir un novio -murmuré, con sarcasmo.
Clara soltó una risa.
-¡Madre mía! No sabía que Luna supiera ligar así -sus ojos brillaban de diversión-. Quizá esté siguiendo mi consejo.
-¿Qué consejo? -preguntó Zein, arqueando una ceja.
Clara sonrió, maliciosa.
-Bueno, no voy a revelar secretos, pero... creo que ya podrá usar el *regalito* que le metí en la maleta.
-Sé más específica -exigí, aunque ya temía la respuesta.
-¿Qué más podría ser, hermanito? -rió-. ¡Condones!
-¿¡QUÉ!?
Zein y Clara se desternillaban de risa mientras yo hervía por dentro. Quería gritar, sacudirla, decirle que Luna era virgen, que no entendía nada... pero no podía. No sin delatarme.
-Vamos, Devon -Clara rodó los ojos-. Es lo más normal del mundo. ¿O crees que las mujeres no deberíamos llevar protección?
-Clara, cállate -gruñí, apartando la mirada.
No soportaba ver a Luna con ese tipo. Cada sonrisa que le dedicaba, cada gesto de complicidad, me devoraba por dentro. Era hermosa, radiante... y estaba disfrutando de la atención de otro.
Y yo, como un idiota, no podía hacer nada.
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El Peso Del Deseo
Romance[HISTORIA COMPLETADA] Luna Steve perdió a sus padres a los 12 años y los padres de su mejor amiga y a la vez sus vecinos se conviertieron en sus tutores legales.Clara y Devon son hermanos hijos de este maravilloso matrimonio que acogió a Luna.¿Que p...
