Capítulo 17

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**Devon**

La luz del amanecer se filtraba por las cortinas de seda de nuestro dormitorio, pintando rayas doradas sobre la piel desnuda de Luna. Mi esposa.Aún no podía creerlo.

Estaba recostado sobre un codo, observando cómo dormía: sus labios entreabiertos, las pestañas proyectando sombras sobre sus mejillas, el ritmo pausado de su respiración. Con cuidado, deslicé un dedo por su hombro, siguiendo el rastro de pecas que tanto amaba.

-Devon... -murmuró, sin abrir los ojos-. ¿Otra vez me miras como si fuera a desaparecer?

Sonreí. Nunca dejaría de hacerlo.

-Es mi derecho como esposo -respondí, inclinándome para besar su clavícula-. Además, alguien tiene que asegurarse de que no te robes todas las sábanas.

Ella rió, ese sonido que me hacía sentir que el mundo entero valía la pena, y se giró para enfrentarme. Sus manos-suaves, pequeñas, pero llenas de una fuerza que solo yo conocía-se aferraron a mi rostro.

-Buenos días, señor Clark -susurró, rozando mis labios con los suyos.

-Buenos días, mi vida -respondí, atrapando su boca en un beso lento que prometía todo el tiempo del mundo.

***

La cena familiar de los domingos era sagrada. Eduard y Lily presidían la mesa, Clara no dejaba de patearme bajo la mesa cada vez que Luna me sonreía, y Zein-el pobre-intentaba sobrevivir al interrogatorio semanal de mi padre sobre "sus intenciones" con mi hermana.

Fue Luna quien rompió el ritmo. Dejó su tenedor sobre el plato con un clic deliberado.

-Tengo algo que decirles -anunció, tomando mi mano bajo la mesa. Sus dedos temblaban ligeramente.

Todos callaron. Hasta Clara dejó de masticar.

-Estamos esperando un bebé -dijo, y el mundo se detuvo.

El estruendo de sillas al ser empujadas atrás fue lo primero que escuché. Lily lanzó un grito ahogado y abrazó a Luna como si fuera a desaparecer. Eduard me miró con lágrimas en los ojos-algo que jamás había visto-y me estrechó contra su pecho.

-¡Lo sabía! -chilló Clara, saltando de su asiento-. ¡Te noté diferente esta semana! ¡Zein, apuesta ganada!

-¿Qué apuesta? -pregunté, arqueando una ceja.

-Que serías el primero en ser padre -respondió Zein, sonrojándose cuando Clara lo tomó de la mano y declaró:

-¡Porque nosotros nos casamos el próximo mes!

El caos estalló de nuevo. Abrazos, brindis improvisados con agua (por el embarazo), y las lágrimas que no cesaban. Pero en medio de todo, solo podía mirar a Luna. A mi esposa. A la madre de mi hijo.

***

La noche olía a jazmines recién florecidos y a tierra mojada. Luna se acomodó entre mis piernas, su espalda tibia pegada a mi pecho, mientras el viejo mantel de picnic que habíamos traído crujía bajo nosotros. Madrid brillaba a lo lejos, pero aquí, en nuestro rincón secreto del jardín de los Clark, solo existían sus constelaciones inventadas.

-Esa no es Orión, mi amor -murmuré, mordiendo suavemente su hombro cuando señaló un grupo de estrellas al azar por tercera vez.

Ella soltó esa risa ahogada que siempre me robaba el aliento y giró la cabeza para mirarme. La luz de la luna se reflejaba en sus ojos, convirtiéndolos en dos pozos de plata líquida.

-¿Y ese?-preguntó, señalando otra con fingida inocencia-.

-Tampoco.

Reí, bajando la mano para trazar círculos sobre su vientre. Nuestro hijo. La palabra aún hacía que mi corazón latiera como si llevara una bestia salvaje en el pecho.

Callamos. El viento movió los árboles, esparciendo pétalos de cerezo sobre nosotros. Luna tomó mi mano y la apretó contra su piel, justo debajo del ombligo.

-¿Crees que heredará mi terquedad o tú sarcasmo? -preguntó en voz baja.

-Definitivamente lo primero -respondí, enterrando la nariz en su cuello-. Pero tendrá tus ojos. Eso lo sé.

Ella se giró de golpe, hasta quedar arrodillada frente a mí. Sus manos -siempre tan pequeñas, tan fuertes- me tomaron del rostro.

-¿Cómo puedes estar tan seguro?.

No respondí de inmediato. En lugar de eso, deslicé mis dedos por su camisita de dormir (mi favorita, la azul que se le caía de un hombro) .

-Porque cuando cierro los ojos -susurré, acercando mis labios a los suyos-, solo veo tres cosas: tu rostro, las estrellas que nos escuchan esta noche......y el futuro que ya estamos construyendo.

Ella me besó entonces, con una urgencia que sabía mía. Sus lágrimas saladas se mezclaron con el sabor a menta de nuestros dientes. Cuando nos separamos, jadeantes, sus palabras vinieron en un aliento:

-Quiero que aprenda a montar a caballo contigo. Que te escuche contar historias de cuando eras un niño insoportable. Que... que nos odie un poco cuando sea adolescente por ser tan felices.

-Lo odiaré yo también-gruñí, haciendo que me golpeara el pecho-. Por robarte mi lugar.

Su carcajada fue un eco puro en la noche. Pero luego, su expresión se tornó seria. Una de sus manos se aferró a la camisa que llevaba abierta.

-Prométeme algo -dijo, y era la voz de la Luna que había luchado contra Wili, no la de mi esposa que hacía cinco minutos bromeaba sobre constelaciones-. Que aunque todo cambie... esto no lo hará.

Esto. Nuestras noches robadas. Nuestras locuras calladas. El amor que había convertido a un arrogante heredero en un hombre de rodillas.

Atraje su cuerpo contra el mío hasta no saber dónde terminaba ella y empezaba yo.

-Te prometo -mordí su labio inferior- que cada atardecer, cuando el sol se esconda, seré el mismo idiota que te ama con el alma en llamas.

Sellé esa promesa de todas las formas que ella me permitió.
Y bajo las mismas estrellas que vieron nacer nuestro amor, juré en silencio que ninguna sombra tocaría a esta familia. Ni las del pasado. Ni las del futuro.

El Peso Del DeseoHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora