Capítulo 9

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**Luna **

¿En serio acababa de perder mi virginidad?

Cerré suavemente la puerta de mi habitación del hotel, apoyando la espalda contra la madera mientras contenía el aliento. Cada poro de mi piel aún conservaba el calor de su cuerpo, el aroma a menta y piel masculina que me envolvía como un hechizo. Quería haberme quedado dormida sobre su pecho, escuchando el ritmo pausado de su corazón, pero sabía que él no permitiría eso. Devon Clark no era de caricias poscoitales ni de mañanas compartidas.

-¡Maldita sea, eso fue... sublime! - susurré frente al espejo del baño, observando cómo mis pupilas aún brillaban con el reflejo de lo vivido.

Las mariposas en mi estómago revoloteaban con furia al recordar cada detalle: sus manos expertas deslizando el cierre de mi vestido, la urgencia de sus labios sobre los míos, ese momento en que nuestro cuerpo se convirtió en uno solo... Las historias sobre su destreza en la cama se quedaban cortas. Aunque, ¿qué sabía yo? Era mi primera vez. Quizás todos los hombres hacían sentir así. O quizás solo Devon.

*¡Bzzz!*

El sonido de mi teléfono me sobresaltó. Un mensaje de Clara:
*"Nena, abre. Estoy frente a tu puerta 😶"*

Mis dedos temblaron sobre la pantalla. ¿Cómo miraría a mi mejor amiga después de lo ocurrido? Clara era mi alma gemela, la persona a quien le contaba todo... excepto esto. Le había prometido a Devon discreción. Pero más allá de la promesa, ¿cómo decirle que su hermano había sido mi primero? Recordé su emoción cuando me contó su primera vez, cómo insistía en que yo debía vivir algo igual de especial. Un nudo de culpa se formó en mi garganta.

Al abrir la puerta, Clara se lanzó sobre mí en un abrazo que casi me derriba. Su energía era contagiosa, eléctrica. Algo bueno había pasado.

-¿Este abrazo significa que Zein finalmente hizo su movimiento? - pregunté, intentando disimular mi nerviosismo con una sonrisa pícara.

-¡Algo bueno? Fue... celestial - susurró, enterrando su rostro en una almohada. Sus mejillas estaban teñidas de un rojo intenso.

Al escucharla, mi mente traicionera proyectó imágenes de Devon sobre mí, su cuerpo esculpido moviéndose al unísono con el mío.

-¡Cállate, mente sucia! - me regañé internamente.

-¡Luna, hicimos el amor! ¡POR TODOS LOS SANTOS! - gritó Clara, arrojando la almohada al aire.

-Estás completamente loca - reí, aunque mi corazón aceleró su ritmo.

-Loca por él. Es un dios griego con patente de corso.

*(Tu hermano es el verdadero dios... ¡Cállate, conciencia!)*

-Pero eso no es lo mejor - continuó Clara, mordiendo su labio inferior con nerviosismo.

-¿Hay más? - inquirí, arqueando una ceja.

-¡Me pidió que fuéramos novios! - exclamó, abrazando la almohada con fuerza mientras sus pies pateaban el aire de emoción.

-¡¿QUÉ?! ¡Estoy tan feliz por ti!

Nos abrazamos como adolescentes, rodando por la cama entre risas. Pasamos la tarde hablando sin parar, hasta que tuvo que irse a empacar. Ese mismo día regresaríamos a casa para continuar las vacaciones en otros lugares del estado.

Al caer la tarde, nos reunimos en el estacionamiento. Clara y Zein caminaban adelante, entrelazados en su burbuja de enamorados, mientras Devon y yo seguíamos en silencio, separados por una distancia que pesaba más que cualquier palabra.

En el auto, pedí sentarme atrás con Clara. El viaje transcurrió con las melodías de Morat de fondo, hasta que les pedí que me dejaran en mi casa.

-¿En serio prefieres quedarte sola? Mis padres ya regresaron y quieren verte - insistió Clara desde la ventanilla del auto.

-Iré mañana, lo prometo. Hoy necesito ordenar mis cosas - respondí, haciendo un esfuerzo por sonar convincente.

-Te quiero - gritó ella mientras el auto arrancaba.

Antes de entrar, miré una última vez por la ventanilla trasera. Los ojos de Devon, intensos como el mar en tormenta, se clavaron en mí mientras una media sonrisa jugueteaba en sus labios perfectos.

Dentro de casa, me sumergí en la limpieza como forma de terapia. Dos horas después, cuando finalmente me disponía a darme un baño reparador, el timbre sonó.

Al abrir la puerta, el aire se me atoró en los pulmones. Devon estaba allí, apoyado contra el marco con su pose característica, una botella de vino en una mano y su casco de moto en la otra.

-¿Otra vez en moto? - pregunté, intentando parecer indiferente.

-Hay cosas que nunca cambian - respondió, esa sonrisa pícara iluminando su rostro. - ¿Puedo pasar?

-Claro - asentí, apartándome para dejarlo entrar.

-Ponte cómodo - añadí mientras cerraba la puerta. - Voy a darme un baño rápido.

Pero al llegar al baño y girarme para cerrar la puerta, Devon ya estaba allí, su torso desnudo brillando bajo la luz tenue. Sus manos me atraparon por la cintura con firmeza, y sus labios se apoderaron de los míos en un beso que sabía a deseo acumulado y promesas no dichas. Fue un torbellino de pasión: su boca devorando la mía, sus manos arrancando mi blusa con urgencia, nuestros cuerpos entrelazándose bajo el agua caliente de la ducha.

Ver las gotas resbalando por su torso definido era como contemplar una escultura renacentista cobrando vida. Me empujó contra la pared fría, el contraste de temperaturas haciendo que mi piel se erizara. Cuando entró en mí por segunda vez esa noche, supe que ningún otro hombre podría hacerme sentir así jamás.

Más tarde, sentados en el sofá con el vino compartido, intenté regañarle:

-¿Vas a aparecer así, sin avisar?

-Si avisara, perdería la gracia - respondió, llevando la copa a sus labios.

-¿Y si hubiera tenido invitados?

-No los tenías - afirmó con seguridad. - Pero si los hubiera tenido, los habría invitado a escuchar cómo gimes mi nombre.

El rubor me quemó las mejillas. Devon lo notó y, con una ternura inesperada, las acarició antes de darme un beso suave como el aleteo de una mariposa.

-¿Quieres ver una película? - preguntó, tomando el control remoto.

-Tendría que preparar la cena...

-Ya pedí comida a domicilio - reveló, encendiendo la televisión. - Relájate.

Me acomodé junto a él, pero mi mente no podía concentrarse en la pantalla. Las preguntas giraban en mi cabeza como hojas al viento: ¿Por qué estás aquí, Devon? ¿No era esto solo sexo? ¿Por qué me miras como si fuera más que eso?

Pero el valor para preguntárselo se esfumaba cada vez que sus dedos encontraban los míos en el sofá, cada vez que su risa resonaba en la habitación, cada vez que sus ojos me miraban como si yo fuera el centro de su universo... aunque solo fuera por esta noche.

El Peso Del DeseoHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora