Capítulo 14

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**Luna**

El plan para ese día sin clases era simple: perderme entre las páginas de mis libros favoritos, refugiarme en mundos ficticios donde el dolor no existiera. Pero Clara, como siempre, tenía otros planes.

-Te dije que no voy -protesté, cruzando los brazos-. Me niego a ver a tu hermano.

-Vamos, no seas así -insistió, arrastrando cada sílaba-. Nuestro padre quiere verte.

-No es mi papá, Clara -respondí-. Por mucho que me haya adoptado, eso no lo convierte en mi padre.

-Luna -susurró, acercándose y tomándome las manos-. Él siempre estuvo ahí para ti. Te quiere tanto como a mí.

-Lo sé -admití, mirando hacia otro lado-. Pero me resulta extraño llamarlo "papá".

-Sobre todo porque casi casi es tu suegro -añadió con una sonrisa pícara.

Las dos estallamos en carcajadas. Clara tenía ese don único de aligerar cualquier situación, de convertir mis tormentas en risas. Sin saberlo, era el bálsamo que mi corazón necesitaba.

El teléfono de Clara vibró.

-Es mi padre, otra vez -dijo, leyendo el mensaje-. Quiere que vayamos ya a la empresa. Y deja muy claro que tú debes ir.

-Iré solo por él -susurré, resignada.

-¡Así me gusta! -exclamó, arrastrándome hacia la puerta-. Vamos.

El edificio de los Clark estaba rodeado de reporteros, sus cámaras destellando como luciérnagas hambrientas. Un guardia nos abrió paso entre la multitud, y al entrar, la oficina de Eduard nos recibió con su habitual elegancia.

-¿Qué pasa, papá? -preguntó Clara, mientras Devon aparecía en el umbral, su presencia llenando el espacio como una tormenta silenciosa.

Nuestras miradas se encontraron por un instante, un segundo que pareció eterno antes de que él desviara los ojos hacia su padre.

-La prensa está aquí por un proyecto nuevo -explicó Eduard, su voz grave y calmada-. Quieren una entrevista.

-¿Proyecto? -preguntó Devon, arqueando una ceja.

-Luna -llamó Eduard, haciéndome un gesto para que me acercara-. Quiero que salgas conmigo ante las cámaras.

-¿Yo? -pregunté, confundida.

-¿Recuerdas tu libro, El matrimonio perfecto?

-Claro que lo recuerdo -respondí, el corazón acelerándose.

-Un amigo mío es agente literario. Quiere publicarlo.

El aire se me escapó de los pulmones. Clara y Devon prorrumpieron en felicitaciones, pero sus voces sonaban lejanas, como si estuviera bajo el agua.

-Me tomé la libertad de aceptar -continuó Eduard-. Ya ha hablado de ti en los medios. ¿Qué dices? ¿Los dejamos pasar?

No pude responder con palabras. Me lancé a sus brazos, abrazándolo con una fuerza que sorprendió incluso a mí misma.

-Sí, sí, sí -repetí entre lágrimas, mientras él me acariciaba el pelo como si fuera su hija.

Frente a las cámaras, los flashes cegadores y las preguntas incisivas, sentí que el pánico me invadía. Hasta que Eduard tomó mi mano, su contacto firme anclándome a la realidad.

-Señorita Clark, ¿es cierto que su libro está basado en una historia real? -preguntó una reportera.

-Sí -asentí, buscando las palabras correctas.

-¿Puede decirnos de quiénes se trata? Usted es muy joven para haberse casado.

Respiré hondo. Era el momento.

-Se trata de mis padres, Eduard y Lili Clark -declaré, fuerte y clara.

El mundo pareció detenerse. Eduard me miró con unos ojos brillantes, depositando un beso en mi frente. Clara, desde atrás, dejó escapar unas lágrimas.

-Desde que llegué a sus vidas, vi de cerca su amor -continué, sintiendo cómo cada palabra sanaba algo dentro de mí-. Su matrimonio es tan puro, tan real, que solo pude llamarlo perfecto.

Los reporteros siguieron bombardeándome con preguntas, pero ya nada importaba. Por primera vez, me llamaban *Señorita Clark*, y el peso de ese apellido no me aplastaba, sino que me elevaba.

En casa, Lili me envolvió en un abrazo que parecía no tener fin. La cena transcurría entre risas y anécdotas hasta que el timbre sonó, cortando la alegría como un cuchillo.

El Capitán de policía entró con el rostro sombrío.

-Buenas noches -saludó, riguroso-. Lamento informarles que el cuerpo encontrado no era el de Wili.

El silencio que siguió fue ensordecedor.

-¿Significa que sigue suelto? -pregunté, sintiendo cómo el miedo se enroscaba en mi estómago.

-Así es -confirmó el oficial, entregándonos un folleto con la foto de Wili: un hombre de mirada gélida, barba desaliñada y una calvicie que no lograba ocultar su aura peligrosa.

Decidimos partir al día siguiente hacia la casa de la playa, lejos de la ciudad, lejos de él. Esa noche, me quedé en la habitación de Clara, quien se fue a despedirse de Zein.

El sueño me venció rápido, pero no fue un descanso pacífico.

Soñé con manos ásperas cubriendo mi boca, con el olor acre del cloroformo, con la oscuridad del maletero de un coche viejo. Soñé que me despertaba atada a una silla, con un trapo sucio en la boca, mientras una voz ronca susurraba:

-Clara... ese tinte oscuro no te queda bien.

Entendí entonces su error: la última vez que la vio, Clara era una niña. Ahora, con mi apellido Clark y mi rostro en todas las pantallas, había confundido nuestras identidades.

Cuando me destapó la boca, su pregunta heló mi sangre:

-¿Cuánto crees que tu papi pagaría por tu rescate?

Por un instante, pensé en corregirlo, en gritarle que yo no era Clara. Pero la idea de que ella estuviera en mi lugar me resultó insoportable.

-Mucho -respondí, entre lágrimas.

-Duerme un poco más -se burló-. Mañana hablarás con él.

El pañuelo empapado volvió a cubrirme la nariz, y la oscuridad me tragó de nuevo.

Pero cuando desperté, no estaba en mi cama.

Estaba en una habitación fría, con las muñecas atadas, la soga áspera cortándome la piel. Y entonces lo supe:

*No había sido un sueño.*

Wili me había secuestrado.

Y creía que yo era Clara.

El Peso Del DeseoHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora