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Después de una larga noche Samantha por fin pudo conciliar el sueño en gran parte gracias a Dimitrio. Al amanecer, cuando la rubia despertó busco a él pelinegro por todos lados con la mirada, al no verlo por ningún lado se levantó de la cama un poco somnolienta para poder ir a darse una ducha.
Al terminar y estar ya vestida escuchó la puerta abrirse cuidadosamente, dirigió su vista a la puerta esperando ver a su hermano o cualquier otra persona pero para su sorpresa quien estaba entrando era Dimitrio con una bandeja en sus manos y el desayuno sobre esta.
—¿Qué es ésto? ¿acaso sigo soñando? —pregunto Samantha con diversión
—Buenos días para ti también
Dijo sarcástico él pelinegro dejando la bandeja en la mesita de noche.
—¿Tú preparaste todo eso? —volvió a preguntar mientras bebía un poco de jugo
—Lo intenté pero cuándo Dominga vio el desastre que estaba haciendo me regañó y mejor lo hizo ella —explicó él contrario
—Sabía que no eras capaz de preparar algo tan rico
La rubia rió recibiendo una mala mirada por su parte.
—Pero la intención es lo que cuenta ¿no?, además, yo serví el jugo
Ambos rieron.
—Gracias —volvió a decir Samantha besando a Dimitrio —realmente no tenía muchas ganas de bajar a desayunar
—Es lo mínimo que puedo hacer por ti bonita, ahora desayuna porque hoy tú y yo pasaremos un lindo día juntos
Ella asintió volviendo a agradecer por él lindo acto de Dimitrio. Por su parte él chico decidió dejarla desayunar tranquila para poder ir a la habitación de su hermana.
—¿Se puede? —preguntó entrando a la habitación de Monserrat
—Ya estas adentro, ¿no? —respondió ella de mala gana
—Qué amable, gracias
—¿Qué quieres?
—Quiero hablar contigo
—Ay, ajá, a ver dime
Monserrat suspiró sentándose en el pequeño sofá de la habitación y Dimitrio imitó su acción.
—Pues, pues, pues... ya estoy cansado de pelearme contigo, somos hermanos...
—Mira, hasta que te das cuenta de eso —interrumpió ella —nunca te voy a perdonar todo el daño que me has hecho, Dimitrio. Ya nada me sorprende de ti, pero si me da asco que tú, mi propio hermano, seas tan mala persona, tan mentiroso, tan conflictivo, tan aprovechado, tan oportunista
—Oye, oye —interrumpió esta vez él pelinegro —yo vengo en buena onda y me empiezas a insultar, ¿qué te pasa?
—Es que ¿cómo puedes verle la cara así a una mujer? casarte con ella, ilusionarla, nada más para robarle dinero, es lo peor... lo peor que hay