El despertador perforó la mañana como un clavo oxidado en el cráneo.
Boruto salió de la inconsciencia con una torpeza inusual. Su mano derecha golpeó el aire tres veces antes de encontrar la fuente del ruido. Sus dedos temblaron al apagar el aparato, un temblor que atribuyó al sueño interrumpido.
—Apágalo, Boruto —murmuró una voz a su lado, pastosa por el sueño.
Sarada.
Se incorporó con lentitud, la columna crujiéndole como si hubiera dormido sobre piedras. A su izquierda, ella yacía con el cabello negro esparcido sobre la almohada como hilos de seda rota. Sus pestañas largas rozaban las mejillas, y su pecho subía y bajaba con la respiración profunda.
Los gemelos, recordó Boruto. Anoche jugó con ellos hasta las once.
Una sonrisa genuina afloró en sus labios. Se inclinó y depositó un beso en la mejilla de Sarada. La piel de ella olía a jazmín y a tinta de sellos.
Entonces el dolor llegó.
No fue gradual. Fue un hachazo detrás del ojo derecho. Boruto contuvo el gemido, llevándose una mano a la sien. Con cada latido del dolor, una certeza se desmoronaba.
—Tal vez no dormí bien —susurró.
Sarada no se movió. El sueño la había vencido.
Al levantarse, sus piernas respondieron con pesadez, como si caminara a través de agua estancada. El pasillo hacia la cocina se le hizo eterno. Cada cuadro en la pared —paisajes de Konoha, retratos familiares— le pareció demasiado nítido, los colores demasiado saturados.
Esto es felicidad, pensó mientras sacaba los ingredientes. Esto es lo que siempre quise.
Arroz. Huevos. Tocino.
Sus manos se movieron con precisión automática. Pero cuando emplató, algo extraño ocurrió: sus dedos modelaron los huevos en formas infantiles. Un gato para Soruto. Un perro para Sarito. Y para Sarada... un corazón.
Boruto parpadeó, confuso. No recordaba haberlo decidido. Sintió un escalofrío, pero el pensamiento se desvaneció cuando escuchó las pisadas en las escaleras.
—¡Papá!
Los gemelos irrumpieron como dos tormentas pequeñas y rubias.
Soruto llegó primero, su cabello erizado en puntas rebeldes, sus ojos gris acero brillando con alegría violenta. Llevaba una sudadera blanca con mangas y capucha naranja, demasiado grande.
—¡Huelo tocino! —gritó, lanzándose contra Boruto.
Sarito fue más contenido. Caminó en lugar de correr, sus ojos azules profundos observando con curiosidad analítica. Su sudadera era completamente blanca, solo una línea naranja en el dobladillo.
—Buenos días, papá —dijo, inclinando la cabeza con formalidad.
Tiene cuatro años, pensó Boruto con un escalofrío. Parece un pequeño estratega.
Los dos niños se colgaron de él. Soruto reía. Sarito sonreía, pero sus ojos no dejaban de moverse, registrando cada detalle. Demasiado atentos. Demasiado sincronizados.
—Ya, baja la intensidad —dijo Boruto, sonriendo mientras el dolor de cabeza pulsaba—. Primero desayunen.
Los sentó. Obedecieron al instante. El pensamiento se desvaneció cuando Sarada apareció en el marco de la puerta.
Llevaba su uniforme de Hokage, la capa blanca cayendo sobre sus hombros con elegancia militar. Su cabello negro estaba recogido en una cola alta. Sus gafas rojas brillaban.
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Borusara
FanfictionOne-Shots aleatorios de este ship todo lindo todo hermoso donde experimentare con ideas como AU o Heats canon , también usaré historias que fueron canceladas y tenían potencial claro está dándole el crédito a los autores de dichas obras ya que me en...
