La Caída de Konoha - Parte 1

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El sol comenzaba a ponerse sobre Konoha, tiñendo el cielo de tonos anaranjados y rojizos. En un rincón tranquilo del pueblo, lejos del bullicio habitual, Sumire y Sarada se enfrentaban en una conversación tensa.

—Sabes que a mí me gusta Boruto, ¿verdad? —preguntó Sumire, con una mezcla de dolor y frustración en la voz. Sus ojos, normalmente llenos de calma, ahora brillaban con lágrimas contenidas—. Y aun así te lanzaste a sus brazos antes que yo.

Sarada bajó la mirada, sintiendo el peso de esas palabras. No había sido su intención herirla, pero en ese momento, con Boruto frente a ella después de tanto tiempo, no había podido contenerse. Habían pasado tres años desde que comenzaron a perseguirlo como si fuera un criminal. Ni siquiera lo pensó: por supuesto que lo abrazó. Lo había extrañado, realmente estaba preocupada por él.

Sumire apretó los puños, luchando por mantener la compostura.

—¿Qué hay de ti? —su voz tembló de rabia contenida—. En ese momento, delante de mí, ¿pensaste aunque fuera un poco en mis sentimientos?

Sarada abrió la boca para responder, pero antes de que pudiera decir una palabra, un estruendo ensordecedor sacudió el suelo. Ambas se giraron hacia la fuente del sonido y lo que vieron las dejó paralizadas.

Konoha estaba bajo ataque.

El cielo, antes pintado de colores cálidos, ahora estaba cubierto por una oscuridad ominosa. Criaturas gigantescas con ojos brillantes y marcas extrañas en sus cuerpos descendían sobre la aldea. Los Ōtsutsuki habían llegado.

—¡Esto es malo! —susurró Ada, con un temblor en la voz que jamás antes se le había escuchado. Sus ojos, usualmente indiferentes, reflejaban puro terror mientras activaba el Senrigan por instinto, solo para recordar con horror que su habilidad no servía contra los Otsutsuki. —L-los Otsutsuki... debemos huir ya.

Su miedo fue como una alarma silenciosa que estremeció a todos los presentes, pero sobre todo a Daemon. Ada siempre había sido fría, distante, incluso arrogante, y verla así, temblando ante lo que estaba por venir, solo hacía que el peligro se sintiera aún más real.

—¡Vamos! ¡No podemos quedarnos aquí!

Lo que había sido tranquilidad tras el ataque de Code se convirtió en una pesadilla. Rayos y meteoritos impactaban Konoha sin piedad, destruyendo edificios y calles en cuestión de segundos. El grito del Octavo Hokage resonó por todo el pueblo:

¡Todos los shinobi, sin importar su rango, formen equipos y defiendan la aldea! ¡No podemos permitir que los Ōtsutsuki destruyan Konoha!

Sarada no lo pensó dos veces. Sabía que debía actuar rápido. Corrió hacia donde estaban Ada y Daemon.

—Oh, cielos... —Ada abrió los ojos con sorpresa. Su Senrigan brilló intensamente cuando logró ver quién estaba detrás del ataque—. ¡Vamos, rápido! —gritó aterrorizada, tomando a su hermano de la mano—. ¡Los Ōtsutsuki nos están buscando! ¡Tenemos que irnos de aquí!

—¿Los Ōtsutsuki? —repitió Sarada con el corazón en un puño—. ¿Qué hacen aquí?

Después de la omnipotencia, después de la muerte de Momoshiki e Isshiki... ¿Por qué ahora?

...

En un lugar lejano, Koji observaba el horizonte con una expresión de sorpresa inusual en él.

—No puede ser...

Boruto frunció el ceño al notar su reacción.

—¿Qué pasa? —preguntó con seriedad.

Koji lo miró con gravedad antes de pronunciar las palabras que harían que el pecho de Boruto se contrajera de angustia.

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