La vajilla de porcelana blanca giraba entre los dedos de Boruto como si fuera un instrumento quirúrgico. La observaba contra la luz de la cocina, buscando una mancha, una imperfección, una grieta que justificara la ansiedad que le retorcía el estómago. Cada plato, cada copa de cristal de Bohemia que su madre había sacado para la ocasión, debía estar impecable.
—Hijo, te estás exigiendo demasiado —dijo Hinata, su voz un bálsamo suave en medio del tenso silencio. Lo observaba desde la entrada, con las manos entrelazadas sobre el delantal.
—Debe ser perfecto —respondió Boruto, sin apartar la mirada de su tarea. Su mandíbula estaba tensa, marcando un ángulo duro que no le era propio. No era la primera vez que los Uchiha venían a cenar, pero hoy la presión en su pecho era un puño cerrado.
Era sábado, sí. Pero no era una simple reunión entre amigos. Era la familia de su novia. Llevaban un año juntos, aunque a veces a Boruto le parecía que el tiempo se había vuelto un concepto borroso desde aquel entonces. Desde la desaparición de Sumire. Un mes entero de búsquedas incansables, de esperanzas que se desinflaban como globos pinchados hasta que solo quedó la opción de un funeral simbólico. Boruto recordaba haber sostenido la foto de Sumire con manos que no sentía, mientras el mundo a su alrededor se desdibujaba en un mar de grises.
En medio de ese vacío, Sarada había sido un ancla. Constante. Inamovible. El amor que había quedado sin un destino, con el hilo roto, Boruto se lo entregó a ella sin pensarlo. Y Sarada, con una expresión que él entonces interpretó como una dulce resignación, lo aceptó.
—Todo el amor que quedo sin hilo, Boruto se lo entregó a Sarada y esta, aunque conflictiva, aceptó.
El ding del horno lo sacó del recuerdo con la violencia de un latigazo.
—Oh, ya está listo —dijo, más para sí mismo que para su madre. Se colocó los guantes de cocina con movimientos mecánicos y abrió la puerta. Una ola de calor azucarado lo envolvió al sacar el pastel con forma de corazón, cubierto con un glaseado rojo que brillaba como un rubí líquido.
—Se ve muy bien —dijo Naruto, apareciendo detrás de él como un espectro atraído por el olor. Su mano ya se extendía hacia la superficie brillante.
—¡Atrás! —Boruto lanzó una mordida instintiva, desviando la mano de su padre con un golpe seco—. No es para la familia.
—¡Auch! —Naruto se frotó la mano, con una mueca de dolor exagerada que contrastaba con la preocupación genuina en sus ojos.
Boruto no se dio cuenta. Ya estaba colocando el pastel en el centro de la mesa, junto a los platos. La comida humeaba en las fuentes, las copas esperaban el vino que Sakura traería, y dos velas largas y blancas esperaban junto al centro de mesa. Todo estaba en su sitio. Todo era perfecto.
—Increíble, hermano —dijo Himawari, apoyando la barbilla en sus manos mientras observaba la escena con admiración.
—Gracias —respondió Boruto, pasando una mano por su cabello rubio. Al mirar a su familia, vio los rostros sonrientes de su padre y su hermana, la ternura en la mirada de su madre. Todos parecían perfectos. Entonces algo faltó
—. ¿Y Kawaki? —su tono se endureció—. ¡Kawaki! —gritó escaleras arriba—. ¿Ya estás listo?
Subió los escalones de dos en dos y se encontró con Kawaki en el pasillo de la planta alta. Estaba apoyado contra el marco de la puerta de su habitación, sin camisa, con unos pantalones cortos holgados y el cabello aún alborotado.
—Nada más los zapatos —dijo Kawaki, con una indiferencia que hizo hervir la sangre de Boruto.
—Solo te pedí que te vistieras. Y ni eso hiciste —replicó Boruto, su voz cortante como un cuchillo. Su mandíbula se tensó de nuevo.
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Borusara
Fiksi PenggemarOne-Shots aleatorios de este ship todo lindo todo hermoso donde experimentare con ideas como AU o Heats canon , también usaré historias que fueron canceladas y tenían potencial claro está dándole el crédito a los autores de dichas obras ya que me en...
