Capítulo 4

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El extraño encuentro

El Hombre no volvió de inmediato.

Y eso fue peor.

Porque cuando aparece algo que no pertenece a este mundo y luego se va, deja una pregunta suspendida en el aire:
¿se fue... o está esperando?

Pasaron días.

Mi madre intentó convencerse de que lo ocurrido fue una pesadilla compartida. Cambió rutinas, cerró ventanas, rezó más de lo habitual. Yo fingí normalidad porque entendí algo importante:

Si los adultos creen que todo está bien, bajan la guardia.

El número descendía lentamente.

864 → 861 → 859

Cada cambio venía acompañado de una sensación distinta. A veces frío. A veces vértigo. A veces una tristeza que no me pertenecía.

Hasta que lo conocí.

No fue en casa.
Fue en el hospital.

Mi madre había insistido en llevarme después del "incidente". Los médicos hablaban bajo, revisaban exámenes, me observaban como si yo fuera un rompecabezas mal armado.

Mientras ella hablaba con una doctora, yo esperé sentado en el pasillo.

Entonces alguien se sentó a mi lado.

No sentí el fuego.
Eso fue lo extraño.

—¿También te dijeron que esperes? —preguntó una voz infantil.

Me giré.

Era un niño más o menos de mi edad. Cabello oscuro. Ojos demasiado atentos. Sonreía, pero no como los niños.

Miré su brazo.

Y lo vi.

743

Mi respiración se detuvo.

—Tú también... —susurré.

El niño siguió mi mirada y bajó la manga con rapidez.

—No lo mires tanto —dijo—. Se acelera.

Mi corazón latía con fuerza.

—¿Desde cuándo? —pregunté.

—Desde siempre —respondió—.
—Pausa—
Pero no todos llegan igual de lejos.

—¿Lejos de qué?

El niño inclinó la cabeza.

—De cero.

Antes de que pudiera preguntar más, sentí el fuego.

No fuerte.
No violento.

Alerta.

El Hombre estaba ahí.

No visible.
No completo.

Solo una presencia detrás del niño.

—No deberías hablar con él —dijo la voz, suave—.
Todavía no.

El niño se puso de pie de inmediato.

—Tengo que irme —murmuró—.
Si llegas a Larion... búscame.

—¿Larion? —pregunté.

Pero ya caminaba hacia el fondo del pasillo.

Mi madre volvió en ese momento.

—¿Con quién hablabas? —preguntó.

—Con nadie —respondí.

Por primera vez... mentí.

Esa noche soñé con números cayendo como lluvia negra.

Soñé con un lugar de piedra y fuego donde los relojes no tenían manecillas.
Soñé con niños caminando en fila... algunos desapareciendo antes de llegar al final.

Desperté sudando.

El número había bajado a 857.

Y entonces lo supe:

No era el único.
Nunca lo fui.

Y eso significaba algo peor que estar marcado.

Significaba que alguien había repetido el experimento.

El Hombre volvió antes de que amaneciera.

Esta vez no se escondió.

Estaba sentado en la silla frente a mi cama, con las manos cruzadas y una expresión que no supe leer.

—No debiste verlo —dijo—.
Eso complica las cosas.

—¿Cuántos somos? —pregunté sin rodeos.

El Hombre me observó largo rato.

—Los suficientes para que el mundo siga funcionando...
—Pausa—
y los suficientes para que falle.

—¿Voy a terminar como él? —pregunté.

—Depende —respondió.

—¿De qué?

El Hombre se inclinó hacia mí.

—De si decides ser una puerta...
o una cerradura.

El fuego se agitó.

—¿Y tú qué eres? —pregunté.

Por primera vez, el Hombre no sonrió.

—Yo —dijo—
soy el que recoge lo que queda cuando el conteo termina.

Se levantó.

Antes de desaparecer, dijo una última frase que me acompañaría durante años:

—Cuando encuentres a Maya...
no confíes en lo primero que te diga.

El aire se normalizó.

El fuego se calmó.

Pero mi mundo ya no era el mismo.

Porque ahora lo sabía:

La cuenta regresiva no era un castigo.
Era una selección.

Y alguien estaba observando quién llegaría hasta el final.

El Elegido de las CifrasHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora