Lo que habita en el arroyo
El arroyo no hacía ruido.
Eso fue lo primero que noté.
No corría.
No murmuraba.
No reflejaba la luz como el lago.
Era una línea oscura que atravesaba el bosque, demasiado recta para ser natural, demasiado quieta para estar viva... y aun así, lo estaba.
El niño —el que aún no tenía nombre— se detuvo frente a él.
—Aquí no crucen —dijo—.
—Aquí se pregunta.
Mi madre apretó mi mano.
—¿Qué significa eso?
El niño no respondió.
El número en mi piel vibró.
810
El fuego se encogió dentro de mí, como si reconociera el lugar.
—Este arroyo —dijo el niño finalmente—
no separa mundos.
Los mezcla.
Me acerqué un paso.
El aire se volvió más frío.
—¿Qué vive ahí? —pregunté.
El niño me miró por primera vez con algo parecido al respeto.
—Lo que quedó cuando los conteos fallaron.
Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.
—¿Fallaron?
—No todos llegan a cero —continuó—.
—Algunos se rompen antes.
—Otros... se quedan atrapados entre números.
El arroyo se movió.
No como agua.
Como si algo debajo se hubiera girado lentamente.
Mi madre retrocedió.
—Khaled, vámonos.
El fuego se agitó.
—No podemos —respondí—.
—Ya nos sintió.
Una forma comenzó a emerger.
No tenía bordes claros.
No tenía rostro definido.
Pero tenía peso.
—Conteo... —susurró una voz múltiple—.
—Consciente...
El número descendió con violencia.
810 → 796
Caí de rodillas.
El fuego se expandió sin permiso.
—¡No! —gritó mi madre.
La cosa avanzó un poco más fuera del arroyo.
—No busco tu final —dijo—.
—Busco tu detención.
—¿Qué eres? —logré decir.
La entidad pareció dudar.
—Soy lo que queda...
—cuando nadie cruza completo.
El niño dio un paso adelante.
—No lo escuches —dijo—.
—Si negocias... te fragmentas.
—Mentira —respondió la entidad—.
—Yo recuerdo lo que ustedes olvidan.
La forma se volvió más definida.
Vi manos.
Vi símbolos incompletos.
Vi restos de números... rotos, superpuestos, ilegibles.
—Ellos también fueron niños —dijo—.
—También tuvieron fuego.
—También creyeron que podían elegir.
Mi cabeza latía con fuerza.
—¿Qué quieres de mí? —pregunté.
El arroyo se elevó un poco más.
—Que te quedes —respondió—.
—Que detengas el conteo.
—Que no llegues nunca a cero.
El número tembló.
796
Sentí algo nuevo.
Tentación.
El fuego vaciló.
—Si te quedas —continuó—
no perderás más números.
—No dolerá.
—No tendrás que decidir.
Mi madre gritó mi nombre.
—¡Khaled, no!
El niño me miró fijamente.
—Eso es lo que le ofrece a todos —dijo—.
—Ser nada... sin terminar.
Respiré hondo.
El fuego respondió a mi decisión antes que a mis palabras.
No salió disparado.
Se condensó.
—No —dije—.
—Prefiero terminar... que quedarme incompleto.
El fuego se expandió en un pulso seco.
La entidad retrocedió con un sonido que no era agua ni voz.
—Entonces sangrarás —dijo—.
—Como todos los que siguen.
El arroyo se hundió sobre sí mismo.
La forma se deshizo.
El silencio volvió.
El número se estabilizó.
796
Me desplomé.
Mi madre me sostuvo.
—Respira... respira conmigo...
El niño se acercó.
—Elegiste bien —dijo—.
—Eso no siempre salva...
—pero conserva lo que eres.
—¿Cuántos quedaron ahí? —pregunté débilmente.
El niño miró el arroyo, ahora quieto.
—Los suficientes para que Larion nunca olvide —respondió.
Se giró hacia el sendero.
—Ven —añadió—.
—Después de esto... el conteo ya no puede fingir.
Miré mi piel.
Los números seguían bajando lentamente.
Pero algo había cambiado.
Ya no solo contaban.
Recordaban.
Y eso era mucho más peligroso.
ESTÁS LEYENDO
El Elegido de las Cifras
Spiritual¿Qué harías si pudieras recordar todo desde el momento de tu nacimiento? Desde el primer segundo, sentir el tiempo avanzar más rápido, notar cómo tu cuerpo crece a un ritmo alarmante y, para colmo, ver números misteriosos aparecer en tu piel. Esta e...
