CAPÍTULO 21

1 0 0
                                        

El peso de existir

No fue inmediato.

Eso fue lo más cruel.

Después de salvar al niño, Larion no colapsó. No gritó. No castigó con violencia. El mundo siguió... como si nada hubiera pasado.

Y eso me rompió más que cualquier ataque.

Caminábamos en silencio. El niño rescatado iba envuelto en la chaqueta de mi madre, respirando con dificultad pero vivo. Cada paso que daba sentía el peso de su existencia... y el precio que ya estaba pagando por ella.

El número en mi piel no bajaba.

580

Eso debería haberme tranquilizado.

No lo hizo.

Sentía un cansancio nuevo. No físico. Algo más profundo, como si cada decisión se hubiera quedado adherida a mí, acumulándose en capas invisibles.

—No estás sangrando —dijo el niño—.
—Pero estás agotándote.

Asentí.

Me costaba mantener los ojos abiertos. No por sueño... por presencia constante. Como si ya no pudiera desconectarme ni un segundo de lo que estaba ocurriendo.

—Eso es normal —añadió—.
—Compartiste conteo.

Mi madre levantó la mirada.

—¿Qué significa eso?

El niño dudó.

—Que una parte de su carga ahora vive en él —respondió—.
—Y una parte de la suya...
—se fue con Khaled.

Sentí un mareo breve.

—¿Cuánto? —pregunté.

El niño no respondió de inmediato.

—Suficiente para que no puedas ignorarlo —dijo al fin.

El sendero se estrechó. El aire volvió a vibrar, pero no como amenaza... como expectativa.

El niño rescatado abrió los ojos.

—¿Ya terminó? —susurró.

Negué.

—No —respondí—.
—Pero ya no estás solo.

El número descendió una unidad.

579

Una sola.

Como un latido cansado.

Mi madre me miró con preocupación.

—Te estás apagando.

—No —dije—.
—Estoy sintiendo.

Y eso era peor.

Cada vez que el niño respiraba con dificultad, mi pecho dolía. Cada vez que se agitaba, el fuego en mí reaccionaba débilmente, como si tuviera que repartir su fuerza.

—Esto no estaba previsto —dijo el niño—.
—El Arquitecto no diseñó esto.

—Entonces no puede controlarlo —respondí.

El niño me miró con sorpresa.

—No del todo —admitió—.
—Pero va a intentar.

El cielo de Larion se oscureció un poco más.

Sentí esa presión conocida, pero distinta ahora. No venía hacia mí con violencia... venía observando.

—Si sigues así —dijo el niño—
no llegarás al final.

—Tal vez no —respondí—.
—Pero alguien más sí.

El niño me sostuvo la mirada.

—Eso también es una forma de terminar.

El sendero se abrió ligeramente.

A lo lejos, vi una estructura enorme, apenas visible entre la distorsión del aire. No era una puerta. No era un valle.

Era algo más antiguo.

—¿Eso es Larion central? —pregunté.

El niño asintió.

—Y cada paso que das así —añadió—
lo vuelve más inestable.

Miré el número una última vez antes de seguir.

579

No sentí miedo.

Sentí responsabilidad viva.

Y entendí algo que me hizo cerrar los ojos un segundo:

Existir no es solo seguir contando.

Es aceptar que cada vida que tocas...
también te toca de vuelta.

El Elegido de las CifrasHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora